Curtocircuíto 2020: Radar 5

La quinta selección de la sección “Radar” de este Curtocircuíto versa sobre el género, una de las cuestiones que más han dado que hablar en el panorama sociopolítico recientemente y que, en el terreno artístico, no se queda atrás (para bien o para mal).

I am afraid to forget your face (Sameh Alaa, 2020)

La propuesta arranca de una manera increíblemente poderosa de la mano de un film tan bello como I am afraid to forget your face. Adam ha estado ochenta y dos días separado de su amada por motivos desconocidos pero fácilmente adivinables. En el Egipto musulmán hay tradiciones que escapan a lo racional, que, si se quiere, apealan a un sentido espiritual que requiere del dogma para sostenerse a través del tiempo. Una de ellas prohíbe que Adam y su querida se vean y, aunque todavía se comunican mediante mensajes, para el joven no es suficiente. En una serie de planos fijos, pacientes y perfectamente dispuestos, veremos como busca entre las ropas del cesto de la colada y como, finalmente, coge una prenda negra de una cuerda de tender. Adam se disfrazará de mujer, con un niqab que tan solo deja ver sus ojos e irá a ver al amor de su vida. No volveremos a ver su rostro. Al menos, no hasta el final.

I am afraid to forget your face es un film sobre la importancia de la mirada y del rostro. De la mirada como parte esencial de una cara que te permite ver y ser visto. De contemplar la belleza. Dos planos secuencia muestran al joven adentrarse y salir de la casa en que su amor, por desgracia, yace muerta y envuelta en unas sábanas que tan solo dejan su rostro al descubierto. Sameh Alaa propone un calmado y trabajado proceso de reconocimiento y de sentimientos no-mostrados, debido a que no hay lágrimas que ver. Su sentido espiritual del silencio que acompaña el lamento y el pesar del corazón del joven se acompañan perfectamente con la puesta en escena que otorga a los planos fijos una importancia sepulcral de los espacios cerrados e íntimos mientras encierra al protagonista en el exterior mediante los dos planos secuencia.

Uno de los planos del film evoca directamente a Dreyer y su Ordet, pero sin resurrección posible, con lágrimas ocultas que mojaran un rostro inexistente, invisible. La película de Alaa se sitúa entre un tipo de cine que trata la espiritualidad sin dejar de criticar la institución y el dogma. Como muchas otras antes, pero con una renovada noción del pulso y de la importancia del lenguaje cinematográfico (ese salto de eje final), se atreve a desafiar las leyes sagradas sin pecar de blasfemo, infiel o pagano. Consiguiendo que su poder resida en su forma y en lo que tan brillantemente narra sin palabras. La imagen todopoderosa emerge para apelar a nuestra alma, para denotar la pena y la injusticia. Para hacernos ver lo que un rostro puede esconder y mostrar de forma tan clara y austera.

Dustin (Naïla Guiguet, 2020)

De la contemplación y la tensión que ofrecía la maravillosa cinta anterior pasamos a zambullirno en el extravagante e hipersexualizado mundo de los “afterhours” homosexuales. En Dustin, un transexual del mismo nombre que tiene una relación muy complicada con su novio comenzará a darse cuenta de que éste tiene clara su orientación sexual y duda de su relación. Dustin cada vez se parece más a una mujer en apariencia y gesto, lo cual supone un problema para el chico que, además de inmaduro es drogadicto. En la cinta se explora la relación de poder que existe entre ambos, con el aliciente poco original de mostrar a transexuales de fiesta o drogados. Al parecer, Naïla Guiguet decide continuar una larga tradición cinematográfica que aúna lo más caótico y estereotipado de ese estilo de vida y por ello hace uso de las drogas, el baile, el exceso y el delirio para dar paso a una delicadeza que se acerca al intimismo más repugnante y paternalista.

Aún así, la explicitud de la cuestión de género tiene su punto de interés en cuanto un camello pregunta: ¿pero sois tíos o tías? De un modo amable y para salir de dudas (no tanto en cuanto a la realidad biológica sino en cuando a la tendencia dominante hoy en día de contentar minorías), el sujeto interpela a Dustin y su colega travestido sin desprecio, insulto o señales de asco u odio. Al terminar de ver la película, tras varias escenas gratuitas y sorprendentemente convencionales, se da a entender que la verdadera naturaleza de los pronombres de género es la de agradar a esas personas perdidas en su cuerpo para integrarlas de alguna forma en una sociedad que las repele. Ante tamaña muestra de debilidad sería también preciso recordar los peligros de ser demasiado amable, que pueden acarrear contradicción y generar todavía más odio hacia ciertas personas. La película de Guiguet no ayuda a cambiar nada porque se contenta con la falsa amabilidad y la promesa de un mañana mejor resultante del desfase y la liberación de la libido que puede funcionar, tan solo en adolescentes.

In the Air Tonight (Andrew Norman Wilson, 2020)

En este falso homenaje al grupo Genesis, Andrew Norman Wilson cuenta una historia tan alocada como intrincada que hace del lenguaje del videoclip y el anuncio algo tremendamente original a pesar de su manufacturado montaje. Para acercarse a la imagen descuadrada de la fama y la muerte, el artista audiovisual descompone todos sus planos en fragmentos de sí mismos. Elementos filmados con una luz antinatural, fotografiados con filtros y efectos que se utilizan en comerciales y vídeos promocionales aparecen como piezas de un pedante y aburrido ejercicio narrativo que, en su juego, puede dar más de una satisfacción. In the Air Tonight es un trabajo que experimenta con las formas y tropieza pocas veces en su paródico camino. Desde el abordaje de las imágenes partiendo de conceptos televisivos y series policiales “sofisticadas” hasta la visión de una pantalla en negro durante los ocho minutos que dura el tema “The Colony of Slippermen” de Genesis, surge un movimiento nacido de la necesidad. Un movimiento que juega con lo visualmente sexual y lo portentoso del lenguaje corrupto y atrayente de la televisión y que exagera hasta la extenuación su pretenciosidad. Un chiste, si se quiere… pero uno bueno.

Quatorze ans (Barbara Carlotti, 2020)

La última película de la sección es otra que bebe, de forma menos directa, de la obra de Mandico. Y es que este cineasta parece estar creando escuela y haciendo un daño tremendo al mismo tiempo. Quatorze ans se manifiesta como el paradigma de lo feo y de lo estilizado; una historia musical que termina en orgía fantástico-plastificada y reutiliza motivos trillados con un nuevo fin de belleza ingenua e infantil. En ella, tres jóvenes chicas se van de fiesta mientras cantan sus conocimientos sobre el submundo discotequero de los ochenta. En su inocente coreografía dana entender que conocen a lo que se enfrentan y que su objetivo es bailar, bailar y bailar… por lo menos hasta que salga el sol.

En esta obra, la música se enlaza de manera un tanto aburrida con los hechos, mientras se da una evolución hacia territorios psicotrópicos. La droga (de nuevo) es la chispa que enciende el motor sexual y condena la obra, no solo por su difusa y muy criticable posición moral, sino también por su edición aberrante y aparatosa que invita a reflexionar acerca de lo (in)necesario de cada corte prescindible y de los objetivos que esconde su fondo. A veces parece que el film dice una cosa y luego, automáticamente se contradice; parece que hace una crítica de un tema, para después situar todos sus elementos en contra de esa crítica…. Nada queda claro desde el punto de vista formal ni tampoco conceptual. El uso aberrantemente obvio del simbolismo en el tercer acto se une con la fantasía desagradable de un Mandico precario mientras los fundidos alucinatorios se suceden hasta el tedio. La forma de esta película se sitúa entre lo kitsch y lo amablemente sensual, haciendo notar una fuerte inclinación por la no-intervención y el rechazo al posicionamiento. El “todo vale” llevado a la práctica en forma de tedioso e idealista relato nocturno, en el que una chica de catorce años es seducida por un veinteañero puesto de coca.

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