Feast

Tim Leyendekker (2021)

En 2008, tres hombres holandeses fueron acusados ​​de contagiar deliberadamente a decenas de otros hombres homosexuales con su propia sangre infectada de VIH. Comenzando con un plano fijo de larga duración que muestra a una agente depositando los objetos que pertenecían a uno de ellos se abre Feast, el film de Tim Leyendekker que reconstruye el llamado «caso Groningen» desde la trampa de la objetividad.

A partir de datos y conversaciones reales se reinterpretan algunas situaciones e inventan otras agrupando diferentes enfoques y estilos. La película cuenta con siete directores de fotografía, uno para cada fragmento de la película que explora desde distintos ángulos formales el suceso. Lejos de contar con una narrativa típica, Feast se mueve entre la multiplicidad de registros para dotar a la realidad de un halo de buscada impostación que, por momentos es radical y otras veces manipuladora en el mejor de los sentidos. Desde los «testimonios» acerca de las orgías que mezclaban sadomasoquismo e intercambio de fluidos, tales como la sangre, hasta la violencia ejercida por los dominadores cuya relación con las víctimas es tan terrorífica como interesante (atendiendo a los cambios de luz y de tono cuando los actores que los interpretan hablan de la belleza del sexo y de la muerte) las puertas del pretendido objetivismo se abren para cuestionar al propio espectador sobre lo que está viendo y escuchando. Después de mostrar con extremada cercanía las carnes de dos cuerpos que se rozan con violencia en un continuo ir y venir de pieles que se hacen indistinguibles (y que recuerdan inevitablemente a Somniloquies de Lucien Castaing-Taylor y Véréna Paravel), pasamos a ver una representación minimalista y voayeurista de El banquete de Platón. La atmósfera fría y casi quirúrgica (sin rayar en lo enfermizo) que ofrecen algunos de los planos de esa representación vendrá sucedida por otros retazos de la reconstrucción del caso en forma de entrevistas.

La película de Leyendekker se sitúa en la franja entre la realidad y la ficción para recurrir a la propia actitud crítica que, necesariamente, opera en torno al film. La manipulación del lenguaje, de la imagen y también la manera en que se muestra subyace en lo múltiple de su naturaleza. Se hace difícil no pensar en la apatía o en el languidecer de algunas secuencias que, sin embargo, invitan a construir un propio juicio alrededor. Por ejemplo, en cuanto se subvierte la naturaleza misma de la enfermedad y se la lleva al territorio de lo moralmente aceptable. Tanto por parte del que infectó a esos hombres como por el de una bióloga que relaciona la carga vírica con algo hermoso se leen diferentes propuestas que, lejos de sonar plausibles, se abordan con la naturalidad propia de algo normal. La objetividad inerte de una máquina que registra se opone a los cuerpos que actúan frente a ella, dando una mayor libertad para cuestionar lo que estamos viendo —al igual que sucede en el cine esencialmente documental de Nikolaus Geyrhalter—. No es raro pensar, dados los tiempos que corren, que ciertas ideologías vayan acuñando un preocupante clamor por la defensa de lo perjudicial; desde el aborto hasta el suicidio, pasando quien sabe cuando por la pederastia, el tema de la animadversión a cualquiera que no esté de acuerdo con la total libertad de cada cual para hacer cualquier cosa es sinónimo de veto absoluto. La brillante escena en la comisaria a la que acude Max, una de las víctimas, se siente como un despropósito buscado y perfectamente equilibrado entre la cuestión de ser agredido además de envenenado y el hecho de que tenga él la culpa por acudir a las orgías y no practicar sexo seguro… Se pone de manifiesto una peligrosa reconsideración de la cualidad de «víctima» que da un giro al film y a la realidad misma. Al igual que los límites en una relación sadomasoquista de los que hablaba la pareja del agresor, parece que cuando se da una relación de poder abusiva, ya sea física, legal o ideológica, la víctima pasa a ser algo difuso por el hecho de haber accedido a hacer algo que le perjudica. ¿Es que la individualidad del cuerpo y la libertad para tratarlo como una extensión de una decisión tomada bajo unas circunstancias que, obviamente, no tienen por qué ser aceptables permite incluso que se dañe ese mismo cuerpo? ¿Es culpable alguien que disfruta de ser ahogado si lo ahogan? Feast se manifiesta como una introspección actualísima que también trata la sordidez y la enfermedad vírica que nos acosa hoy en día. Víctimas del coronavirus o del sida, tras explorar la crudeza y la ignominia de unos hechos atroces, siempre quedarán para nosotros teorías como la de la bióloga que ve belleza en la enfermedad. En una secuencia tan metafórica como interesante (y preocupante) se compara el virus del sida con el que hace cambiar de color los pétalos de un tulipán que será desechado del ramo para después mostrar los cuerpos muertos de algunos hombres que aparecen tumbados en las calles, parques y playas sin que nadie se dé cuenta de que están sin vida. Inquietantemente y para más desasosiego, tampoco el espectador lo hará porque, objetivamente, parece que no lo estén.

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