Le cri nu

François Denis (1979)

Un estudio de una relación sexual que no solo hace eco con el paisaje, sino que lo conforma. La unión de los cuerpos prioriza el entramado gestual que se reduce a mero juego de sombras para dotar al paisaje de una subjetividad que viene dada por el tacto. El agua que se mueve cuando un dedo toca una axila, un plano cenital va aterrizando en cuanto los vientres se pegan… Todo se completa en un baile de cuerpos fragmentados que resumen la esencia de acto, tan simple y complejo, de conectar y permanecer. En Le cri nu, el descubrimiento de dos cuerpos en estado de materia absoluta que van tomando forma a medida que los planos lo permiten llegan a puntos dispares y convexos. En su primera mitad, donde vemos los rasgos primarios de una relación sexual en la que la carne sustituye a la persona y la crea a partir del movimiento, hay una economía del espacio-tiempo que resuena en cada paisaje musicalmente sensual intercalado. Espacio ecualizado y tiempo entre instantáneo y contemplativo que no cede jamás a la rapidez o a la lentitud. Los cuerpos y los planos, en su fragmentación y brevedad se solidifican apareciendo como ejes del paisaje que continúa apareciendo; origen de un mundo. El vello, la piel y la sombra que se adhiere a ellos componen una serie de parámetros físicos y poéticos mientras los sonidos y el paisaje crean la sensación de amplitud. No hay una objetividad clara hasta que no se ve más allá de las figuras humanas. La evolución de los cuerpos se da al enfrentarse los mismos a su propio espacio anatómico compartido. Uno que se hace mayor al dar a luz a elementos externos.. En su segunda mitad, la película de Denis, se convierte en una suma de elementos nuevos, culminación y resultado del proceso de re-conocimiento corporal, que crea una danza psicomotriz incognoscible y, en ocasiones, críptica.

De repente, algo de quiebra en Le cri nu en cuanto vemos la sombra y no la piel, la silueta y no la materia tangible… Ya no solo el paraje sino la forma de grabarlo llegado a este punto cambia para tomar una deriva misteriosa y no menos oscura. Un primer plano de un gato que mira directamente a cámara, un rápido juego de zoom hacia una bola de discoteca y unas luces de garito nocturno y lo que parece un aullido perpetuo siguen a un flickering tan aterrador como climático para adentrarse en un territorio posterior al clímax sexual. Le cri nu se abalanza de forma, primero agresiva y después calmada, al tiempo del después de la unión, logrando recomponer lo fragmentado. Vuelven los cuerpos expuestos ante una luz que penetra en sus curvaturas y arqueados miembros hasta que vemos de seguido el rostro; culminación de un conocimiento que empezó en la abstracción (esos planos del principio en los que los cuerpos se iluminan de manera que parecen agua o piedras) y que llega hasta la concreción más clara: la mirada (que no el ojo), que se observa como la apertura del rostro a la emoción (cambiante, siempre cambiante) y al ser humano ya completo.

Este raro y genial film puede recordar en su montaje y en algunos planos al Winged Dialogue de Robert Beavers, también a la corporeidad explorada desde un punto de vista antropomórfico de Teo Hernández pero, desde el primer momento, desde la primera imagen que no es sino un prado y un brazo a la luz de una mañana fugaz y la imagen que acompaña al título que remite a la sonrisa vertical (ojo o sexo femenino), Le cri nu brilla por su originalidad, visión y forma maravillosas.

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