My name is Brutus Murdock and I Live in Hell

Dean Kavanagh (2016)

La imagen sobreexpuesta de un súper 8 casero, mezclada con un «alquemizado» fragmento en 16 mm y la apropiación reconducida de la secuencia de la persecución de La diligencia (Stagecoach, John Ford, 1939) se involucran en un film cuya rítmica reside en la música expedida por las imágenes.

El cine de Dean Kavanagh se mueve en torno a la dialéctica entre diferentes imágenes cuyos formatos conviven en un caos multidimensional. La figura del tren que aparecía en Cut to the Chase vuelve a redirigirse en My Name is Brutus Murdock and I Live in Hell presentando la máquina que se mueve en dos direcciones en un mismo espacio y a través del tiempo. La concentración de un cúmulo de imágenes que se relacionan entre sí explorando diferentes géneros cinematográficos (found footage, western y diario) se transfieren al propio aparato que traquetea en un principio para dar paso a la música después. La transferencia digital de materiales físicos acciona diferentes mecanismos en torno a las imágenes manipuladas pues el proceso de captura de las mismas juega un papel vital en la dramaturgia del cine de Dean Kavanagh. El «telecine» y las filmaciones científicas están incluidas para desempeñar un papel activo en la propia narrativa del film, así como la parte del western concluye por ejercer de vórtice destructor de una lógica clásica.

My Name is Brutus Murdock y I Live in Hell descompone los materiales de metraje encontrados explorando su naturaleza más primitiva, su movimiento variable. Jugando con la manera de acercarse a diferentes estadios de imágenes, Dean Kavanagh compone una atracción bárbara en la que se encuentran las fulguraciones más intensas y la magia de un montaje en reverso. La secuencia de la película de Ford se propone como un espacio anterior a los hechos cronológicos, una película rebobinada en la que el movimiento funciona al revés; primero vienen las consecuencias, después las causas. Vemos a los personajes tirados en el suelo para después ver como se revuelcan y montan de nuevo en sus caballos que corren hacia atrás… Añadiendo a esta exposición alterada de una realidad ficticia la música adecuada se genera un nuevo concepto de la épica al tiempo que se dota al paisaje de una rara cualidad cómica. El Largo al factotum, el aria de El barbero de Sevilla de Rossini, hace surgir en la imagen una renovada velocidad que se convierte en puro cine de atracciones.

El film de Kavanagh aúna el montaje y la confusión concatenando una serie de ideas plásticas en torno a un brutal teorema. Una verdad no demostrada cuyo enigma (residente en el título) jamás será resuelto debido a que la fuerza de las imágenes precede y sustituye al propio concepto de narratividad. Aquí cada plano responde por sí solo a un deseo de atrapar un instante concreto o reintegrarlo en una nueva visión de los hechos. La apropiación de las imágenes funciona como modo de crear nuevos territorios y sensaciones más allá de un contexto y, al final, todo concuerda de una extraña manera en la que lo incierto se convierte en lo natural.

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