Segunda experiencia: Nathaniel Dorsky

Tras dos años sin ver ninguna película de Nathaniel Dorsky en sala, hace un par de días tuve otra de esas oportunidades únicas. Mi viaje a Madrid con el propósito principal de ver el «Arboretum Cycle» al completo mereció la pena con creces dado que, tanto las siete películas que lo componen como la presentación a cargo de Francisco Algarín Navarro fueron más que satisfactorias. Atendiendo no solo al Ciclo, sino a la trayectoria del cineasta a lo largo de sus más de cincuenta años de carrera, Algarín explicó las «fases» desde Hours for Jerome (1966) hasta Terze (2021) analizando minuciosamente sus cambios formales. Desde las stanzas hasta el regreso al montaje polivalente para acabar aclarando la vital diferencia que presenta el Arboretum Cycle, en el que «el lugar es la película».

Mapa del cine de Nathaniel Dorsky

Dorsky apuntaba en su libro Devotional Cinema: «Sobre todo, el cine es una pantalla, el cine es un rectángulo de luz, el cine es luz esculpida en el tiempo» y es precisamente la luz lo que se convierte en el tema central de Elohim, Abaton, Coda, Ode, September, Monody y Epilogue. la luz que incide sobre las hojas y que la cámara manipula in situ para después recrear escenarios tan fantásticamente reales como trascendentes. Siguiendo las instrucciones de proyección del cineasta, la Filmoteca Española inundó de éter su segunda sala al tiempo que imprimía en la oscuridad una banda sonora en directo: el traqueteo del proyector que volví a escuchar ante las imágenes de un Drosky muy diferente, pero siempre arrebatador. Las siete películas se pasaron en orden de las bobinas para hacer del ciclo lo que es; un viaje de la oscuridad a la luz y, de nuevo, a la oscuridad (ideada, recreada; pues en el Strybing Arboretum de San Francisco no se permitía la entrada de noche) que visualiza el espíritu de los materiales iluminados a partir de un viaje estacional de un año de duración. Examinando desde diferentes ángulos los primeros brotes tras el invierno, las primeras ramas secas en el verano y el cambio en los colores otoñales, la cámara se adentra en una serie de jardines del tiempo mítico mediante una técnica observacional bellísima. Creando acción donde no la hay, haciendo primeros planos de rostros que no existen y aunando el montaje con la variación del obturador, la luz cambia, se mueve o se queda fija creando sombras y destellos entre los frondosos arbustos, ora desenfocados, ora nítidos.

La muerte, la forma real de las cosas, forma tras la forma se abre camino lentamente dejando que aparezcan los fantasmas de lo visible. Un ciclo que acaba en un final que no es sino el renacer eterno de lo no-perenne. La disfunción y el desenfoque para llegar a un tipo de pureza muy raro en el cine contemporáneo que, siguiendo un viaje cíclico que comienza con el año lunar y finaliza con la llegada del invierno, explora la realidad material del presente. De la niñez a la vejez, todo el Arboretum funciona como una tragedia dividida en sus correspondientes cantos. Dividida en las siete partes mencionadas (cuyos análisis pueden leerse en Lumière y en Sight&Sound), difíciles de separar, difíciles también de recordar completamente, esta obra de Dorsky se sitúa en algún punto entre el descubrimiento de la gracia y la certeza de la muerte constante de lo que se registra. Ya desde el plano de apertura de Elohim, en el que de la oscuridad se pasa a una luz fulgurante y hasta el final de Epilogue, donde las ramas secas y quebradas, sin flores, aparecen como los despojos de lo que una vez fue bello (y que sigue siendo misterioso en la muerte), somos testigos de la evolución material de lo vivo durante un año simbólico y real. La inmovilidad de las flores y árboles que se interrumpe con el viento, las obturaciones de la cámara o la vibración de la luz se hace eterno presente que anula los conceptos de pasado y futuro. Solo un tiempo acaece y por eso quizá es tan difícil recordar qué plano va antes de cuál, qué fue primero… Las películas del Arboretum Cycle no siguen la estela del montaje polivalente que podía verse en Arbor Vitae, Love´s Refrain, Threnody o The Visitation, sino que se centran en las variaciones de una misma cosa en un mismo lugar; en el tiempo presencial no conjugado. El lugar como película que se abre cual flor ante el ojo y la cámara, siendo uno en la Unidad inequívoca. El montaje del que Dorsky se vale para crear un poderoso sentimiento de transición alude a una progresiva reacción máquina-ojo-planta que neutraliza los anteriores planos para resurgir en un ciclo casi infinito… Así es como, por ejemplo, en Monody las hojas vistas en desenfoque, enmarañadas junto a su color básico y mezclado con otros (impresionismo sinuoso y sensual) nos acercan cada vez mas a una esencia de la imagen primordial; una realidad más allá de lo real que invita a ver mucho más lejos de la forma física de, en este caso, las plantas y que nos revela su alma, su espíritu, en un juego de veladuras penetrante y místico.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s