Binary Tears

Eva Elcano Fuentes (2020)

Al principio de Binary Tears, cortometraje de la cineasta y videoensayista Eva Elcano Fuentes, suena un proyector de 16 mm mientras se ven imágenes almacenadas en una carpeta virtual. Desde un principio, la textura de todas las imágenes que se muestran, ya sean de los ficheros del ordenador o de los paisajes cántabros, se desliga del realismo. Desde un blanco y negro fotoquímico hasta el monocroma, todas las imágenes van a «abrirse» para explorar su interior, su a-dimensional espacio del recuerdo. Las lágrimas digitales que se proponen en el título no surgen solamente de una imagen que baila en el infinito y asolador vacío de una red, sino a partir de la unión de su movimiento y la música (compuesta por Alex Aller). De tal unión nace lo emocional, lo que conecta la imagen con lo que contiene. De entre lo aparentemente frío de los datos nace un desarrollo sensorial. Las imágenes se superponen, circulan y generan espacios entre ellas; vivas, de alguna manera, las formas geométricas más básicas se desplazan desde las carpetas rojas hasta los parajes blancos del interior de las mismas para construir una serie de entornos imaginados.

Elcano se basa en la esencialización de la imagen informática para crear un sentimiento real que surja de una imagen simple y cuadriculada. La concatenación de las formas da lugar a la figuración de éstas y a una unión armónica entre las imágenes almacenadas en la memoria estática del ordenador y lo dinámico de sus danzas. Sin profundidad física, sin cuerpo más allá de los unos y ceros que a veces se muestran en la pantalla, estas imágenes se convierten en el reflejo de un sentimiento muy humano. Gracias a la música y al movimiento casi melancólico de las fotografías (ora bellos paisajes adulterados, ora negros rectángulos) surge una idea de rastro o huella en ellas; una metafísica del recuerdo que conlleva un sentimiento imposible de desligar: la manifestación de emociones humanas por medio del reflejo neutro de sus imágenes. En un determinado momento, entrando ya (o quizá más aún) en el terreno de la interpretación, se ven tres imágenes negras rectangulares que recuerdan a la triple aparición del monolito en 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968). Lo que allí eran símbolos que inducía/representaba momentos clave en la evolución humana, aquí aparecen en el mismo plano para interactuar entre sí. Sin personas físicas de por medio, pero con una obvia humanidad reflejada en su montaje, estos «monolitos» de dos dimensiones también esconden una especie de misterio tecnológico insondable… una especie de mensaje casi tan importante como su presencia.

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