Punto de Vista: Sección oficial 7

La séptima sesión de la sección oficial del Festival Punto de Vista propone un diálogo entre dos films tan diferentes como esencialmente enemistados. Por una parte, Big Happiness de Da Hee Kim y Matthew Koshmrl habla de la adopción de un bebé surcoreano por norteamericanos y, por otra, Judy Verus Capitalism de Mike Hoolboom ilustra la carrera sociopolítica de la activista abortista Judy Rebick.

Judy Versus Capitalism (Mike Hoolboom, 2020)

Esta última se sucede en torno a una serie de capítulos que ilustran la historia de Rebick, un recorrido por sus pensamientos en torno a sí misma que desbordan en sus «hazañas» militantes. Dentro de un esquema nada concreto y partiendo del estilo de un Hoolboom desatado dentro de los parámetros del liberalismo socialdemócrata en el que se mueve, la personalidad múltiple de la canadiense se une a sus pensamientos sobre la obesidad positiva, el aborto, el feminismo y la familia. Hoolboom, que divide la imagen propia y la reciclada y el sonido en capas unidas por la voz de Rebick somete al espectador a un aluvión de información audiovisual tal que no deja ningún espacio para la reflexión que, sin duda, hace falta. Si no nos tomamos la película de Hoolboom en serio, cosa a la que parece prestarse en diversas ocasiones, veremos la ficción autoconsciente que las imágenes recogen de entre los resquicios de una mujer cuya «enfermedad mental» la ha hecho tan libre como una billetera llena en un país capitalista.

Mike Hoolboom define a Judy Rebick como una «natural story teller» (una narradora nata, o cuenta cuentos nata) y no es para menos, ya que lo que destaca más dentro de sus charlas en asociaciones o sus mensajes de protesta en las calles son las canciones infantiles con las que se ganaba a un público cuyo carácter de rebaño pasa desapercibido tras la opulenta presencia de la mujer. Sus berridos, aunque efectivos, parecen resonar como los nuevos mensajes de una izquierda tan indefinida como individualista, eso que Lenin llamaba «la enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo». Cito a Lenin porque Rebick se dice comunista y, como tal, reivindica el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos lo cual incluye abortar. Habría que reconsiderar hablar aquí de derecho cuando habría que hablar de deber, deber de no abortar. Haciendo un inciso y recordando el texto de Valerie Tarico sobre las ventajas de ser pro-aborto y no ro-decisión (pro-choice en inglés) basadas en unos muy cuestionables diez puntos que rayan en un pensamiento cercano al capitalista y a la sociedad de los estilos de vida, el hecho de que ahora las izquierdas (y no solo en Canadá) se hayan desvinculado de la clase trabajadora para mirar por los «derechos naturales» de unas minorías es interesante, cuánto menos. Al margen de preguntarnos de donde sale ese supuesto derecho natural a abortar en una sociedad en la que los derechos tienen su origen en una legislación (que, por otra parte, es lo que se busca y consigue en la película: la legalización del aborto), queda la cuestión de si de verdad la defensa del aborto nace de un ideal comunista. La propuesta de Hoolboom y el ejemplo de Judy Rebick radican en el subjetivismo e incluso el egoísmo nacidos de experiencias propias (a Rebick su padre la maltrataba) que se arrogan cualidades adquiridas al nacer para hacer de sus causas, las de todos (por ejemplo, ese orgullo vergonzoso por parte de Rebick de decirse judía de origen para «hacer ver» a los palestinos que apoya su causa a pesar de unas supuestas represalias y, al mismo tiempo, ignorar los Diez Mandamientos).

Lo cierto es que el aborto como «cuidado de la salud» es una de las falacias que llevan al control de natalidad más bestial. Si en las sociedades salvajes era el infanticidio, en las civilizadas deberían ser los métodos anticonceptivos y en las bárbaras era el aborto, parece que el alabado progresismo no está yendo tan hacia delante. Las izquierdas, entre las que se encuentran los resquicios de un comunismo débil (pues la batalla ya sabemos quién la ganó al caer la URSS), que hoy en día funcionan dentro de un engranaje democrático al lado de grupos a los que deberían repudiar (liberales, fascistas, socialdemócratas y un largo etcétera) no hacen sino alimentar un sistema decadente que se ha visto criticado desde el materialismo filosófico heredero del marxismo. La segregación de una serie de ideas políticas que tenían como objetivo la revolución, ahora parecen una serie de locuras abstractas, casi metafísicas, que son dirigidas por personalidades quebradas. Judy Versus Capitalism, casi sin quererlo, hace un retrato muy vivaz sobre uno de los mayores problemas de la actualidad que es la falta de definición dentro de la política y la aparente fluidez de determinados hechos. Dentro de su montaje tremendamente explosivo y no menos compartimentado, surge la falta total de alteridad. No hay crítica alguna, solo ovación fácil a sucesos ya pasados y un rastro exagerado de autoconvencimiento. Lejos de sembrar dudas, Judy Versus Capitalism afirma y reafirma en base a un individuo y sus vivencias para exigir que se elabore una ley en lugar de centrarse en observar como una líder convence a un pueblo para que él mismo conquiste ese derecho. En su viaje por el rescate oportunista no deja cabida para el intercambio de opiniones… y precisamente aquí es donde entra Big Happiness.

Aunque ambas películas parten de una misma premisa: el tener un hijo o no (adoptar o abortar), la de Da Hee Kim y Matthew Koshmrl tiene la ventaja del «otro». Ese otro del que se hablaba también en la cinta de Hoolboom no es una personalidad oculta que habita en el cuerpo de una mujer (las múltiples personalidades de Judy Rebick) y se manifiesta de forma espontánea, sino un nuevo personaje ser humano anulado en la anterior premisa.  Da Hee Kim, quien otrora fue un bebé norcoreano, ahora es una joven mujer americana que se pregunta por qué no encaja en el país. Dentro de las películas que hablan del racismo en los Estados Unidos, Big Happiness es remarcable por varias razones: por exponer un dualismo realista entre una etnicidad superficial y una nacionalidad invisible, por tratar el tema con la delicadeza de una conversación digna de Hong Sang-soo y por resolver no hacer juicios precipitados sin dejar de ser mordaz en su forma. Aunque la familia adoptiva no se haya dado cuenta hasta ahora de la discriminación que su hija ha sufrido ni tampoco de la incógnita que ha llevado en su ser durante años y que todavía sigue patente, la sencillez con la que se aborda un problema tan complicado tiende a elevar la solución mientras se expone la doble moral de las personas que adoptan. El plano final que muestra a una serie de mujeres y parejas con bebés norcoreanos en brazos saliendo de un avión es suficiente para proponer una mirada distinta a las imágenes de archivo y poner sobre la mesa el tema del «blanqueamiento» frente a cultura del país de origen, la raza frente a la inclusión en Occidente.

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