Curtocircuíto 2020: Radar 6

La última tanda de películas de la sección “Radar” juega con la idea de ruptura de la cuarta pared y el futuro, técnico y artístico, del cine. Con tres títulos que suponen una revolución en la manera de producir películas experimentales, el Curtocircuíto finaliza parte de su sección oficial.

TESTFILM #1 (Teclosystems, 2020)

Las máquinas sustituyendo a las personas. Esta es la premisa del decepcionante documental experimental del grupo Telcosystems formado por Gideon Kiers, David Kiers y Lucas van der Velden. A diferencia de sus anteriores obras audiovisuales, TESTFILM #1 carece de esa artesanía digital generada por complejos sistemas de cifrado informático y también obedece a una premisa tan alarmante como falta de tacto. Desenfocada, formal y éticamente, la película obliga a cualquiera que la vea a posicionarse del lado en que Telcosystems lo hace. Sin dar tregua y sin miramientos, éste film-ultimátum habla tiránicamente el futuro del cine pretendiendo hacer una crítica del mismo pero cayendo en la didáctica y la explicación pormenorizada de un mal que parece útil. El “Digital Cinema Package”, Paquete Digital Para Cine o DCP se propone como única vía plausible para crear cine experimental al mismo tiempo que se cuestionan sus imágenes generadas artificialmente. Aunando soberbia y premonición, Telcosystems asegura que las máquinas serán los futuros proyeccionistas, editores e incluso directores de las películas del futuro cuando, muy lejos de esa frialdad, el cine experimental está recuperando esa humanidad que el comercial ha perdido. No se trata de entender las máquinas como medios para el arte, sino como elementos a merced de él.

TESTFILM #1 empieza y termina con uno de los miembros del grupo dando una palmada a modo de claqueta, como intentando recrear el comienzo de un rodaje. Es cierto que la gesta organizada por Telcosystems es necesaria hoy en día, pero, a riesgo de sacrificar su lado creativo (lo cual hacen), crean un film tan impactante como horrible. Las animaciones generadas a partir de ordenadores no son sino la sombra de lo que el ser humano es capaz de hacer con ellas y parece que ni ellos mismos son capaces de demostrarlo con hechos. Los planos del film no se sostienen, carecen de la fuerza suficiente para sostener una crítica interesantísima que se queda en propuesta fallida La nada se manifiesta en esas pantallas, en esos cables, en esos monitores como augurio de una imagen sin vida, sin alma,, al igual que la totalidad de la obra que se supone, está en contra de eso.

Laguna Negra (Felipe Esparza Pérez, 2020)

En este increíble ejercicio de estilo, que une la experimentación con la forma y la tradición peruana, Felipe Esparza nos brinda una mirada a la religión y al mito, a la familia y a la soledad. Sus planos recuerdan a los de Pablo Chavarria Gutiérrez mientras el modo en que ejecuta la narrativa se asemeja al de un Reygadas no pretencioso. La manera en la que Esparza se acerca al hombre y a la naturaleza, a su unión con Dios y al ritual, sugiere mucho más de lo que aparenta en su minimalista puesta en escena. Hay un sentido muy misterioso y revelador en su composición. Los planos no temen temblar o reencuadrarse para acercarse mejor a lo que registran sin perder su naturaleza casi introspectiva y a la vez tan lejana, casi documentada. Laguna Negra es un raro ejemplo de cine peruano que, en su acercamiento a las festividades y rituales, prescinde del exotismo y la visión paternalista para acercarse, casi pegarse, al entramado de lo cotidiano. A la identidad de una comunidad religiosa desde la distancia suficiente (ya sea milimétrica o kilométrica).

En Laguna Negra se nos interpela directamente. El curandero nos sana y nos da fortuna con cada toque de su campana. En el río, unas niñas se lavan el pelo, despreocupadas de los asuntos elevados de aquel hombre mientras sus cabellos, que aún tienen algo de jabón, nos piden ayuda para aclararlos. La relación imagen-espectador se acentúa hasta formar un vínculo casi mágico, que no precisa de 3D ni tonterías parecidas para compartir la experiencia. La niebla, el viento en las montañas, la música del sanador… podrían parecer crípticas y simbólicas imágenes en manos de otro, pero no aquí. La obra de Esparza se acerca mucho más a una forma sencilla de mostrar lo intangible, lo incólume y lo espiritual.

Sun Dog (Dorian Nour Jespers, 2020)

Sun Dog, la obra de graduación del joven director Dorian Nour Jespers, es una de las experiencias audiovisuales más temerarias y bellas que ha dado el Festival. “Otra forma de mostrar traerá otra forma de pensar” decía Dominique Noguez y Jespers parece corroborarlo.

Sun Dog es un apoteósico ejercicio de puesta en escena; rompedor y absolutamente absorbente. Su propuesta de filmar lo real camuflándolo con un traslucido y frío formato ovalado (parecido al “ojo de pez”) que se registra con un dron, de forma que no haya límite alguno a las distancias capturadas por la cámara, se subyuga al tratamiento difuminado y totalmente sokuroviano de cada plano secuencia. Un paseo en una noche, la noche más larga del mundo, en la localidad “sin nombre” de Murmansk, en el ártico ruso, se convierte en escenario de un viaje común que deviene impresionante. Fedor es un cerrajero que deambula en la oscuridad y la nieve, atravesando los espacios (meta)físicos y acompañado por una cámara flotante a la que, de vez en cuando, mira, interpela e incluso dirige con órdenes. Cliente tras cliente, vaga por los callejones de una ciudad que parece hecho por animación digital. Sus sueños se cuelan entre su vista, creando una atmósfera entre el sueño y la vigilia. En Sun Dog se establece un vínculo extraño e increíble entre la cámara flotante y el protagonista, quien lleva el símbolo de una llave en su chaqueta. Fedor se dedica a abrir las puertas, no solo de sus vecinos, sino de un mundo nuevo. Uno en el que todo está hecho para “nosotros”, como anuncia una chica directamente ante la cámara.

El cine es una creación personal, de alguien para otro alguien. Una conversación 1que se mantiene tensa al igual que la imagen de Jespers. En el plano final de Sun Dog, el cine trasciende y dos soles brillan en el firmamento. “Dos de ellos, habéis tenido suerte” dice Fedor mientras suena “Winter” de Sergey Kuryokhin. Un tema viejo y nuevo, misterioso y bello, incomprensible y trascendente que nunca va a estar ni pasará de moda, al igual que la película del joven Dorian Nour Jespers.

Nuevas formas tecnológicas traerán nuevas propuestas fílmicas. De entre todas las de esta sección, y me atrevo a decir, de toda la sección oficial, la de Jespers es la que más se acerca a un futuro fantástico ahora plausible. Uno en el que se unen avances y costumbres y que, recordando a Aleksandr Sokurov, permite seguir creyendo en la evolución del cine sin necesidad de revolución. Entre los bancos de niebla y las situaciones en que se ven los personajes, los giros imposibles de la cámara y una estética que se confunde con la pintura o con la animación, Sun Dog se alza para decirnos que su mundo es nuestro. Que el juego infinito de miradas que es el cine siempre lo será.

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