Punto de Vista 2021: Sección oficial 3

La luz en la oscuridad, no como revelación sino como elemento en sí mismo o como esencia que dibuja contornos y formas en los objetos es el elemento común que une a las películas de la tercera sesión de la sección oficial del Festival Punto de Vista.

«Cerrado y sagrado, lleno de un fuego sin materia,
un fragmento de mundo ofrecido a la luz
».

—Paul Valéry, El cementerio marino (1920)

Tras impartir un taller sobre cine experimental argentino en Barcelona, Pablo Marín viaja a Pamplona para estrenar mundialmente su película Trampa de luz. Su intuitiva y subjetiva forma de atrapar las sombras y zonas iluminadas de la naturaleza se dividen en franjas artificiales que forman una X en determinados momentos. Previamente, como si de un paseo invertido por el bosque se tratase, las formas de los árboles en blanco y negro devienen imágenes hápticas que se vuelven tridimensionales gracias al sonido. Entre la plasticidad rugosa y totalmente plana (sin profundidad dimensional) de sus imágenes, las corrientes de un río que se dividen y confluyen en un marco trascendente aluden a una serie de variaciones poéticas integradas en la propia materia del celuloide. Marín filma en súper 8 un puñado de imágenes que acercan la esencia de las cosas a un plano incandescente, imprimiendo una elegancia absoluta incluso en los títulos. Esta va a ser la única película del conjunto que trate la luz como elemento per se, ya que, tanto Paralelo 28 como Luces del desierto y, en un plano más alejado, Every Rutpure, supondrán el registro de la luz de cara a crear atmósferas tan estimulantes como artificiosas de forma no tan genial.

Siguiendo la estela de O arrais do mar de Elisa Celda, Santiago Bonilla retrata las condiciones de los trabajadores mexicanos en plena noche. En Paralelo 28, un fantasma ronda la mayor mina de sal del mundo mientras el entorno oscuro y, en cierta manera, evocador se ve «manchado» por unas voces. Todo lo logrado mediante el asombroso trabajo de fotografía se verá mermado por las conversaciones de los trabajadores que, lejos de fundirse con esa oscuridad casi opaca, la despojarán de su carácter misterioso para adentrarse en el realismo más chocante. Al igual que sucedía en la película de Celda, aquí la pretensión nace de la misma forma que no acaba de cuajar debido a la aproximación de cada elemento con respecto a los demás. Trazando líneas que embellecen un paisaje ya de por sí abrumador, se explota al máximo la intensidad del mismo quebrando la cualidad que se quiere admirar. Lo voluminosos de sus espacios y la «calidad» de las imágenes mezclada con lo pretendidamente etéreo de las luces descubren una precariedad en la edición al igual que sucede en Luces del desierto de Félix Blume. En este film, también rodado en México, que se basa en la aparición de todo tipo de luces en la noche, la intervención de un sinfín de historias individuales acaba por transformar la oscuridad en un territorio secundario.

En Luces del desierto todas las luces y todos los sonidos conducen a la extrañeza de una forma que no parece decir nada por sí sola. En cambio, los monólogos de los habitantes entrevistados servirán para dar sentido a una noche tan común como vagamente sugestiva. Los planos que muestran el reflejo de los fuegos artificiales en objetos tirados en el desierto, tales como un vaso de plástico, son un buen resumen de lo que el film puede ofrecer. La oscuridad de esa atmósfera se verá clareada por una serie de fuegos, linternas y demás fuentes de luz para recalcar que la imagen preciosista está ahí para intentar provocar una experiencia inmersiva. Muy cerca de otras obras, a mi juicio, fallidas, que intentan hacer del claroscuro algo bonito por sí mismo como Dead Slow Ahead (Mauro Herce, 2015) o La ciudad oculta (Víctor Moreno, 2018), las obras de Blume y Bonilla se quedan a medio camino entre el retrato social y la verdadera pulsión de una nocturnidad envolvente. Aunque las dos películas cuentan con imágenes dignas de la mejor fotografía, de poco sirven cuando se unen sin ningún sentido aparente que incite a pensar o incluso a sentir algo que no sea fascinación por su cuidada y lamentablemente vacía exposición.

Pasando a Every Rupture de Sasha Litvintseva, un cortometraje que trata el pesimismo tras el Brexit en forma de imágenes-espejo, nos adentramos en una imagen muy distinta. Acompañadas de unos subtítulos, las imágenes artificialmente simétricas representan el estancamiento de una sociedad por la crisis del Coronavirus mezclada con la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Proponiendo la película como un barco a la deriva, cargado de lujos y vacío de consciencia, por el mar en le que se hunde, Litvintseva traza dualismos tan obvios como tajantes en la propia imagen. El crucero que aparece en el film navegaba durante el referéndum, impasible ante el cambio y ajeno a cualquier inestabilidad. Las imágenes reflejadas en horizontal, semejantes a un test de Rorschach inocuo, proponen una visión nueva de un mundo nuevo en constante duelo con el viejo. Una interesante reflexión acerca del narcisismo traducido en rupturas infinitas.

Every Rupture (Shasa Litvintseva, 2020)

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