Мальчик русский (A Russian Youth)

Alexander Zolotukhin (2019)

“Un ejemplo de entonación”

Alexander Zolotukhin aglutina el sonido, la imagen, en sus concepciones gastadas, contaminadas y nunca acabadas para hablar de la Historia, cuyas características son similares, con un renovado ánimo de superación. Desde los encuadres disonantes hasta las notas reinterpretadas, A Russian Youth (Malchik Russkiy) se sitúa como una de las películas más interesantes del cine reciente. No porque la produzca Aleksandr Sokurov, que es lo primero que se lee al aproximarse a la mayoría de reseñas y artículos, sino porque parte de una base que es una ruptura intrínseca en su propia forma y consigue expresarse de manera notable a partir de la misma.

Ya desde su inicio, con los primeros trazos de la personalidad del joven soldado Alexei dibujados, se marca una disyuntiva etérea entre el pasado y el presente. Una imagen granulada, ajada y tremendamente evocativa del cine del maestro Sokurov (quien ha sido la gran influencia estética de A Russian Youth) se abre como una ventana que nos transporta a un pasado reciente; la Primera Guerra Mundial o la Gran Guerra, como se la conocía en ese entonces. Esa imagen se erige como muestreo romántico de una época de destrucción en la que Alexei, demasiado joven e iluso, cambiará su entusiasmo belicista por otro tipo de enardecimiento… En su primera incursión en las trincheras, un ataque sorpresa de los alemanes obviará cualquier atisbo de orden glorioso para conformar un escenario de polvo y fuego. La pirotecnia anti-artificiosa de Zolotukhin, además de mostrar un uso del montaje que se asemeja a la magia, dará paso a un paisaje lleno de texturas neblinosas y vaporosas. Todo un paisaje que vibra al son de diversos elementos y que está originado por un gas venenoso, última arma en el ataque de los alemanes. Cubriéndolo todo, este gas conducirá a la visión desesperanzada e inútil de la defensa, a la derrota y también a la ceguera del joven Alexei.

El comienzo de A Russian Youth, por la parte visual, explica la rapidez con la que los sueños se esfuman. De manera objetiva, el infierno desatado en las trincheras debería bastar para amedrentar al joven ruso que se queda invidente tras su primer contacto con la guerra. Pero, para sorpresa de cualquiera, Alexei no encuentra impedimento alguno en su adquirida discapacidad para seguir formando parte del ejército. Al margen de su aspecto débil, amable y sencillo, la fortaleza y valor de Alexei residen en su interior; allí donde los ojos no pueden ver. Y como él pierde el sentido de la vista, buscará en sus otros sentidos la ayuda para continuar en el frente.

El oído va a ser el eje de su vida a partir de ahora, si no tenemos en cuenta el tacto, del que hablaremos luego. Mediante su audición, Alexei tomará un nuevo puesto que consistirá en escuchar los aviones con un espejo acústico (una especie de amplificador metálico gigante). Él ya no verá, el espectador sí. Pero, precisamente por seguir viendo, este último tendrá menos ventajas. La obra de Zolothukin se basa en una segunda narrativa paralela. Ya desde el mismísimo inicio, la historia de la guerra lejana se entremezcla con metraje documental contemporáneo de un ensayo de orquesta que interpreta el tercer concierto para piano de Sergei Rachmaninoff. Proponiendo una total disonancia visual y narrativa, pero con un sentido último acertadísimo, la música que suena sobre las imágenes del pasado se verá interpretada en un tiempo semejante. Aunando el ensayo de la orquesta con la incertidumbre de la guerra, nuevos vínculos más allá de lo visible empezarán a crearse.  Pues esto no va del sonido que acompaña a las imágenes, sino de todo lo contrario.

El compositor Sergei Rachmaninoff escribió el concierto en 1909 y, según los investigadores de su obra, su intuición previó las tragedias del siglo XX. La premonición que se da por el oído, la de Rachmaninoff y la de Alexei que escucha a los aviones llegar, pasará a ser crucial en el desarrollo artístico de A Russian Youth. Ya desde el comienzo se nos avecina, de forma atropellada y no menos extraña, la presencia de la orquesta que practica en un escenario sin público. Unas imágenes del siglo XXI, filmadas con una estética radicalmente opuesta a la del resto del film y que comprende algunos planos de rostros, manos e instrumentos musicales encadenados bruscamente con el metraje. Lejos de intentar disimular una disonancia estética total, Zolotukhin remarca estos “desvíos” en la trama principal, consiguiendo crear una conexión tan rara como esencial. Pues toda la película es una “visión” de la partitura de Rachmaninoff y a partir de la música debemos establecer su significado.

Pocas veces nos paramos a pensar actualmente lo extraño y a la vez impactante que resulta una elipsis. Pensemos en los dos famosos planos de 2001: A Space Odyssey (Stanely Kubrick, 1968), el del hueso en el aire y el de la estación espacial… Posiblemente, una de las elipsis más grandes de la historia del cine en términos de cómputo cuantitativo. O fijémonos en otra que no es temporal, sino material. La de Kummatty (Govindan Aravindan, 1979) en la que un niño se transforma en perro, al igual que otros se han transformado en diversos animales, tan solo cambiando de plano. “El poder del montaje”, que es lo que suele decir. Ese cambio sustancial que tan solo el cine puede obrar mediante la colocación de dos planos, uno detrás de otro. En A Russian Youth es el poder del montaje el que consigue formar la mueca en el rostro del espectador. Porque resulta inconcebible lo que sucede en esos cambios de plano que van desde el frente germano-ruso en 1916 a un presente tan cercano al nuestro. En palabras de los propios creadores: “la historia de un chico que perdió la vista debe ir acompañada de un sonido y una música especiales, que deben transmitir la energía, la era y el drama de esa época”. Es esa música “especial” la que, no por meramente acompañar a la imagen o por ser atractiva por sí misma, hace de A Russian Youth el film tan digno de admiración que debería ser.

Dos juventudes rusas entonces, la de Alexei y la de la banda de música entre la que destaca la figura del pianista. Un chaval no mayor que el joven soldado que sucumbe a un ataque de euforia musical al final de la cinta, cuando el clímax de ambas obras (la de Rachmaninoff y la de Zolotukhin) aparece y concatena saltos temporales a modo de planos entre los siglos. Una parte final que reverbera con el principio, pero donde la visión de la pantalla ha quedado también ciega, al igual que la visión de Alexei. Porque si algo es importante en A Russian Youth es el hecho de que, poco a poco, los márgenes del encuadre van ennegreciéndose, focalizando el campo en el centro como si de un ojo que pierde visión se tratase.

Añadiendo la visión de la realidad por medio de una tactilidad en la fotografía, también el sentido del tacto cobra importancia. Las imágenes de Zolotukhin parecen palpables. Su grano y su multiplicidad de texturas contrapone la planitud de su superficie a la dimensionalidad profunda del mundo que filma. Los paisajes, de forma cercana a los de Madre e hijo (Mat i syn) de Sokurov, se convierten en estampas carentes de profundidad donde los árboles bailan con el viento en un reclamo anti-perspectiva. De tal modo las distancias entre objetos se vuelven difusas porque para Alexei la realidad cambia totalmente. Ahora debe palpar con sus manos los rostros de sus camaradas para saber quienes son, tantear cada espacio a su alrededor antes de dar un paso y escudriñar los mandos del espejo acústico para girarlo y escuchar con detenimiento. Junto a sus oídos, sus manos son la segunda extensión de sus ojos. Y entre las penurias que la guerra aún le reserva, este niño que parece devenir anciano a cada momento seguirá intentando no ser una carga para los demás. Solo queda preguntarse ¿cuánto sirve la fortaleza individual frente a las dificultades del exterior? ¿Qué relación se establece entre el esfuerzo de Alexei y el del pianista al final de A Russian Youth?

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