Curtocircuíto 2020: Radar 3

How to Disappear (Leonhard Müllner, Robin Klengel & Michael Stumpf, 2020)

Dentro del cine de animación existe el machinima que se refiere al género que crea animaciones en vídeo usando el motor de un videojuego y reciclando sus recursos. No hay demasiados cineastas que se adentren en su espacio y mucho menos que lo hagan de una forma tan directa, abrumadora y militante como Leonhard Müllner, Robin Klengel y Michael Stumpf en How to Disappear. Sin miedo de citar sus fuentes y de generar un amplio discurso político (que conllevará su consecuente y necesario debate) en torno a los mecanismos y fines de un videojuego como el Battlefield V, los directores optan por hacer de su film un auténtico manifiesto en pro del pacifismo y la deserción en un juego de guerra. Deserción que, por otra parte, es “físicamente” imposible de llevar a cabo en el mismo juego.

Lo que hace de How to Disappear una obra tanto increíble como estúpida es la integración de la narración en el espacio de la visión. Lo bueno de ella es que no solo acompaña a la imagen la mayoría del tiempo, deteniéndose en momentos clave y advirtiendo sobre secuencias incomprensibles para alguien que no está familiarizado con los videojuegos en línea, sino que, además, se nutre de la imagen para lograr calar hondo en las ideas del espectador. Y, precisamente ahí es donde está el problema. No, desde luego, en la propuesta discursiva de la obra sino en como la da a conocer: haciendo uso de un lenguaje apto para la realidad (y eso es lo que se rescata en el aspecto global) pero inútil para un juego en el que no hay víctimas reales ni tampoco nadie está obligado a jugarlo. La idea de How to Disappear funciona de manera excelente en cuanto nos sumergimos en la “realidad” del Battlefield y nos damos cuenta de que no podemos escapar del campo de batalla, librarnos de nuestras armas o negarnos a liquidar al enemigo, pero se agota con rapidez en cuanto se compara con un caso de guerra real.

A diferencia de Peggy Ahwesh, cuyos machinimas conllevan una reflexión equiparable al mundo real mediante imágenes ROM, Müllner, Klengel y Stumpf cogen el desarrollo del juego y lo trasladan al territorio del nacionalsocialismo, el ejército norteamericano y la Legión francesa en un interesante, pero demasiado volátil panfleto pro desarme virtual (!). Es cierto que la película busca, en su captación de los paisajes del juego y la demostración de los actos “irrealizables”, hablar del propio caos y el peligro que conlleva la exposición prolongada a un videojuego como el Battlefield para después asimilar esas situaciones con lo real de un conflicto bélico; criticar cómo el juego está ideado para hacer de la guerra un divertimento sin consecuencias en el plano real y además emprender contra el capitalismo que alimenta el consumismo y la adicción y elabora también planes que desarrollan conductas violentas, salvajes y nacionalistas (hay una escena en la que se demuestra que es imposible destruir una bandera en el juego).

El trabajo de los tres artistas supone un aliciente al desarme total, digital o no, de gran calado por su uso del found footage del Battlefield V que muestra lo más (in)humano del mismo. Los rostros de los avatares, secos, serios, que parecen tener la mirada de las mil millas, se encuadran en primeros planos terroríficos mientras los paisajes muestran lo lejano que está el escape, el idílico océano inalcanzable. Los movimientos maquinales de los soldados virtuales y sus cabriolas, su comportamiento errático y casi animal se posiciona en las antípodas de, por ejemplo, el film Cafard de Jan Bultheel, y conforma escenarios tan verosímiles como horrendos.

A chuva acalanta a dor (Leonardo Mouramateus, 2020)

De escenarios (horrendos) versa A chuva acalanta a dor una película que bebe del dionisiaco néctar de la Roma más insulsa y de los desvaríos filosóficos de Titus Lucretius Carus, o Lucrecio, como se le conoce en el mundo de la filosofía. Leonardo Mouramateus se basa en el libro “Lucrecio: Poeta” del escritor Marcel Schwob para establecer una comparación entre la antigüedad y el presente.

La mezcla de espacios se supedita a la presencia de los cuerpos y a los diálogos que suspiran o chillan para terminar dibujando unos cuantos cuadros en claroscuro o naturalistas que están en constante disonancia con los personajes que los habitan. La puesta en escena del director deviene atentado formal en cuanto los actores se revuelcan en el excentricismo y sensualidad barata de sus personajes mientras la constitución de sus imágenes se hace cada vez menos acorde con el modo de interpretación de los mismos. La hiperestilización de los planos fijos que intentan conseguir una estabilidad pictórica sugiere un antinaturalismo demasiado obvio y además en contra de la manera de actuar del elenco. Pues su naturalismo convierte todo el esfuerzo puesto en la imagen en broma formal y sarcástico poema no intencionado. Todo lo contrario a lo que Pedro Costa o Rita Azevedo Gomes consiguen con el plano fijo puede verse en este continuo carnaval de secuencias espantosas que conducen a la exasperación. Entre la marea de cánticos new age a la naturaleza, el libertinaje más vacuo y pegajoso y una relación interracial insulsa, A chuva acalanta a dor se corona como una obra inorgánica que, en su desnudez, propone una pretenciosa y reiterativa reflexión sobre la condición humana.

Jiíbie (Laura Huertas Millán, 2019)

Por suerte, Jiíbie, la obra de Laura Huertas Millán que tuve la oportunidad de ver por primera vez en el pasado Festival Punto de Vista consigue llegar a esa unión casi perfecta entre fondo y forma que tantos frutos da. La leyenda desenfocada de la hoja de coca, de la verdadera coca y no el sucedáneo edulcorado con tiza, harina o gasolina (en palabras de la propia obra) se aborda del modo más puro y sugerente posible: con la intrusión de la cámara en un espacio tan personal como es la boca cuando se habla, las manos cuando e trabaja o los ojos cuando se lee. Entre verdes y rojos, plantas y fuego, Huertas se adentra con respeto y sumo cuidado en un terreno desconocido para sacar algo de su sabiduría oculta al exterior; para fijar su mirada en detalles tan nimios como importantes.

Volver a ver Jiíbie en el Curtocircuíto es un verdadero deleite. La pequeña gran obra de Huertas que trata lo acaecido con el talento y el cuidado necesarios para no desvirtuar el movimiento ni la luz de lo que graba se acerca a una visión casi sacra de un proceso artesanal. Una odisea sensorial que antepone la fisicidad y espiritualidad del trabajo a la inanición del polvo, convirtiendo la materia prima y el producto elaborado en lo mismo. Subrayando que es imposible desligar la práctica de su tierra y enfocando los rostros, las hojas y las páginas como si se tratasen del más puro de los silencios, Huertas profundiza en un rito ancestral para que podamos escuchar como la planta se hace Jiíbie o Mambe mientras cae la noche.

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