Fragmentos en la vida de un músico

Pablo Chavarría Gutiérrez (2020)

Pablo Chavarría Gutiérrez regresa con una obra distinta. Distinta a todo, como acostumbra, pero también distinta a su manera de hacer cine experimental. Fragmentos en la vida de un músico sigue al músico, también experimental, Javier Frausto plasmando diferentes situaciones a modo de recodos metaficticios. Imitando la improvisación de Frausto en las formas, la obra de Chavarría reafirma que el cine se asemeja mucho más a la música que a la literatura. Y frente al cálculo de la sala de postproducción —donde la película se arma y adquiere una solidez increíble— se sitúa el devenir improvisado del proceso creativo.

El cine de Chavarría siempre ha sido original, incluso dentro de la cinematografía experimental. Siempre ha conseguido distanciarse de modelos imperantes o técnicas ya estandarizadas como el flickering o la sobreexposición lumínica. Sus películas cuentan con un elemento que escasea en los cines experimentales contemporáneos y que es crucial para comprender el devenir de la imagen en la era digital. Lo orgánico del cine de Chavarría y muy especialmente en este film se sitúa entre la maravillosa forma de sus obras y la radicalidad profundamente rítmica de su montaje. En Fragmentos en la vida de un músico hay una impresionante adecuación de la experimentación visual y narrativa que se desenvuelve con fluidez en torno a diferentes y variados ejercicios de montaje, lenguaje y mirada. Desde lo aparentemente trivial de algunas conversaciones hasta los juegos con el lenguaje clásico existe una perfecta conexión entre la forma y su transición, así como de la música y el ruido. En una determinada escena Javier explica que es más difícil comprender el ruido que el sonido y que, por lo tanto, también es más difícil generarlo adecuadamente.

Lo absurdo, lo ilógico y lo libre del proceso forman parte de Fragmentos en la vida de un músico tanto como sus rupturas de eje y sus cambios espaciotemporales imposibles (pero factibles dentro de la lógica del montaje). La cohesión formal que hilvana multitud de elementos sobre los que el cine se ha ido formando deviene brillante en cuanto desmonta la lógica audiovisual y se generan toda una serie de encuentros entre imágenes y sonidos (ruidos, música y diálogos, atendiendo al modelo eisenteiniano). Chavarría le debe mucho a Dziga Vertov ya que, en esencia, continúa de alguna forma su legado proponiendo nuevos retos en el formato digital —hay una clara referencia a El hombre de la cámara (Chelovek s kino-apparatom, 1929) cuando se propone filmar el interior de un vaso desde dentro— recuperando la potencia mágica del montaje. Primerísimos primeros planos de medio segundo que acercan las caras para acentuar sus expresiones casi imperceptibles, cambios de localización bruscos y derivas visuales que se alejan de una trama casi inexistente para recoger pensamientos, sensaciones o señalar hechos insignificantes que se vuelven enormes… Cartelas que aluden a una voz en off del cineasta-cámara y la desvirtuación de una narrativa que se centra en el instante en vez de en una historia o un entramado de ellas. El diseño de sonido de la película acompaña a la perfección el espíritu investigador y experimental que la obra posee y se acerca a una conexión profunda con los gestos y espasmos que surgen de la manipulación de los planos. Multitud de escenas inconexas pero fluidas, que tienen como punto de partida a Javier o a una gota de lluvia y que inciden en la capacidad de disgregarse incluso del motivo de la música experimental dan a Fragmentos en la vida de un músico una dimensión auténtica y novedosa.

La película muta a cada instante sin perder un ápice de su totalidad. Sin recurrir a la explicación de ningún acto o a la manifestación de su proceso (como hace por ejemplo Mariano Llinás en La flor (2018)) consigue ser y brillar. Para centrarse en como las gotas de lluvia parece que caen hacia arriba cuando en realidad la imagen puede estar invertida en el tiempo y después hacer de la pronunciación correctamente diferenciada de la “b” y la “v” algo esencial. Dejando a los sucesos suceder en el momento y arreglando en torno a ellos una especie de pequeña trama que se volatiliza cuando no da más de sí. “La vida, de repente” o la maestría de saber manejar lo casual. Observar y canalizar hasta el último detalle de una situación pasajera para después crear ritmo.

En un momento determinado de la película se da una conversación bastante cómica en la que un chico le pregunta a Javier sobre lo que supone trabajar con el “gran director Pablo Chavarría Gutiérrez”. La grandilocuencia y la ovación exagerada del individuo se mueve entre la sátira y la embriaguez hasta difuminar por completo el tejido mismo de la realidad de la conversación. Pero, ya sea consecuencia de una burla inocente a la fama o de la adulación exagerada, el inciso del chico esconde una gran verdad. Porque el cine de Chavarría no es nada sintético a pesar de ser digital. Lo orgánico de su obra responde a un conocimiento del medio con el que trabaja y se manifiesta mediante el arte del montaje que es el alma del cine. Frente a los calculados movimientos de cámara, los megapíxeles que funcionan como una operación de cirugía estética de la imagen, los efectos especiales que consiguen lo imposible sacrificando lo real y la aniquilación de la artesanía del montaje, tan solo quedan un puñado de devotos de la imagen en torno al cine digital. Pablo Chavarría Gutiérrez es uno de ellos sin duda.

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