Um cavalo olhou pro céu com esperanças de fuga

Alcimar Veríssimo (2021)

El caballo que tiene esa extraña belleza natural y admirable que lo ha convertido en elemento totémico, simbólico o figurativo de algunas de las mejores películas de la Historia. Poco tiempo después de que el llamado «cine lento» se barajase como una nueva vía para contemplar la realidad —que resultó ser poco más que una moda aberrante, como otras que hacen del estilo su dogma y se limitan a seguir una corriente marcada por unos pocos grandes—, la película de Alcimar Veríssimo, Um cavalo olhou pro céu com esperanças de fuga, se coloca en ese pequeño pedestal en el que solo unas pocas películas han llegado a asegurarse un puesto. Pero, más allá de evidenciar la potencia de un movimiento caduco, más allá de alagar los planos de larga duración porque sí, está la verdadera esencia de la obra de arte. Um cavalo olhou pro céu com esperanças de fuga es una película que supera el «cine lento» y quizá lo mate definitivamente; la más tardía y visionaria, que ya no hace gala de una pulsión extrema y sobrante, de una duración por plano elevada por el regusto de lo pedante, sino que se centra en la presencia de un caballo para alcanzar el cielo de una forma bella y especialmente limpia. Todo lo que se ve en Um cavalo olhou pro céu com esperanças de fuga es lo que el mismo título afirma, pero más allá de lo concreto que pueda parecer, existe una magia que se configura dentro de los tres movimientos del film y que se remonta a los principios del arte: a las cavernas… En el film se da ese extraño sentimiento de pureza que tarda tanto en conseguirse al observar con detenimiento un ser vivo. La vida que emana de las imágenes de Veríssimo alcanzan el grado de realidad justo para mantenernos con los pies en la tierra y la chispa de fantasía necesaria para que podamos despegar por un momento hacia las alturas.

Um cavalo olhou pro céu com esperanças de fuga posee la quintaesencia del movimiento perpetuo del plano fijo. Cada vez que vemos al caballo moverse (tras su medida y delicada aparición tras un par de planos de la hierba y la cuerda que lo sujeta) una serie de estelas casi imperceptibles que nos son sino sus propias huellas digitales en movimiento aparecen configurando un rastro 3D que da pie a pensar, ya no solo sobre el caballo (y lo que divaga) sino sobre el propio material de la realidad fílmica. Veríssimo grabó la totalidad de la película con un smartphone sujeto a un trípode y consiguió el sonido gracias a un micrófono direccional. Según él, la obra surgió «de la nada», como una revelación repentina en un día cualquiera; lo que refuerza la idea de que su proceso creativo está directamente ligado a todas las cosas que es posible aprender y observar en la vida. Mientras vemos al caballo piafar, caminar o permanecer quieto en la pradera, escuchamos lo que son sus pensamientos (dichos por el propio cineasta en voz alta) para entrar en un estado de agradable dicotomía entre la reflexión y lo presente. Poco más se puede decir de esta película para hacerle justicia. Es inútil. Lo mejor es verla y dejarse llevar por su calma inusitada y su extraño hipnotismo. Dentro del cine experimental que se sirve de lo contemplativo para llegar a cotas muy altas (o mejor, que contempla creando una estructura para alcanzar una altura impensable) Um cavalo olhou pro céu com esperanças de fuga es una especie de culminación, un logro vivaz y único en lo que a la representación de lo real se refiere. Ya no solo contemplamos, sino que miramos más allá de la imagen. Al no poder, como el caballo, mirar hacia delante o hacia detrás (en un espacio físico, temporal y espiritual), nos encontramos ante una cuestión significativa: ¿podemos mirar todavía hacia arriba y pensar, soñar o divagar por siempre?

Aquí un extracto de Alcimar Veríssimo sobre el rodaje Um cavalo olhou pro céu com esperanças de fuga publicado originalmente en su blog:

Ingridy, compañera y asistente de producción de algunas de mis películas, y yo partimos montados en nuestras bicicletas, cargando un trípode, un teléfono celular y un micrófono direccional, con la intención de filmar el caballo. El animal que encontramos esa tarde estaba en un lugar diferente. Tal vez fuera otro caballo, pero no hizo nada diferente además de comer hierba, así que decidí que lo filmarían allí mismo. No me arriesgaría a dejarlo para más tarde.

Después de completar la filmación que tuvo lugar sin ningún guion o control sobre lo que sucedió, dejamos al caballo a un lado, caminamos hacia el bosque y grabamos por separado el sonido intenso del mismo. Sonido que se escucha en la composición de la película. Resulta que, a pesar de haber captado el sonido original del momento en que el caballo posaba frente a la cámara, varios transeúntes y niños «alterados» pasaron muy probablemente impresionados por el animal o por el joven que lo estaba filmando sin motivo aparente. Que gracioso. Una de las primeras cosas a las que un cineasta experimental debe dejar de prestar atención es el juicio externo.

En el momento de editar, para mi sorpresa, la película «se convirtió en otra». El resultado en el primer corte, según el material que filmé, fue bastante diferente a lo que había planeado. La idea inicial era filmar al caballo durante 30 minutos sin interrupción, en la misma posición, pero sin éxito. La película ganó más tomas a medida que el caballo se movía y, naturalmente, aparecieron nuevos cortes en la edición. Empecé a darme cuenta de que así la historia ganaba linealidad. Ahora bien, hubo un cierto avance en el espacio-tiempo en relación con el caballo y el entorno solitario. Había un contexto previo a la aparición del animal, pero no me corresponde a mí juzgar si tengo razón.

Siento que el mayor desafío fue la creación del texto, que se preparó después de terminar el primer corte. «¿Cómo dar vida a los sentimientos de un animal en forma de pensamiento en voz alta?» Lo hice en 3 actos:

El primero está directamente relacionada con mi visión de la vida diaria de un caballo, que es más intuitiva que lógica; el segundo es la relación y la mezcla que creé entre los posibles sentimientos del animal con mis propios sentimientos en ese único día. Estos dos actos sirvieron de base para decidir qué debía expresarse en forma de palabras; y el tercer acto está directamente relacionado con temas surgidos de un episodio de podcast que escuché la mañana del día 22, donde las chicas de «Afetos» debatieron sobre diferentes temas. Mientras escuchaba, tomé notas de pequeños detalles que me llamaron la atención y, a partir de estos extractos, comencé a escribir todo lo que creía sobre cada tema. Brevemente, los pensamientos del caballo dan vida a mis propias ideas sobre los problemas actuales de la humanidad, mi vida personal y viceversa.

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