Closer

Scott Barley (2016)

Upon liminal spheres where dreams are woven, Adrift between stars and the trees, I pass closer to the golden dawn.

There’s a warmth beyond the shadow. I feel the aurum under my eyelids, And I hope the birds will sing.

Oh, I hope I will hear the birds sing…
Perhaps a knowledge that never comes.

Scott Barley

A veces sucede que, dentro de la filmografía amplia y soberbia de un cineasta cuyo único largometraje ha acaparado toda la atención, suelen olvidarse otros de sus trabajos más que sobresalientes. En el caso de Scott Barley, Closer es una película a la que uno quizá no preste demasiada atención debido a la larga y poderosa sombra de Sleep Has Her House e incluso a las de Womb y Hunter en el terreno del cortometraje. En lo que a mi respecta, Closer es una de las obras más bellas y profundas del cineasta galés y hacía ya tiempo que quería dedicarle un espacio especial dentro del blog. Desde que la vi por primera vez hace ya cinco años, ha resultado ser una de las películas de Barley sobre la que más he pensado, llegando quizás a entrever algunas de sus muchas capas textuales.

Closer comienza con la imagen en movimiento de un cielo con un sol (¿o es una luna?) tímido que alumbra las nubes, ahora nocturnas y anaranjadas del atardecer, para dar paso a la estabilidad de una fotografía que evoca quietud romántica. Esa dicotomía se explora entre realidades etéreas dentro del mismo plano que constituyen el paso de lo verdadero a lo ideado mezclando conceptos materiales para llegar a un tipo de textura que rara vez se contempla en el cine contemporáneo. El cortometraje de Barley rezuma espíritu contemplativo, evocador y visionario por todas sus capas de footage recolectado con un iPhone y un arduo proceso de postproducción que se sobreponen en un poemario de planos intercalados mediante severos cortes a negro o delicados fade outs y sobreexposiciones. Su forma recuerda a algún poema olvidado de Georg Trakl entrelazado con los múltiples elementos de la obra de Anselm Kiefer para llegar, de alguna manera casi vidente, a la primera imagen de un agujero negro jamás tomada… En Closer están la imagen y el texto (poema citado al principio de este escrito) unidos mediante el deseo emocional de contemplar el cielo y los árboles que con sus ramas abrazan el espacio. Deseo que se transforma en esperanza por escuchar a los pájaros cantar y que resulta terminar en silencio sepulcral. Al divisar el cosmos susurrante e inestablemente bello surge la cuestión última de lo que significa hablar de «realidad». ¿Son los puntos que vemos realmente estrellas o son manchas en un lienzo oscuro?, ¿vemos la imagen o la pintura? ¿Acaso son lo mismo? La luz que invade la primera imagen de Closer se trastoca poco a poco hasta llegar a un punto en el que lo natural adquiere un tacto propio de una pintura al óleo, a la cera o al carboncillo… Sin saber muy bien el cómo, Barley consigue aunar lo creado con lo Creado y volve a un modo de mirar ya perdido.

Closer es un film que invita a estar más cerca de la textura del digital, de la textura per se del cine del nuevo siglo. Cada imagen contiene un equilibrio y una pulsión determinadas y cada formato (1:1 y 18:25) abre una ventana al presente mediante lo que puede parecer un arcaísmo formal. Ambos son formatos que se dan en la cámara de un iPhone, siendo el 1:1 el predeterminado para el modo «retrato» y el 18:25 el que el teléfono tiene por defecto. Ambos se usan para dar vistas no registradas de una misma cosa; para hacer ver que el aparato está ahí al margen de la intención creativa de un autor que escoge «la cámara que siempre lleva encima» para hacer cine. La manera perfecta de encuadrar y sugerir más allá de una concreción o un simbolismo, aquí inexistente, se logra mediante la figura más adecuada para formar una imagen: el cuadrado. Es el cuadrado en el que el vapor que se exhala al principio puede apreciarse en forma de corriente de luz o de rama fulgurante; es dentro de esa figura donde la vista adquiere una dimensión acotada y perfecta de una noche llena de mistérica belleza. «La carne del viento» que vemos susurrar tras los árboles moldeados o los espacios difuminados, volcados y revolcados de cada pixel; entre la luz que emana de un astro tan lejano como cercano y por el movimiento de una lente que da movimiento a las estrellas. Los colores derivados de un mismo tono y el negro de un fondo indiscernible ayudan a adentrarse en la materia misma de la noche hasta perdernos en su inmensidad. El paseo nocturno, privado y universal, que Barley consigue dejar incompleto, (infinito) resuena por siempre con brevedad y silencio. En los seis minutos que dura Closer podemos sentir ese frio y ese calor que se desprenden de una imagen viva, llena de estupor, de caricia y de melancolía. El tiempo se hace eternidad a medida que se suceden las imágenes de un paisaje soñado. La fisicidad del film se esparce entre los recovecos de lo discernible y de lo oculto. Tan solo la palabra funciona como cierre a una noche jamás avecinada. El poema dedicado a David Robert Jones (más conocido como David Bowie) hace de eco en la distancia y el presente, retrotrayéndose en los mares del tiempo hasta el día exacto de la muerte de un artista que influenció notablemente a otro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s