Curtocircuíto 2020: Explora 2

La abstracción que, en su progresiva exposición al movimiento se vuelve algo más o menos concreto, es el tema de la segunda parrilla de la sección “Explora” en este Curtocircuíto. Contando con obras de autores importantísimos en el panorama audiovisual experimental contemporáneo, como Takashi Makino o Rainer Kohlberger y de una película multipremiada como es Apiyemiyekî?, de Ana Vaz, la sección de hoy cuenta con propuestas versátiles y visionarias al igual que con autores ya consolidados y conocidos en el circuito festivalero.

Collapsing Mies (Claudia Larcher, 2020)

Cuesta creer que el nuevo trabajo de Claudia Larcher se valga únicamente de dos fotografías para desarrollarse por completo. Pues la sensación que se crea mediante su unión y solapado llevaría a afirmar que hay varios espacios tridimensionales de no ser por las aclaraciones extracinematográficas de la artista. En Collapsing Mies, una idea simple y concreta se aborda con simpleza y concreción. Sin explayarse demasiado, la autora va directamente al grano prescindiendo de miramientos y de superfluo discurso. La mezcla de esas dos imágenes, de esas líneas que dan la sensación de profundidad, se genera, poco a poco, para conseguir un efecto óptico que da la falsa sensación de tridimensionalidad. En su forma, la película recuerda al arte hiperrealista de Richard Estes que esconde en su trazo pequeñas señales de un mundo no-realista que se suele reflejar en los cristales y en los metales. Y, como la disciplina que hace de la pintura casi una fotografía, a su vez se retrotrae al más banal de los ideales: conseguir la perfección.

En Collapsing Mies el movimiento es artífice de su propia concepción. Las imágenes se superponen para acabar siendo escenarios de sí mismas, sin caer en la cuenta de que el proceso se repite y termina por parecer completamente inútil. Un ejercicio que contiene un gran interés discursivo pero que carece de una forma realmente artística. Lo que ahora se denomina “arte conceptual” y que en muchas ocasiones es solo un objeto que, sin texto, no dice nada por sí solo. El film tiene más de experimento formal que de verdadero arte experimental y, en su curiosa composición, termina por no dejar huella alguna. Todo lo contrario de lo que sucede con la nueva película del austriaco Rainer Kohlberger, uno de los cineastas experimentales contemporáneos más notables y relevantes en Europa.

Mediante escenas de películas de catástrofes editadas para que los movimientos se asocien con puntos de luces intermitentes, Kohlberger nos habla del fatídico destino del cine hollywoodiense y su parafernalia apocaliptico-destructora. Un síntoma del miedo y la paranoia de Estados Unidos que comenzó mucho antes de los atentados del 11-S. There must be some kind of way out of here logra resplandecer, como casi todos los films del austriaco, gracias a su uso del sistema de procesamiento de datos con el que consigue dar la sensación de tridimensionalidad a partir de figuras bidimensionales (círculos). Siguiendo la estela de Keep that Dream Burning (2017), Kohlberger continúa trabajando con found footage de películas de catástrofes americanas. Entre los miles y miles de puntos que se mueven sin parar pueden apreciarse imágenes de inundaciones, derrumbamientos y explosiones. Un auténtico cataclismo que no se ve del todo bien pero que está ahí y se percibe, por el subconsciente quizá. Las imágenes se forman en nuestra cabeza mientras que, en realidad, únicamente son los puntos los que existen. Como en una ilusión óptica asombrosamente potente, la película juega con las formas repetidas y su secuencia informática para hablar del caos de la cultura posmoderna. El capitalismo vende y destruye, el cine de Hollywood destruye y vende. Miles de películas mostraban, antes del año 2001, a la Casa Blanca, el Empire State, el Pentágono o la Estatua de la Libertad siendo destruidos, arrasados de arriba abajo… Y después llegó el 11-S como una traslación fatídica de la ficción al mundo real. La gente lloró y las escenas de las posteriores películas de catástrofes dejaron de mostrar la destrucción de iconos patrios, sin perjuicio de seguir “aniquilando” masas ingentes de personas. Tsunamis, terremotos, meteoritos y bombas siguen a la orden del día en el cine comercial americano y películas como las de Rainer Kohlberger (en la forma), junto con los documentales de Adam Curtis (en el fondo), pueden suponer una luz en la oscuridad. Una ráfaga de violenta y dolorosa luz que precisa de su potencia agresiva para despertar conciencias.

Ther must be some kind of way out of here (Rainer Kohlberger, 2020)

Por su parte, y alejándose de la abstracción formal, Ana Vaz construye un relato de reivindicación y justicia en el que apela directamente a los indígenas brasileños oprimidos mediante los dibujos de sus hijos. Apiyemiyekî? es, a pesar de su excesiva didáctica, una obra original y singularmente apreciable desde un punto de vista arqueológico. El tratamiento del dolor y del genocidio del pueblo Waimiri-Atroari se hace utilizando finas superposiciones de imágenes que tienen un sentido político tremendo y dibujos de niños que, en su pura inocencia, plasmaron el testimonio definitivo del terrible evento.

El sonido en Apiyemiyekî? avanza un cambio, un sustancial y gigantesco cambio traído por el hombre blanco y sus máquinas. La civilización occidental aterriza en los bosques amazónicos para construir la autopista, la misma por la que viaja Vaz con su cámara. Un sendero que se levanta sobre dos mil cadáveres de nativos: hombres, mujeres y niños. La relación imagen-palabra también se explora desde una perspectiva interesante, siempre tratando de no tergiversar ni manipular los dibujos o el léxico pero optando por explicar el suceso de manera tajante al final. Con una liviana edición, que funciona a la perfección con el sentido de la obra, Vaz consigue llegar a la raíz de un problema olvidado, haciendo del mensaje un soporte histórico y renovando la condición del cine étnico-político a la vez.

Apiyemiyekî? (Ana Vaz, 2019)

Finalmente, Untitled, la última obra de Takashi Makino, ilumina con su habitual forma expresiva este panorama audiovisual tan abstracto y novedoso. Makino sigue explorando los límites del arte audiovisual mientras su estilo se mantiene intacto. Sus tormentas, sus corrientes, sus ventiscas y vendavales, sus galaxias y constelaciones suponen hoy en día auténticos ejemplos de intenso y brillante arte experimental basado en la repetición de las formas y el flickering. Una esperanza dentro del turbio mar de cines que utilizan las mismas técnicas con resultados repetitivos, poco originales y formalmente desastrosos.

Con Untitled, Makino compone otra obra visualmente arrebatadora dotada de la fuerza de un huracán de finas capas de imagen digital. El sonido, materia pendiente del director, resulta aquí algo asombrosamente acorde a lo que se muestra. Su decisión de dejar de colaborar con Jim O’Rourke ha sido muy acertada. Lawrence English, quien ya había colaborado con el japonés, dota al vídeo de una cualidad atmosférica que no se siente disonante, lo cual supone un cambio radical a mejor. En esta nueva obra, Makino también es capaz de explorar elementos que rara vez se podían apreciar en sus películas, tales como el texto hablado. Unas líneas de monólogo, de Esperanza Collado, se recitan entre el sonido disgregado y acumulado, haciendo difícil comprenderlas. Y es que la simple presencia de la voz humana ya es un elemento bastante profundo y de peso en Untitled, aunque solo sea por el hecho de la (increíble) novedad. El viaje que se da en el film, primero astral y después terrenal —siguiendo el modus operandi makiniano— se completa con la vuelta a los cielos y la contemplación de las finas nubes en un cielo gris. Todo en el film se convierte en progresivo, imparable y absorbente paisaje del movimiento que perdura en la memoria y supone una experiencia muy elevada, de esas que tan solo Makino puede generar a partir de sus imágenes del mundo invisible.

Untitled (Takashi Makino, 2020)

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