Aita

José Mª de Orbe (2010)

De espacios oscuros y espacios diáfanos, de la memoria tangible y fantasmal que se proyecta en las paredes de una casa que es la película en sí. Aita de José Mª de Orbe es un frágil y olvidado testimonio de que el cine patrio continúa en buenísimo estado. De entre sus silencios y sus más que impactantes diálogos, nunca exacerbados, nunca dichos a la ligera, nace una delicada iniciación por la reconstrucción de una vieja forma de entender la vida (y también la muerte).

Partiendo de una realidad actual, una vieja casa-torre vasca de la Baja Edad Media, testigo de la historia del País Vasco y deshabitada desde hace unos años, Aita coloca una serie de elementos «ancianos» alrededor de un tiempo inmutable y casi circular. Dos hombres de cierta edad; un cura y un guarda, unas películas que aparecen proyectadas de noche y la propia casa en cuyas paredes se filtra la memoria de una región son los protagonistas de esta película que susurra fascinación y «espanto». A medida que la casa se va limpiando, se deja tal cual está o simplemente se nos enseñan vistazos de sus múltiples rincones, los personajes que por ella pululan —personajes reales que tienen una relación real con la propia casa— se desenvuelven entre diálogos amistosos que versan sobre distintos y variados temas. Desde la muerte hasta el revivir, pasando por la realidad tajante del mundo y la metafísica del espíritu que se manifiesta, más que nada, en los dobles sentidos de algunas de las frases (la luz que acecha al guarda, el cadáver que se levanta…) y en los silencios sepulcrales que inundan el habitáculo abandonado, comienzan, continúan y acaban por tejerse las redes de un misterio jamás cerciorado.

Los diálogos de Aita están poco intervenidos a pesar de, lógicamente, estar recreados para lograr hacer del film, un film —en ese aspecto recuerda al fragmento de Víctor Erice para la película coral Centro histórico, titulado Vidrios partidos—. De Orbe rodó casi la totalidad del film en el interior tratando el espacio de una manera tan peculiar como reveladora, aunando la palabra que aparece en momentos precisos con la ausencia reinante de la misma. Y es que el cineasta sabe de sobra cuando introducir una frase y cuando no… En esas paredes vacías en las que de noche se proyectan películas del cine vasco primigenio; películas que aparecen como visiones de luz —la luz de un proyector invisible pero mencionada en clave en varios fragmentos de la película (ya sea mediante un diálogo o mediante una imagen)— que se agazapan al propio material de la casa podemos hallar la razón misma de la película. En la mitología vasca, la casa es un recinto sagrado y un centro de convergencia entre vivos y muertos en plano de igualdad. Mucho antes de que España se convirtiese al cristianismo, se enterraban ahí a los muertos de la familia a modo de sepulcro ancestral. En forma de luz, viento o sombras, los fantasmas de esos muertos se aparecen en el entorno doméstico de Aita, hablando en silencio sobre dos obras perecederas (el cine y la casa) que se comprenden entre ellas e intentan compartir(se) con los huéspedes que por allí pasan de día o de noche.

Inspirado por Giotto y Rothko, las imágenes proyectadas por de Orbe se asemejan a murales que cubren todo el espacio y dotan a la casa de un resucitar tan importante como significativo dentro del aura espiritual del film. El gran trabajo del director de fotografía Jimmy Gimferrer (habitual de Albert Serra) consigue dotar de varias capas de emoción a unas paredes que parecen muertas. Las manchas de humedad se fusionan con el desgaste del celuloide, cuyos fotogramas aparecen dañados y se compactan para formar una armonía perfecta entre fisicidad y luz, presente y pasado. Al igual que José Luis Guerin en Tren de sombras, de Orbe oxida, deteriora y envejece el celuloide deliberadamente para dotarlo de un aspecto todavía más ajado. Ajado como la casa, sí, pero ¿también como el cine?… ¿como el cine español? Profundamente espiritual y cuya conversación sobre la muerte trasciende lo palpable, Aita reelabora el concepto de meditación mediante la oración silente que hacía falta en estos tiempos. Su sugerencia sobrepasa cualquier discurso simplón o vacío para llegar a colocarse como una de las grandes películas nacionales de los últimos tiempos.

—No vive ya nadie en la casa —me dices—; todos se han ido. La sala, el dormitorio, el patio, yacen despoblados. Nadie ya queda, pues que todos han partido.

Y yo te digo: Cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente está solo, de soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado. Las casas nuevas están más muertas que las viejas, por que sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombres. Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla. Una casa vive únicamente de hombres, como una tumba. De aquí esa irresistible semejanza que hay entre una casa y una tumba. Sólo que la casa se nutre de la vida del hombre, mientras que la tumba se nutre de la muerte del hombre. Por eso la primera está de pie, mientras que la segunda está tendida.

Todos han partido de la casa, en realidad, pero todos se han quedado en verdad. Y no es el recuerdo de ellos lo que queda, sino ellos mismos. Y no es tampoco que ellos queden en la casa, sino que continúan por la casa. Las funciones y los actos se van de la casa en tren o en avión o a caballo, a pie o arrastrándose. Lo que continúa en la casa es el órgano, el agente en gerundio y en circulo. Los pasos se han ido, los besos, los perdones, los crímenes. Lo que continúa en la casa es el pie, los labios, los ojos, el corazón. Las negaciones y las afirmaciones, el bien y el mal, se han dispersado. Lo que continua en la casa, es el sujeto del acto.

César Vallejo

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