Bait

Mark Jenkin (2019)

Bait empieza por el final. La película de Mark Jenkin, uno de los hallazgos más importantes de la década pasada, es de las pocas que se preocupa por el encuadre en estos tiempos. Como si se tratase de una mezcla entre el montaje de atracciones, la dinámica documental de un Flaherty y una home invasion cuyo carácter seccionado propone vías de tensión insospechadas, Bait reúne en su forma cíclica mil y un elementos que analizar.

Aunque la historia encerrada en la película sea muy simple (un pescador de Cornualles llamado Martin Ward que no tiene barco debido a la gentrificación que asola su pueblo tiene roces continuos con un vecino adinerado mientras se observa el cambio del entorno rural, ahora absorbido por el capitalismo tecnológico que sustituye al industrial) existe una incertidumbre perpetua que hace de Bait un film tan singular como estimulante. Su claridad en los cortes se ve truncada al introducir varias acciones separadas en un mismo nivel de narración. En una serie de escenas de acción-reacción en las que los personajes se encuentran en diferentes localizaciones podremos ver la complejidad de sus propias relaciones. Porque los vecinos más afectados de Charlestown y Penzance se ven obligados a enfrentar (aunque solo sea con sus miradas y puños cerrados) a esos que han sacado provecho del exotismo del puerto y lo visitan solo en temporada alta. No solo los turistas se ven como la representación de un alto estamento social que alude a una lucha de clases tan material como interna, sino que los «empresarios» del propio pueblo, los que veranean y se dedican a trabajar desde el ordenador o a recrearse en las mismas aguas en la que otros intentan conseguir su producto, son el mismísimo enemigo.

Bait se rodó con una cámara Bolex de los setenta en 16 mm, con una textura en blanco y negro que sitúa la imagen en un tiempo que no es el nuestro y que encaja perfectamente con el devenir de las sociedades rurales contemporáneas, la rueda que gira y repite la Historia. Dentro de un ciclo de destrucción que induce a mirar las cosas por su parte y no por su conjunto, el formalismo de Bait se extiende hasta cotas impresionantes. Como cada imagen, el tiempo en la película solamente existe como unidad en relación con otros bloques (iguales o diferentes) cuyo enlace crea una fricción que nunca llega a explotar. Al timón de cada relación de planos y de personajes está el ciclo del capital que ha invadido la isla y domina desde la costa hasta el pub donde tiene lugar la secuencia más memorable del film. Partiendo de un robo, las escenas de tres espacios distintos convergen en una danza formal que pone en juego todas las claves del film (se vean o no) para finalizar en otro «gatillazo» de violencia que pone de manifiesto la inferioridad de los pobres frente a los ricos.

«El dinero mueve el mundo. Vivimos en un mundo donde el dinero es el centro de todo, por lo que el dinero es clave en la película. Esto se ve reflejado de dos formas: por un lado, está el dinero que ves, en forma de billetes y monedas, y luego está aquel que no puedes ver. Me gusta mostrar cómo el dinero cambia de manos y hay muchos primeros planos de este tipo. Con el pescador esa cantidad es muy pequeña. Con Sandra, en cambio, todo sucede a golpe de ordenador. Todas sus gestiones, todas sus facturas se pagan a través de su portátil. El dinero físico no hace acto de presencia hasta que se siente culpable por la langosta robada, y decide pagar algo en efectivo, de modo que sube la colina y entra en su mundo. Quería mostrar este contraste entre ambas realidades mediante el dinero.»

Mark Jenkin

Partiendo del tema de la gentrificación en Cornualles (tema que se convierte en global no porque así lo sea, sino porque la película anula cualquier alusión concreta a su país de origen poniendo de manifiesto un estilo y una forma capaces de trascender la nacionalidad), Bait se aleja de un trilladísimo realismo social para terminar adentrándose en la vanguardia y tomar un desvío único en estos días. Las muchas cuestiones que surgen de entre los vistazos a determinadas situaciones, acciones u omisiones (teniendo muy en cuenta el modo de encuadrar cada una) terminarán por concluir, con gran ironía y menos sentencias de las que parece, que el orden jerárquico inevitable que surge del capitalismo terminará por barrer las tradiciones y olvidarse de los humildes. En una cristalización de la narrativa, donde el pasado y el presente se acaban uniendo en una extraña y desconcertante simultaneidad, la mirada subjetiva pondrá a cada uno en su lugar de cara a la concatenación de hechos causales y casuales. Los cortes que yuxtaponen estilos de vida, de clase y de moral presagiarán, recontextualizarán u obviarán las elecciones instantáneas de unos personajes condenados a retratar una realidad constante y presente.

Bait, como sugiere su título, es una especie de tentación, una invitación a participar en un desafío continuo y trasgresor por certero y medido. La violencia soterrada de sus escenas se sentirá casi tan sorda como los diálogos o los ruidos que a menudo parecen retumbar, provenir de lugares ilógicos o desvanecerse misteriosamente (el sonido en la película fue agregado en la postproducción, incluidos los diálogos doblados). La realidad que golpea cada fotograma se desprenderá, no de forma perceptible en un primer visionado, llegando a incluir momentos de auténtico realismo mágico dentro de su estética cruda e incluso a poner en duda la naturaleza misma de algún que otro personaje (¿quién es Billy Ward, el otro hermano de Martin aparte de Steven, quien parece tener conocimiento de cosas que están pasando simultáneamente en otros lugares y que aparece de la nada en muchas ocasiones?).

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