De la Tierra al cosmos: un pensamiento sobre La vallée close

Al ver La vallée close de nuevo uno siente que no ha visto nada la vez anterior. La impresión de recordar, de añorar algunos de sus planos es equivalente a la admiración que se siente por la poética material de Jean-Claude Rousseau. En torno a doce lecciones, que no deben ser olvidadas una vez aprendidas, sino que se agrupan y se recuerdan como piezas clave de un mismo entramado, podemos ver la claridad del día y la oscuridad de la noche. Las variaciones de luz que dan cabida a las formas de lo real.

La película de Rousseau comienza hablando de la rotación y la traslación de la Tierra mientras muestra senderos estáticos en el bosque, de cómo el día deviene noche y ésta, de nuevo día. Y también de cómo las cuatro estaciones se suceden para acabar volviendo a un inicio. Ciclo y circularidad que se manifiestan mediante el uso de la repetición y la progresión de imágenes y sonidos. Un mar de repeticiones, un mar de imágenes y un mar de sonidos que deben ser atendidos desde la potencia del plano fijo para, en determinado momento, ponerse en movimiento. Solo cuando hemos comprendido el movimiento desde la quietud podemos empezar a movernos.

La repetición de La vallée close es sinónimo de erotismo, una sensualidad que se da en el montaje mediante la unión de imágenes se «gustan» unas a otras y encajan formando diálogos más allá de una narrativa literaria. Aquí lo literal y lo material son los elementos a tener en cuenta. Dentro del viaje estático que es La vallée close, está lo diegético como esencialidad única. Jean-Claude Rousseau visitó durante diez años la gruta del pueblo de Fontaine-de-Vaucluse y a partir de allí generó una narrativa única, la de los sonidos y las imágenes comunicantes que se dicen cosas y esconden otras. La teoría de su visión abarca tanto lo que se ve como lo que es revelación. Lo invisible, el sentimiento de perderse en la contemplación de un paisaje durante mucho tiempo o simplemente escuchar el viento durante un breve segundo; la certeza de la presencia en el cine. Lo invisible que aquí es lo oscuro, la negrura de la gruta; la forma de un paisaje real que se proyecta como auténtico rincón donde no hay nada que ver y sin embargo algo se mira.

Rousseau afirma que la película solo podría haberse filmado en Super 8, pues de lo contrario la negrura opaca de esa gruta sería imposible de capturar. Por otra parte, la limitación del carrete de cada bobina se respeta con su correspondiente pausa, así como con cada repetición. En La vallée close, casi más que en la mayoría de películas, lo que se ve es lo que hay. Y lo que vemos es, en base a la imagen de la gruta, esa negrura que contiene a determinadas personas, turistas que se transforman en átomos y observadores del abismo. Personas que vienen y van, que se paran de espaldas y que cuya luz se absorbe. En la gruta hay agua, al igual que oscuridad, pero, aunque oigamos como las piedras que allí se arrojan salpican, jamás vemos qué forma se esconde en ella. Un misterio que reverbera en el tiempo, siempre quieto y siempre vivo.

La repetición en La vallée close va desde las ruinas de un edificio hasta las palabras del propio Rousseau. Construyendo una narrativa, una «leyenda» (como luego se dice) de lo material, la historia de nadie y la que podría ser la de Paul, Guy y Laura se mueve en torno a la sextina. La forma se reconduce en torno a las llamadas de teléfono, a un parque de atracciones y el paisaje diurno y nocturno de los alrededores. Ahí es donde surge un cosmos que siempre ha estado y que ahora se conecta. Tal y como decíamos, las lecciones son para recordarlas ya que van a volver a manifestarse. La rotación en las dos atracciones de feria comunicantes, los átomos-transeúntes que observan la gruta, los ríos, el viento, la niebla, las nubes etc. Todo ello comunica de forma expresa y tajante, dejando clara la relación que se crea entre dos imágenes, dos sonidos o más. De la Tierra al cosmos, de lo material a las esferas. Los parajes nocturnos iluminados por pequeñas luces o la habitación de Rousseau podrán observarse en su naturaleza más presente, conteniendo siempre el universo —tal y como la geoda lo contenía en su película De son appartement (2007)—. La sombra ovalada que arroja un teléfono que no suena, pero que sonará repetidas veces, nace de la incidencia de la luz. La luz, donde los átomos tienden a moverse en lugar de a quedarse quietos, igual que el aire. La luz que ilumina los objetos y dibuja sus líneas, sus contornos y, finalmente, los crea. La luz que constituye un deseo por mirar las cosas y consigue que ellas nos miren a nosotros.

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