Lúa vermella

Lois Patiño (2020)

Estrenada por primera vez con todo su elenco en el Festival Curtocircuíto, Lúa vermella, el segundo largometraje de Lois Patiño, supone tanto una evolución en su estilo como una revolución en el panorama del cine nacional. Pocas películas españolas han conseguido acercarse al tiempo mítico y a la auténtica magia como esta. Erice y Guerin parecían ser los únicos que, teniendo en cuenta la Historia del Cine, habían dado un paso más allá en el lenguaje y la forma para hacer de sus cines algo trascendental, evocador y, sobre todo, misterioso.

El misterio surge en Lúa vermella ya desde el principio, en el que unas cartas de navegación, ilustradas con todo tipo de criaturas marinas, dan paso a un contrapicado que muestra las aguas del océano. Desde la oscuridad hacia la luz, esa imagen se retrotrae a la de Sol Rojo (2018) mientras su falta de color la convierte en retrato de un mundo antiguo y no del todo discernible. A partir de ahí el film nos contará una historia de la misma manera que Costa da Morte (2013) lo hacía, pero dando más protagonismo al ser humano, mediante una narrativa pétrea y detenida en el tiempo. Las imágenes de personas paralizadas en los rincones del paisaje gallego, que se inspiran en “El Ángelus” de Millet, no se perciben como estatuas carentes de vida que permanecen parados en costas, casas y bosques, sino como espectros de su misma existencia. Cuerpos y almas detenidos porque el tiempo mítico-histórico así lo requiere. Como inmortales imágenes de una meditativa pulsión con el paisaje, estos aldeanos piensan y narran sus dudas sin articular movimiento alguno, pasando a ser palabra e imagen en una sola dimensión que se divide, a su vez, entre lo naturalista y lo antinaturalista.

Las meigas, la Santa Compaña, Finisterre, Costa da Morte… elementos y figuras de la tradición gallega que conversan con lo real y se manifiestan, con un sentido poético e inquietante de la “aparición”, son los ejes de la leyenda marítima que protagoniza “el Rubio”. Un hombre, marinero y buzo, que sacó más de cuarenta cadáveres del mar, que devendrá epicentro de Lúa vermella y tendrá un papel crucial en el futuro de su pueblo. Su relación con la muerte y su condición de intermediario entre el aquí y el allá lo harán parte esencial del relato en cuanto la luna roja se apodere del cielo… y también de la tierra. Junto a la imagen de la luna de sangre, una roca en forma de ola petrificada se alzará como culpable de todos los males que asolan el puerto y, a partir de ese momento en el que los muertos y los vivos serán indistinguibles, comenzará un abrasivo y contemplativo viaje hasta la presa, el vientre de la bestia.

El agua como inicio de la vida y final irremediable, el mar como dador y arrebatador de la misma. En este lugar los muertos no se marchan, se quedan reflejados en su imagen. Los espejos nos lo narran y las voces lo interpretan. Los habitantes, absortos en su deambular espiritual intentan comprender los designios del mar que, con su oleaje, se lleva los cuerpos de los seres más queridos. Al igual que sucede en Fajr (2017), donde el cuerpo físico puede convertirse en intangible halo lumínico mientras las arenas del desierto permanecen, en Lúa vermella ocurre un proceso similar. La luz roja junto con el poder devorador del mar reducen los cuerpos a pétreas formas en el paisaje. Como la roca en forma de ola y como las imágenes en las cartas de navegación… Como vemos, hay una unicidad simbólica y presencial que escapa a lo meramente interpretativo y hunde sus raíces en el cuento, la leyenda y el viaje entre mundos. El de la vida y el de la muerte, separados pero intrínsecamente unidos.

Influida por el cine de Peter Hutton, la obra de Patiño ha ido explorando el paisaje, el movimiento y la distancia hasta llegar a este punto de torsión. Ahora que su dinámica experimental se ha vuelto más estable —en términos narrativos— debemos apuntar hacia otras influencias. El cine de Jean-Marie Straub y Danièle Huillet y, por tanto, el de Pedro Costa y Eloy Enciso Cachafeiro suponen puntos de conexión muy acusados en la nueva película del gallego, así como la poesía mística y el pensamiento de Charles Baudelaire o Henri Bergson… Pero no es entre nombres conocidos entre los que debemos buscar sus mayores (y mejores) influencias, pues Lúa vermella tiene una relación bastante directa, en lo formal y espiritual, con otra gran película que utiliza el paisaje como modo de expresión y trascendencia. Sleep Has Her House de Scott Barley se siente como una clara inspiración en la nueva obra de Patiño, al menos, para este crítico. La similitud en la composición, así como en la puesta en escena de dos secuencias concretas, genera una interesante llamada al film del galés, que funciona también de respuesta y de eco. En la primera de ellas aparecen unos árboles de noche para fundirse con el cielo estrellado y volver a ser opacos, de forma similar a una escena repetida varias veces en el otro film. La segunda, la más obvia, es la de un torrente de agua que emana de forma fantasmal, con un efecto idéntico al de la escena de la catarata de la película de Barley, acompañada de un travelling vertical en lugar del lento y preciso zoom out de Sleep Has Her House.

Quizá me equivoque o quizá no pero, sea como fuere, hay una especie de diálogo entre ambas películas. Una oda y un reconocimiento de un autor genial a otro. Patiño, como Barley, consigue hacer de su imagen un cuadro reconocible e irrepetible, dinámico y quieto. Como la Santa Compaña, que surge de la nada mientras nos asomamos al mar rojo, su arte se siente como un desfile de ánimas que regresan a un lugar tranquilo entre el Mito y la Historia. Al fantástico mundo líquido y cósmico donde criaturas gigantescas pueden engullir realidades por completo. Jonás y la ballena, Leviatán inmortal, para simbolizar lo discernible y lo oculto. ¡Todavía hay misterio en el mundo!

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