La Inesperada 2021: Atòmica

Un nuevo festival emerge en tiempos de coronavirus en la localidad de Barcelona. «La Inesperada» se entiende como un acercamiento físico al cine de no ficción internacional y nacional que tiene entre sus objetivos «reivindicar la vivencia cinematográfica de compartir colectivamente la película en una sala, con una pantalla de dimensiones grandes y con la máxima calidad posible». Dentro de su sección internacional, denominada Atòmica, cinco títulos comprenden un todo que aspira a aunar la crítica y la contemplación así como proyectar nuevas miradas en torno a la modernidad. Desde la violencia distante de las cámaras de Il n’y aura plus de nuit hasta los juegos callejeros de Zhana en Blue Eyes and Colorful My Dress, un sentimiento de búsqueda y también de desasosiego llegará a conformarse alrededor de las miradas de cada autor.

143 rue du désert (Hassen Ferhani, 2019)

Hassan Ferhani tenía previsto hacer una road movie en el desierto del Sáhara, pero se topó con Malika, una anciana que vive en al lado de una carretera que atraviesa Algeria. La mujer inspiró a Ferhani lo suficiente como para cambiar de idea y establecer el eje de su film en torno a la situación geográfica y personal de Malika. Partiendo del plano fijo como decisión formal principal, 143 rue du désert aborda la cuestión de la soledad y la libertad desde un punto de vista del documental observacional y de entrevistas. Pero, lejos de hacer preguntas, Ferhani deja que Malika se explaye en su aislamiento o en los momentos en los que conversa con los viajeros que pasan por su casa (la cual funciona como una tienda de alimentos, bebidas etc.) y si tiene que hacer alguna pregunta, la hace sin cambiar de plano o editar lo más mínimo su intervención. Ateniéndose a un realismo tal que entronca con el aspecto diáfano de la vida de esta mujer, esta reina del desierto (pues Malika quiere decir “reina” en árabe), Ferhani observa el tránsito de un gran número de personas que pasan por este no-lugar convertido ahora en un emplazamiento con alma. Pues es en la modesta casa de Malika, en sus esquinas y ángulos, donde debemos buscar un punto de partida para apreciar la atmósfera del film.

En el desierto hay silencio, pero en esa casa situada literalmente en medio de la nada siempre hay una voz que cuenta historias o pensamientos para no sentir un vacío que, sin duda, acompaña siempre a la mujer. Vacío que, a veces, surge en forma de encuadres estáticos que la colocan en los márgenes, dejando un amplio espacio sin rellenar; creando composiciones vastas, en un principio.

Il n’y aura plus de nuit (Eléonore Weber, 2020)

De espacios y figuras que deambulan por ellos trata también Il n’y aura plus de nuit de Eléonore Weber, un film duro, violento e incisivo que propone una lectura farockiana sobre los métodos de búsqueda e intercepción militares en Oriente Medio.

Partiendo de un gran número de imágenes de archivo, en principio no accesibles al público, pero que se terminaron filtrando en internet, se conforma un diálogo entre la lejanía y lo cercano, lo prismático y lo virtual. La gran mayoría de las imágenes que aparecen en la película provienen de cámaras integradas en helicópteros americanos y franceses que filman sin cesar, fijando objetivos a abatir o simplemente acumulando datos… Weber expone a viva voz una tesis entre el ensayo y la crítica para hablar de como la falta de oscuridad en esas imágenes ha privado al mundo de secretos y de la posibilidad de salvar su vida. Más allá del espionaje que cualquier persona puede sufrir en plena calle, la película va adoptando un carácter más tenso en cuanto las imágenes muestran las muertes de personas a tiempo real en Afganistán.

Un soldado francés, al que se denomina «Pierre V», fue entrevistado por Weber para obtener un testimonio directo de los hechos que se muestran. Sus palabras, que se recitan o interpretan por la cineasta, ofrecen un atisbo de la incertidumbre y la irrelevancia de todo cuanto se ve a través de las pantallas de los ordenadores de a bordo. Su visión de los actos que se han llevado a cabo es tremendamente esclarecedora en cuanto a términos morales se refiere, aunque no tanto en cuanto a términos de defensa, si tenemos en cuenta la esencia del neo-militarismo en las actuales naciones. El hecho de no ver a las personas que aparecen en pantalla como seres humanos debido su condición de meras «siluetas blancas» que corren o se quedan quietas es determinante en relación con la facilidad con la que los soldados aprietan el gatillo. A pesar de no estar seguros de si son enemigos armados o simples campesinos, ellos, los que observan a cientos de kilómetros por encima, disparan primero y preguntan después.

En la última parte de la película, el blanco y negro de una noche anormal, llena de muerte y ruido de imagen digital, dará paso a un colorido y, no menos falso, “día”. De cara al final de la obra, Weber comentará como las cámaras modernas también pueden suprimir la noche aplicando un filtro sobre la imagen directa que hace pasar la oscuridad por una imitación de la luz solar. Si no hay oscuridad, todo puede verse y todo puede ser visto… Si antaño vivir o morir dependía de la posibilidad de los menos aventajados tecnológicamente de poder esconderse, ya no queda ni siquiera esa opción. Ante la fría imagen de un teleobjetivo que guía las balas, las explosiones y los cadáveres deshumanizados se generan una serie de paisajes abstractos del horror; quizá más siniestros y violentos que ningún otro que haya salido de una pantalla.

The Two Sights / An dà Shealladh (Joshua Bonnetta, 2020)

El artista multidisciplinario Joshua Bonnetta se adentra en los paisajes de las remotas islas escocesas de las Hébridas Exteriores para ahondar en la etnografía y las historias de los que allí viven. En un principio el film se iba a titular Caolas na Hearadh (The Sound of Harris), pero se acabó llamando The Two Sights / An dà Shealladh. Dos puntos de vista pues, el del sonido y el de la imagen.

Bonnetta es un artista mucho más diestro en el campo sonoro que en visual, y el film es una prueba de ello. El aparato audiovisual del canadiense proyecta una visión reiterativa de motivos que se convierten en tedioso ejercicio anticlimático. Existen cineastas como James Benning y Sharon Lockhart que, a priori, pueden parecer similares a Bonnetta, pero que parten de una premisa totalmente distinta. Ellos dos, con sus diferencias notables, se centran en el poder unívoco de un plano y lo dotan de la cualidad temporal y espacial necesaria para que mantenga su independencia del resto y llegue a crear una simbiosis distinta, en torno a la propia estructura del montaje matemático (todos los planos duran exactamente lo mismo, etc.) Bonnetta, por el contrario, hace de sus planos algo pasajero, meras imágenes-postal (muchas de innegable belleza) que jamás generan un poder más allá de la vaga simultaneidad con el sonido. Su pretensión de crear una narratividad a base de la conexión entre lo que se cuenta y lo que se enseña, partiendo de la abstracción plástica de los paisajes retumba en un abismo formal carente de un montaje apropiado. Resumiendo: las imágenes de Bonnetta acompañan al sonido y nada más. Aún componiendo ciertos espacios interesantes pero, a la larga, inabarcables y aburridos, The Two Sights / An dà Shealladh hace de su única virtud (el sonido) algo nimio debido a la cantidad de planos de duración mayor a las exigencias de un montaje tan limitado.

Los reflejos en el agua de las imágenes invertidas que actúan como simetrías perfectas, los detalles curiosos de algunos planos cuyo embellecimiento exagerado choca con su cualidad «única», la disonancia entre lo que está lejos y lo que está cerca, el deseo de captar un proceso atmosférico dentro de un marco temporal amplio sin ningún tipo de razonamiento más allá de un romanticismo desequilibrado… Hechos que llevan a pensar en si Joshua Bonnetta es consciente de su total falta de estructura dentro de un cine que bebe del estructuralismo o de si de verdad quiere dar esa cualidad vacía a su lenguaje… Si nos retrotraemos a la primera imagen del film, aquella que muestra al artista dejando un micrófono en un campo neblinoso, podremos sospechar que el sonido es la prioridad de Bonnetta. Si escuchamos las (también numerosas) historias de los habitantes de esos paisajes cuya belleza se agota por exceso, podremos sentenciar que así es.

Blue Eyes and Colorful My Dress (Ochite mi sini, rokljata sharena) (Polina Gumiela, 2020)

Otro tipo de contemplación se vislumbra en la película de Polina Gumiela. Blue Eyes and Colorful My Dress sigue los pasos de una niña búlgara de apenas tres años. El mundo se ve por primera vez tras la mirada de la cámara de Gumiela, incluso en una zona tan industrial como la que aparece. Esa cámara se coloca a la altura de los ojos azules de la pequeña para dibujar un retrato de exploración, amistad y viaje a través del ojo infantil. Al margen de la decisión, para mí  desconocida y cuyo sentido no encuentro, de utilizar un formato tan alargado como el 16:9 para acercarse a la figura de Zhana, a cuyo alrededor no pasa gran cosa, la forma de la película es tremendamente interesante. En una aproximación a la infancia que trascienda lo meramente documental para adentrarse en los terrenos de la pura inocencia, la película sigue a Zhana en su descubrimiento de la ciudad donde vive. Siempre acompañada por la cineasta oculta, la niña jugará con otros chavales que acaba de conocer, acariciará los gatos callejeros y cambiará de vestidos coloridos.

El hecho de que Zhana cambie de ropa es la única señal de que los días pasan y de que existe una familia o un tutor detrás. Esto, unido a la obvia guía por parte de la directora, que la lleva por caminos deseados y crea situaciones ficticias dentro de lo real de las reacciones, supone un estado casi mágico en el día a día de la pequeña, En determinado momento, ella verá su reflejo y recita el famoso diálogo del cuento de Blancanieves («espejito, espejito…»), aunando la magia y el descubrimiento para llegar a ofrecer una visión metafísica de su paseo. Dentro de la propuesta naturalista surge pues, un halo de trascendencia desde la invisibilidad e inconsciencia de la mirada de Zhana, quien ignora y es consciente de la cámara que la filma al mimo tiempo.

Icemeltland Park (Liliana Colombo, 2020)

Para terminar la sección Atòmica, Icemeltland Park se comprende como una sátira apocalíptica que reúne imágenes y vídeos de YouTube y otras fuentes ajenas. En plena era de la globalización, con el cambio climático en boca de todos los políticos, activistas y artistas, Liliana Colombo dibuja un mapa a modo de parque temático del deshielo por el que vamos a navegar. Entre la estética promocional de anuncio y lo irrisorio de los vídeos filmados por personas sin un ápice de lenguaje cinematográfico surge la posibilidad de crear una obra que se apropie de este material maltrecho y olvidable para generar un discurso fluido y que cale hondo en la memoria.

A partir del juego con los lenguajes televisivos, publicitarios y de internet, Icemeltland Park da una nueva vida a esos vídeos impactantes de grandes placas de hielo desmoronándose en las aguas. Colombo corta las imágenes en «tiras» para hacer una relación directa entre ellas; entre los glaciares derritiéndose y los tsunamis en las costas del Pacífico y el Atlántico. Montaje dialéctico unificado por estratos y abisal que pone a prueba la capacidad propia del cine para hibridar lenguajes y hacer ver más allá de una imagen aparentemente inocente. Tras esas risas, esos comentarios y esos vídeos de aficionado que registran un evento, se esconde una tensión increíblemente fugaz que supera el mero instante para fijarlo en la Historia.

Otras imágenes, esta vez de la NASA, nos enseñan la evolución geográfica de los paisajes del Polo Sur, Alaska, el desierto de Atacama o Nueva Dehli. La superpoblación, el crecimiento demográfico y los cambios bruscos en el clima se enfocan a modo de mapa interactivo para hacer visibles los cambios en dichos territorio. «Sigan grabando» advierten los subtítulos mientras vemos como una tromba de agua barre una orilla y llega hasta la jungla… «aplaudan, por favor» cuando un glaciar gigantesco se desmorona causando una crecida en la superficie del mar… Icemeltland Park aborda la imagen en la época del globalismo arrasador, logrando tergiversar y dotar de un nuevo sentido a unas imágenes carentes de él. Este llamamiento a la consciencia en detrimento de la ignorancia del archivo con el que trabaja se sostiene gracias a artículos mostrados y citados, a fuentes de organismos internacionales y nacionales y, obviamente, a la presencia registradora de la máquina que pone ante nuestros ojos un cambio esencial de nuestro tiempo.

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