Las manos en ‘In the Dusk’ de Sharunas Bartas (análisis, parte primera)

In the Dusk (Sutemose, 2019), la última obra de Sharunas Bartas, aunque lejos de la sensibilidad estética que marcó su estilo en la década de los 90, continúa en la línea de Frost (2017) o Indigène d’Eurasie (Eurazijos aborigenas, 2010). Digamos que el aumento de los diálogos (todavía nimios si los comparamos con el cine de cartelera habitual) en contraposición con la poética de la imagen silente conlleva a orientar la mirada hacia otros territorios. Por ello, centrándome en un elemento concreto de la película, decido olvidarme por el momento de la deriva que su cine ha tomado definitivamente hacia peores puertos.

Sobre la imagen sostenida en un tiempo marginado entre la quietud y la espera, el relato situado en la Lituania de 1948, la Lituania ocupada por el Ejército Soviético, se teje sobre largos planos fijos y el acecho de una oscuridad crepuscular que da paso al neblinoso amanecer y su blanquecino aire invernal. Entre los planos que más destacan, por lo raro de su composición y la forma y el lugar en el que aparecen, están los de las manos. Estos planos son extraños porque la película no cede al detalle y se mueve en un continuo intercambio paisaje/rostro y además aparecen en momentos clave de la narración, siendo cruciales porque avecinan un cambio en el devenir de los acontecimientos, dan pistas sobre futuras acciones o revelan uniones solo insinuadas mediante otros elementos audiovisuales.

Sin más dilación, procedamos pues a enumerar y a hablar de estos planos.

El primero de ellos muestra ambas manos de un soldado anónimo, perteneciente al grupo de los partisanos que ofrecen resistencia ante los comunistas. Está limpiando su fusil con un pañuelo, lo cual indica que, tanto él como sus hombres se preparan para recibir un ataque en cualquier momento. La alerta que los demás planos de las miradas y rostros asustados, cautos o inquietos de los milicianos muestran acompaña la dicha acción y da más sentido a ese sentimiento de incertidumbre que se palpa.

El segundo plano muestra la mano de Jurgis Pilauga, un ex-sirviente propietario de una granja al que los soviéticos tienen en el puto de mira debido a unos rumores que afirman la explotación de uno de sus trabajadores; Ignas. Tras hablar con su hijo adoptivo, Unte, y dar un golpe con la palma de su mano en la mesa —directamente sobre una fotografía de Stalin que aparece en un panfleto—, se reafirma su oposición al nuevo sistema organizado por los bolcheviques en el pueblo. Unos segundos después, se nos ofrece otro plano de su mano (esta vez la contraria) que juega con unas migajas de pan sobre la mesa mientras trata de embaucar a la ex-criada para que mienta acerca del caso y lo beneficie a él. Primero insinuando y después ordenando, Jurgis termina por arreglar una farsa para librarse del castigo de las autoridades, obligándola a comprometerse a mentir. Es interesante ver como los roles de poder dentro de la casa juegan a favor de Jurgis, quien mediante una violencia tan mínima como pueden ser el golpe o el acto de desmigajar hace notar su posición autoritaria. A pesar de la incursión comunista, las relaciones jerárquicas continúan en esa granja.

El tercero de los planos es el que muestra la mano de una madre que acaricia nerviosamente el hombro de su hijo asesinado por los partisanos. En una escena breve en la que se oyen sus sollozos y lamentos; su arrugada mano será lo último que veremos de ella, tras su rostro. La explicación de los hechos correrá a cargo de otra mujer que se encuentra en la casa (posiblemente su hija). La ausencia de la madre en el plano remarcará la presencia de su mano nerviosa, que es lo que se ha visto durante más tiempo y crea un vínculo con la cara del muerto.

Minutos después se presenta el cuarto plano, el que muestra las manos de Elena, la ex-señora de la casa ahora resignada a un nivel más mundano, menos noble. Tras la llegada a la casa de los partisanos, los cuales son recibidos por Jurgis, ella está en su habitación rezando un Padrenuestro y llorando en silencio mientras sostiene un colgante con la cruz en sus manos. Se aprecia en sus dedos como acaricia la parte inferior del crucifijo, tenuemente iluminado por la luz de una vela. Estamos ante una mujer pía, educada en el cristianismo y que, seguramente, no ha conocido nunca el trabajo físico ni tampoco la servidumbre. Ahora se ve renegad a ser “una más” mientras reza en silencio, al abrigo de una luz que parece que pronto se apagará. Ese acto subraya que nada volverá a ser como antes.

En la mesa, los partisanos se sientan con Jurgis y Unte mientras este último escudriña sus rostros en una serie de planos y contraplanos que funcionan a modo de preguntas y respuestas visuales. Dos planos detalle de las manos de uno de ellos se mostrarán untando pan en el caldo y después partiendo también un pedazo. Deacon, el hombre que les pone al día de la situación política de Europa ya que es el encargado de las comunicaciones por radio y quien establecerá rato después una relación muy fuerte con Unte, toma la palabra y Bartas recalca su importancia. Sus manos son las únicas que se muestran no uno, sino en dos planos.

Poco después, cuando los partisanos van a marcharse, la cámara enfoca al soldado que no ha entrado en la casa; el líder de la resistencia partisana. Tras intercambiar unas palabras con Jurgis, se estrecharán las manos en un plano detalle que demuestra la gratitud de uno y el compromiso del otro. Jurgis manifiesta su oposición a los invasores soviéticos en ese apretón de manos, posición política que se reforzará en la conversación que tendrán él y su “hijo” en la cual justificará, en cierta forma, el asesinato del joven que vio por la mañana. Como vemos, no hay personajes negros y blancos en In the Dusk y el echo de que Jurgis justifique unas injusticias para solventar otras define lo complejo de su personaje (cosa que irá en aumento). Ante la crítica a la cinta de Bartas sobre sus vagos planteamientos y redundantes personajes podemos mostrar este plano que la contradice.

De vuelta al campamento de los partisanos en el bosque, otro plano de unas manos anónimas aparece. Adentrándonos en la base por segunda vez y de la mano de una canción popular, veremos el lado apacible de una vida tan dura. Ese momento en el que la canción de uno de sus camaradas incita al soldado anónimo a deslizar una rama entre sus dedos es motivo de evasión, de sentimiento de tranquilidad. Sinónimo de que, dentro de la agonía de la batalla, hay momentos de calma que se retrotraen a lo profundo del corazón humano.

Continuará en una segunda parte.

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