We Are Without

SJ. Ramir (2020)

El último cortometraje del artista neozelandés SJ. Ramir supone otro vistazo a la realidad incógnita, oscura y evocativa que ha explorado a lo largo de toda su carrera. We Are Without es, junto a Closer (2012, Departure (2007) y Taupiri (2007), el film más corta de Ramir (3 minutos). Por eso, y dada mi gran admiración por su cine y su mirada decido hacer este análisis alternativo y profundizar en la película que ha ganado el premio “Fascinations” en el Ji.hlava IDFF.

Desde Man Alone (2006), No Place to Rest (2013) y Our Hands Are Empty (2014) Ramir no había puesto una imagen antes que un título. Al principio de su nuevo film hay un desierto, tal y como en las demás había otros reclamos que introducirían el título a modo de sentencia poética. El hecho de que We Are Without empiece con la imagen y el sonido que precede al nombre, al verbo, es sinónimo de que la relación conceptual viene, primero desde una idea física y después intelectual. Las dunas y el sonido se ven y oyen borrosos, con la estética neblinosa y de “baja calidad” que siempre aparece en el cine de Ramir para definir la realidad no realista.

Tras esta introducción a un paraje desolado y silente hay un fundido a negro y un cambio de plano sonoro. Se oyen unas campanas mientras la oscuridad llena la imagen. El sonido se acrecienta y decrece para dar paso a una nueva imagen ya clásica en el ideario del neozelandés: la silueta de una casa/estructura que con su potencia fotográfica reconduce a otros títulos sobrecogedores como In This Valley, My Heart Is Buried Deep… (2014) o In This Valley of Respite, My Las Breath… (2017) y nunca se desgasta. Ramir es un recolector de imágenes que se basa en la concreción de las mismas y en su destilación en pocos planos. Lo esencial de su cine se reduce a la espera del momento preciso para abandonar una imagen y llevar la atmósfera, poco a poco, a la oscuridad. Cada película se construye de unos cuantos planos con el poder suficiente como para subsistir por sí mismos y, obviamente, enlazar con los siguientes. La forma precede al fondo y la pulsión del tiempo se hace esencial para conseguir una estabilidad profunda en la duración. Al margen de la dinámica de un montaje, también muy presente, existe el poder de la forma como sendero que reúne motivos repetidos y se recrea en torno a ideas similares. Algunos lo podrán considerar poco innovador pero, al menos para mí, se trata de uno de los hitos del panorama audiovisual contemporáneo; alguien capaz de darnos siempre “lo mismo” y conseguir penetrar tan hondo en la realidad de los objetos más comunes.

Tras ver la silueta de la casa en un plano general se corta a un primer plano en el que la estructura se aprecia más de cerca y resulta mucho más imponente y atractiva. Este reclamo del cineasta reconduce a los pilares básicos de una sociedad o una civilización, algo que incita a entrar pero que, el ente-cámara-espectador rechaza siempre. La estructura se aprecia en dos dimensiones, como desechando todo lo que “sobra” de su realidad inmanente y destilando lo que importa; la figura plana y sólida por la que se percibe. Una geometría básica en un paraje gris se impone ante la figuración abstracta o un alzado detallado mientras la estética granulada conduce a la imagen a vibrar, a palpitar luz entre la oscuridad y a mantenerse dinámica dentro de un marco estático y apagado.

Tras esta escena hay un fundido a negro y el sonido se hace tenue. Un viento que susurra a lo lejos nos indica que ya no estamos en el mismo sitio, que el escenario ha cambiado. Nos hemos alejado del centro del vendaval y ahora la imagen de un campo se aborda en un movimiento lento de la cámara en mano que atraviesa el suelo con un rigor apesadumbrado y contemplativo. La tierra gris casi indistinguible de la hierba y demás terreno se mueve entre las sombras negrísimas en las que se destaca el blanco de pequeñas margaritas. Un vistazo al caminar sin caminante que finaliza “rápidamente” con otro fundido y nos lleva al silencio sepulcral. Ya no estamos fuera, sino dentro de algún lugar. Presumiblemente un espacio estructural construido por manos humanas, una casa tal vez. Un cobijo del raído y rasgado mundo donde la oscuridad es total pero, sin embargo, somos capaces de ver unas manos se acercan, a la negrura, partiendo del cuerpo del objetivo.. Las manos parecen las de un anciano, pero el filtro de la cámara de vídeo de Ramir puede inducir a error. Las arrugas de sus nudillos y las venas marcadas que parecen apreciarse en ambas manos bien pueden tratarse de efectos involuntarios de la granulada estética o de una ilusión creada por la textura del vídeo. Lo que sí está claro es que en su mano derecha hay una alianza y puede apreciarse otro anillo en el dedo anular de su mano izquierda… Las manos del hombre acarician algo no se sabe que es, pero que propone una lectura muy amplia en torno a lo invisible e inmaterial de la noche. Al no poder discernir lo que las manos tocan, da la impresión de que están palpando sueva y delicadamente el propio tejido de la oscuridad. La negrura del espacio que ha tomado forma y puede interactuar con la mano del hombre desde una invisibilidad entre magnífica y misteriosa.

Tras este gesto de belleza y profundidad extremas, la calma que acompaña a la acción se vuelve a convertir en negrura para dar paso al sonido de nuevo. Escuchamos el viento otr aves, susurrante y amenazador. Hemos salido o quizá él haya entrado. El silencio ha cesado, pues era necesario que nos fijásemos únicamente en la imagen para ver el acto de ternura invisible. Pero ahora, guiados también por los ruidos exteriores, vemos una parte de la faz del hombre. Un plano detalle del lado izquierdo de su cara que muestra las marcas del tiempo en su rostro, jugando con la sombra y la luz. Mientras el ojo permanece tapado por la oscuridad, la leve iluminación nos permite distinguir los principales elementos de la cara. Se reduce el espectro visible pero se acrecienta la profundidad de la propia imagen, al no desvelar del todo la expresión ni el carácter físico de ese hombre. Como también sucedía en el cine del genial Devin Horan, la carne se alumbra poco para que la imaginación complete las cavidades invisibles o simplemente oscurecidas.

Otro fundido, el más largo, nos prepara para el último plano que funciona a modo de presentación poética de lo acaecido. Una de las flores que antes veíamos, u otra distinta, ¿quién sabe? ¿acaso importa? se suspende en el aire, en el agua o en la oscuridad de un espacio indiscriminado. Sus trece pétalos blancos se van apagando uno a uno, como marcando el tiempo de un reloj o simplemente cayéndose sin caerse. Desapareciendo, pero no del todo, en la superficie oscura que acaba por hacerlos menos visibles. Cerca de lo traslúcido y cristalino, estos pétalos ahora muy tenues dejan a la flor con un aspecto aún más fantasmal. Como si fuera una sombra de su propia sombra sumida en un letargo profundo y arrebatador.

Las flores de Ramir; las de Tauripiri, Disquiet (2011) y, ahora, We Are Without siempre tendrán la capacidad de hacer ver lo invisible mediante su forma perfecta, natural, inimitable e inigualable. El movimiento del viento se puede ver en sus contornos mientras ellas, quietas, permanecen por la eternidad en un paisaje oscuro y revelador. Inquiriendo sobre la desesperación, el deambular y el sueño tal y como SJ. Ramir las filma junto a las demás figuras; anteponiendo la presencia al símbolo para crear significados mucho más interesantes.

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