Punto de Vista 2021: Sección oficial 2

( ( ( ( ( /*\ ) ) ) ) ) (Saúl Kak & Charles Fairbanks, 2020)

La segunda sesión del día muestra tres películas a competición que aúnan el paisaje y la política. Comenzando por el documental ( ( ( ( ( /*\ ) ) ) ) ) de Saúl Kak y Charles Fairbanks que, a partir de la dicotomía entre el silencio y el ruido que brota de los megáfonos del estado de Chiapas (México), conforma una visión a pie de calle de la oleada de refugiados causada por la erupción del volcán Chichonal. Los espacios vacíos del barrio se van llenando paulatinamente de gente hasta llegar a mirar y hablar a cámara en un entramado cartográfico de la comunicación bastante interesante. Tras la película de Kak y Fairbanks, se proyectó La Tramuntana, un film también sensorial en el que el espectro del viento acompaña el movimiento de las figuras en cada plano. Alexander Cabeza Trigg, un antropólogo que irrumpe en el espacio artístico, utiliza el montaje como expresión poética del pueblo de Alt Empordà haciendo resurgir una especie de tradición desde la mirada periférica del olvido.

En La Tramuntana, una mujer cuyo cabello es (des)peinado por el viento camina por las arenas de una orilla en la que el mar ha depositado unas frutas. Las naranjas que flotan y que son recogidas por un extraño lugareño son parte del misterio que se esconde en esa tierra. Y, al igual que sucedía en ( ( ( ( ( /*\ ) ) ) ) ), la aparición de las personas no se da hasta que se ha definido el paisaje, hasta que el aire que puebla los espacios se agita, en este caso, de forma tan violenta como poderosa.

La Tramuntana (Alexander Cabeza Trigg, 2020)

El poder y el desarrollo que tiene hoy en día en los proyectos artísticos se aborda de la mano de Pablo Álvarez-Mesa en Bicentenario, la última película del trío de esta proyección de la Selección Oficial del Festival Punto de Vista. Convocando el espíritu de Simón Bolívar en los lugares exactos en los que se libraron las batallas de la Guerra de Independencia colombiana, la película explora los rituales modernos que conforman el patriotismo renovado del país (desde las recreaciones históricas hasta las marchas militares, pasando por los selfies). La película, que funciona como una sesión de espiritismo cargada de humor y dramatismo, podría haber sido una ejemplar cinta propagandística si no hubiera surgido la mirada crítica para con la exacerbación del amor y fidelidad a la patria. Siendo así, Bicentenario termina por ser un genial ejercicio que cuestiona la relación entre lo patriótico y lo nacionalista tras doscientos años de independencia en Colombia. El film va desde la quema de la Casa de Justicia hasta un cementerio mientras da numerosos detalles vívidos del día a día en los festejos nacionales. Anécdotas, por descontado, que se reelaboran para generar un debate en torno a la sociedad colombiana y su devenir como nación y potencia. Es necesario destacar una escena del documental en el que un guía turístico que está narrando las hazañas de los colombianos en Batalla del Pantano de Vargas pide que la gente deje en paz los móviles ya que, «si están chateando, se olvida de todo». Ese olvido, quizá necesario, quizá exageradamente reciclado, es línea de unión directa con el ¿exorcismo? del fantasma de Bolívar que tiene lugar durante toda la cinta, como si se tratase de un espectro maligno que regresa para sembrar las semillas de la guerra en el alma de los más jóvenes y los más viejos.

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