Bela

Prantik Narayan Basu (2020)

Bela es una localidad situada al este de la India. Su nombre quiere decir «tiempo» y es el lugar donde Prantik Narayan Basu ha decidido situar su obra reciente. Si al final de Sakhisona veíamos una demostración de la danza Chhau, ahora seremos testigos de la creación y el proceso de la misma. Privilegiados, somos invitados a contemplar un film que propone una división ilusoria en dos jornadas a partir del montaje. Lo cierto es que Bela se filmó en un orden diferente y es durante la posproducción que puede originarse esa progresiva visitación entre la danza masculina y los quehaceres femeninos.

De cómo en la región de Bela se prepara para el festejo y de cómo el canto del cisne resuena cuando la velocidad se hace lentitud y viceversa; de eso va Bela. Basu graba cada rito de manera diferente, enfocando o desenfocando los atuendos, paisajes y figuras al mismo tiempo que manipula el tiempo que acaece in situ. Modulando la velocidad de obturación de la cámara, el cineasta transforma el tiempo con fines contemplativos o fugaces consiguiendo que cada espacio y acción se creen mediante registros diferentes de la realidad. Aunando a esta manipulación el juego constante entre luz y oscuridad, entre espacios diáfanos y sombras múltiples, Bela se va componiendo del espíritu conjunto de toda su obra.

Al igual que en Makara, Basu consigue representar la realidad por medio de su propiedad onírica y fantástica y, como en Rang Mahal, la naturaleza se manifiesta por sí sola conformando una especie de orden cósmico que se traduce en lo natural (y, como novedad, también en lo artificial). Si en sus anteriores trabajos (los mencionados más Sakhisona) el cuento popular se hacía palpable mediante la imagen sencilla y pura, aquí es la interpretación y la preparación de ese «cuento» lo que impera. Pues Bela empieza y termina con los rituales de preparación, con las prácticas diarias de los jóvenes dan saltos y volteretas para no fallar cuando llegue el día del festejo… Los colores difuminados dan paso a la vivacidad de los adornos y también a la calma entre la sonoridad abrumadora y jovial. Las mujeres sirven como apoyo para analizar una rutina de manera diferente, separando dos mundos (el masculino y el femenino) para aunarlos en un Todo simbólico y esencial. Todos ellos forman parte especial dentro de la comunidad en el festival Diwali; miembros de las comunidades Kurmi y Mahato que desaparecen y aparecen de la nada, sin rol protagónico alguno. Porque el trabajo y el ocio no conocen primeros planos, no merecen primeros planos. Solo las máscaras, los rostros «cualquiera» que evaden de una individualidad, aquí inexistente, y nos acercan al mundo (su mundo).

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