Un monde flottant

Jean-Claude Rousseau (2021)

Hace ya mucho tiempo desde que Jean-Claude Rousseau se pasó al digital. Desde esa primera película titulada Lettre à Roberto en 2002, han pasado casi veinte años y aquí sigue, capturando la esencia de un sentimiento efímero y encuadrando los paisajes del retiro. En Un monde flottant, tercera película que se sitúa en Japón tras Arrière-saison (2016) y Si loin, si proche (2016) Rousseau se inspira en el poema «Historia de un mundo flotante» de Asai Ryōi para navegar libremente por la propia estructura de todo su cine.

El aspecto privado del cine de Rousseau mezcla su visión del exterior mediante el encuadre pictórico, así como la del interior, consigo mismo en escena (normalmente mirando por una ventana), mediante la tensión entre lo que se ve y lo que se mira. El erotismo de las imágenes de Rousseau, quien no cree en el montaje, sino que entiende el proceso de unión de las mismas a partir de una atracción física, se adhiere aquí al sentimiento de melancolía y belleza que ha acompañado su obra desde los inicios en súper 8. Escenas de la vida cotidiana como una boda, unas pantuflas depositadas fuera de un tatami o unos pescadores con el monte Fuji de fondo responden a los dos elementos que hicieron que Rousseau comenzase a hacer sus obras: la vanguardia cinematográfica y el cine de Yasujirō Ozu. A partir de los característicos planos estáticos, separados por una imagen en negro que simula la pausa tras el cambio de bobina de sus películas en súper 8, el cineasta consigue un equilibrio entre la línea y la profundidad, dotando a cada imagen de una composición tan estable como reveladora. Con la idea del ukiyo en mente; esa idea que dice que la vida es transitoria y que nada permanece para siempre, Rousseau crea un film capaz de exponer la falta de recompensa tras la muerte y la fijación por lo efímero para terminar sucumbiendo a un terremoto emocional.

Un monde flottant muestra varias imágenes de ciervos desaliñados y débiles que viven entre las personas en los nuevos barrios residenciales y turísticos que han invadido el bosque. Languideciendo, con los cuernos cortados y el pelaje sucio, los animales serán el espíritu de la película más innovadora de Jean-Claude Rousseau. Entre dos repiqueteos de campanas, uno al inicio y otro al final de la cinta, Rousseau aparecerá como un turista y también como una persona que mira la decadencia de lo bello. Él intercambiará posiciones simbólicas para con su cine anterior con el crítico, profesor de cine y amigo Daisuke Akasaka mientras su deriva observacional toma un rumbo rupturista. Dos escenas conformadas por movimientos bruscos de la cámara serán la prueba de un seísmo a gran escala dentro de la forma estática de Rousseau y de su propia vida, pues a sus setenta y un años puede que tenga nuevas preocupaciones tanto artísticas como personales.

Es importante recalcar que las películas de Rousseau grabadas en Japón utilizan el formato 16:9 y son en alta definición, un dato bastante esclarecedor para comprender el cambio de registros e incluso de miradas.

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