Toda la luz que podemos ver

Pablo Escoto Luna (2020)

Como resultado de un proyecto comunal, de amigos que se reúnen para llevar a cabo un trabajo artístico y pasan por las dificultades y los buenos momentos que ello conlleva, eso que llamamos cine se abre paso por entre los claros prados y los oscuros bosques de México. Un México que es el de hoy, pero también el de ayer; el del mito, la fantasía, la realidad y la Historia. El mismo por el que recorreremos quinientos años de su existencia de la mano de sendos personajes, todos enamorados y cuya pasión está prohibida, muerta o muy lejos. La película de Pablo Escoto Luna se basa en la traslación de la poética de la palabra a la imagen estilizada al uso de Rita Azevedo Gomes, pero con un aire tremendamente libre. Dentro de las referencias escritas, habladas, visualizadas y también calladas que Escoto pone en escena en Toda la luz que podemos ver destaca el tratamiento del paisaje del que algunos otros críticos han hablado largo y tendido. No es baladí que la imagen de los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl, representaciones míticas femenina y masculina cuyo amor está dibujado en la distancia que los separa, desee tener cabida en los márgenes en una visión de sí mismos y de los que por ellos suplican. Visión que parece clamar a una literatura no literaria poco común en el cine de hoy y que se manifiesta en los personajes dentro de un paisaje tan concreto como integrado en los tiempos. Escenas como la de los enamorados, María y El Toro, que se abrazan desnudos o vestidos en la jungla, el torso de él que aparece entre unas hojas mientras la mano de su amada lo agarra por el cuello o las manos entrelazadas de ambos (con un significativo anillo en uno de sus dedos) tras un plano de su primer beso son la que llegan a conformar la bella cadencia rítmica que propone una lectura gestual que trasciende lo literal. Dentro de esa tradición de contabilizar cada plano y hacer que la imagen vibre, que va desde Bresson a Khamdamov, pasando por otros muchos como de Oliveira e incluso dentro del cine más desconocido como el de Gregory J. Markopoulos, está la clave para apreciar los muchos aciertos de esta película que, si bien no tiene un equilibrio total en sus partes, si consigue elevarse entre la densidad del relato histórico-político-poético y la realidad presente de una imagen.

Toda la luz que podemos ver reconfigura un mito dentro de otros y no cede al dotarlos de un espacio acotado. A diferencia de lo que pueda sugerir una imagen por sí misma, la película acaba tornándose un ejercicio de tratamiento yuxtapuesto y solapado (al igual que muchas de las imágenes) tremendamente abierto y monumental para con lo que narra. Entre lo visual y lo sentenciado se abre un puente que conecta nuevas formas de entender un pasado que ahora resuena con fuerza entre los jóvenes y que los inspira para crear. Así pues, tenemos las dos historias de amor y desgracia que se ven inundadas con torrenciales planos filmados con cámaras que repudian la alta calidad y cuyo grano nos remonta a un tiempo primario y, en lo referente al cine «de época», absolutamente contestatario. Las adaptaciones novelescas (término del que la película huye, pues no «adapta», sino que deja fluir las fuentes en las que se basa para descubrir su propia esencia) suelen contar con una sofisticación muchas veces abusiva y pedante que se retrotrae el tiempo pasado para mal, olvidándose del momento exacto desde donde se mira. El caso de esta rara y, por momentos, genial película es el contrario. Pareciera que en Toda la luz que podemos ver hubiese un deseo de domesticar y de liberar, de hacer aparatoso y opulento un mismo plano a la vez que se lo desliga de una carga histórica concreta. La combinación de sonido, imagen y gesto se abre hasta ser revolucionaria ante lo reaccionario, conservadora ante lo caótico. Entre sus tejidos hay escenas vibrantes a la vez que totalmente carentes de pretensión y que se saben recitadas como los diálogos y planificadas al extremo como las posiciones de los objetos, actores y cámaras. Más allá de su propia estructura, Toda la luz que podemos ver es una deriva abisal que se abre paso a través de su silencio y de su palabra, de su anulación y creación de personajes dentro de una épica que dormita

El cuento multitudinario de Escoto se retrotrae a las maravillas del mito que recula entre tiempos para rescatar imágenes de la verdad. Imágenes que son capaces incluso de cambiar de formato de manera imperceptible de cara al final Todo ocurre en un día y en dos tiempos, antes de la guerra, pero parece que sean miles los siglos que pasan. Pocas películas que se ven influidas por tantas personas (el proyecto colectivo de Ríos de Nueva cuenta con la aportación artística tanto de los actores como del director de fotografía y muchos otros nombres que aparecen en los créditos) acaban siendo tan orgánicas. Toda la luz que podemos ver bebe de aquí y de allá, de distintas visiones y de una amplia y diversa bibliografía adquiriendo así una vitalidad frankensteiniana sin llegar nunca a ser monstruosa. Más bien todo lo contrario, pues su belleza basada en la diferencia y que cruza la imposibilidad con la consumación de un amor, ahora recordado, la convierte en toda una joya.

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