Curtocircuíto 2020: Explora 1

Look Down Below (Ben Rivers, 2020)

En la sección “Explora”, una de las cuatro a competición en este Curtocircuíto 2020, existen diversos films que se complementan unos a otros. Ya sea mediante la forma que poseen o por un parentesco temático, películas como las que aquí se muestran tienen la facultad de dialogar entre ellas para mayor deleite del pensador fílmico. Películas como Look Down Below de Ben Rivers y Da morte nace a vida de Adrián Canoura o Mikä aika on? de Niina Suominen y Aquamarine de Billy Roisz y Dieter Kovacic pueden solaparse para idear nuevos reflejos más allá de sus propias imágenes e incluso de sus propios sonidos.

Con la habilidad narrativa de un chamán y la capacidad de recrear la realidad a partir de lo digital, el cineasta británico Ben Rivers crea en Look Down Below un viaje astral a las profundidades de una Tierra. Una, que es la nuestra en esencia pero que no lo es en presencia, pues los colores procesados y la animación por ordenador se hibridan con el realismo natural de las piedras y el agua para dotar al manto terrestre de un aura extraterrestre. Desde el mar psicodélico hasta las cavernas lumínicas encontramos por doquier signos de vida más allá de la vegetal. Una voz nos narra una serie de eventos mientras avanzamos entre las estructuras cavernosas y las grietas que palpitan líquido fosforescente. Es un tiempo futuro y antiguo a la vez, lo que Jóhann Jóhannsson exploraba este mismo año en su Last and First Men, pero en forma de verdadero arte experimental que se aleja del monumentalismo estilístico y se extiende sin concesiones al espectador por el imaginario vivo del videoarte. El formato digital, que alcanza una especie de trascendencia en la contemplación de lo luminoso, en lo camaleónico de lo sólido, hace que la película evoque manifestaciones semihumanas en una escalofriante danza que los fusiona con el paisaje cargado de vapor e intermitencias.

Algo muy similar a esta manifestación entre humo, intermitencia y oscuridad sucede en Da morte nace a vida, el film del lucense Adrián Canoura. Pero aquí no hay búsqueda del espíritu perdido en las cavernas, sino abrasión hechizante bajo la influencia de la luna llena. En una especie de psicodelia fantasmagórica que enlaza un rito lunar de la película de Alfredo García Pinal y Carlos A. López Piñeiro, Urxa (1989), la cual sucumbe a la manipulación física de sus imágenes, Da morte nace a vida evoluciona gracias al poder generado por la decoloración, mixtura y solapado de una misma imagen. Entre el viaje errático y atrapante de cualquier película de Jordan Belson y la conjura que evoca el cine de Kenneth Anger, Canoura fija la imagen de una luna misteriosa e impávida que coordina y coarta el destino de quienes la observan. El blanco y negro se cambia por el color incandescente y abrasivo para mostrar el negativo original de una imagen ahora mutada, violada y profanada. Un auténtico experimento de un experimento que reúne motivos visuales y sonoros dispares como el canto abakua ralentizado o el footage de una película olvidada.

Da morte nace a vida (Adrián Canoura, 2019)

El horror y la herida física que puede producir el cine se abarcan en las dos siguientes películas: Mikä aika on? y AQUAMARINE. Ambas películas comprenden una imagen abstracta pero reconocible en determinados momentos y se guían por motivos sonoros inquietantes y chirriantes. En la primera, el concepto de tiempo se explora mediante la abstracción y la concreción de imágenes que aparecen desligadas de su contexto se manifiestan como símbolos de un tiempo incierto y desconocido. La directora, Niina Suominen, utiliza el reclamo sonoro para dotar al maremágnum visual de una estabilidad progresiva, haciendo de la experiencia algo con sentido dentro de su anarquía casi absoluta. Las pocas imágenes intercaladas que muestran a personas en situación de guerra y muerte y otras de niños sugieren la relación directa entre el nacimiento y la muerte. Temas que se conectan mediante las imágenes de figuras que forman líneas horizontales y verticales, dando a entender una ligación por una especie de “hilo(s) de la vida”. La concepción cartesiana del tiempo se mezcla con la asociación difusa y libre de conceptos que, propuestos de la manera en que Suominen lo hace, devienen terroríficos e inquietantes. Además, la naturaleza híbrida (en 16mm y video) del film supone un aliciente para apreciar su orgánica composición.

De composición, también orgánica, quebrada e inestable en su estabilidad, la película de Billy Roisz y Dieter Kovacic, AQUAMARINE, genera una degradación de sí misma mediante el juego de capas sólidas y líquidas. En el mismo plano fijo de un mar en calma, que abre y cierra la obra a modo de contención de una tormenta electrizante, se pueden apreciar dos estilos diferentes de mostrar el agua. El primero es la intermitencia adecuada a la música del oleaje que, sin verse alterado, consigue mostrarse como precursor lo que está por venir. El segundo es el solapado y fundido de imágenes de rocas y minerales (sobre todo de berilo, que es de color aguamarina) sobre la misma imagen que la convierten en un caos esquizofrénico que se deforma y regenera a medida que la música lo permite. La obra se vale del tema musical del mismo nombre compuesto por el grupo MOPCUT para guiar su agitado viaje por los distintos mares embravecidos y electrificados digitalmente. El terror generado por la música de la banda se adhiere y controla las imágenes del mar en su apogeo. Quebradas, retraídas, pixeladas, enfrentadas y maltrechas suponen golpes de impacto que asustan y enervan, llevando a un nivel diferente el movimiento de las mareas que muchos cineastas experimentales han explorado últimamente.

AQUAMARINE (Billy Roisz & Dieter Kovacic, 2019)

Existe en la película un ánimo profundamente instintivo de alinear la imagen con los sentimientos generados por la música, así como de intentar proyectar los cambios de ritmo en su cuerpo. Utilizando técnicas de pixelado que recuerdan al absorbente y visionario cine de Jacques Perconte, AQUAMARINE resulta ser un interesante cuadro marítimo lleno de violencia.

El ultimo par de obras que se muestran en la primera sesión de la sección “Explora” son homenajes sentidos, devocionales y delicados a las figuras de Barbara Hammer y Margaret Tait, cineastas clave de la vanguardia de los setenta y los ochenta. Lynne Sachs y Luke Fowler se encargan, cada uno en su estilo, de devolver a la vida a las dos mujeres mediante su pasado registrado en imágenes. En A Month of Single Frames, Sachs utiliza material grabado por Hammer en una residencia artística que hizo en los años noventa. Aunando la palabra, la letra y la imagen, recrea momentos de una vida dedicada a la contemplación y al contacto con su cuerpo y sus adentros. Como escribí el pasado Festival Punto de Vista, es una lástima que Sachs no alcanzase la poética somática que Hammer poseía, dotando al material registrado por esta de un interesante pero intrascendente sentido documental. No es el caso de Fowler, quien sí penetra de lleno en el anima de Tait en su Houses (for Margaret). Su forma de acercarse pequeños escenarios de su vida y obra, a las casas donde vivió y a las localizaciones donde filmó. Huyendo de la palabra hablada y recreando el aura de su cine, Fowler sabe concordar las imágenes-recuerdo con los textos de Tait y fundir en un solo plano parte de su estilo y parte del tributo a su memoria. Sus transiciones son como el velo de una tela, de inusitada belleza y cotidiana estampa que esconden una curiosa y dubitativa visión de las formas del mundo e intentan redescubrirlas mediante el arte del montaje.

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