Valency and Variations (Xcèntric 2020)

Hunter (Scott Barley, 2015)

Desde hace un año se avecinaba en el CCCB un encuentro entre los cineastas del colectivo Obscuritads formado por Scott Barley, Mikel Guillén y Sebastián Wiedemann. Cuando Scott Barley visitó el centro por segunda vez como parte del proyecto OVNI, en el que habló de su manera de filmar y proyectó su único largometraje hasta la fecha, pudimos echar un vistazo a la naturaleza cambiante pero intrínseca de su obra y acercarnos también a sus colaboraciones. En 2015 Barley y Mikel Guillén finalizaron su obra titulada The Sadness of the Trees, una película dividida en dos partes compuestas por cada cineasta, que evocaba, mediante diferentes estilos pero similares esencias, la tristeza de los habitantes más ancianos de la Tierra. Hoy, cinco años después y con un virus intratable a escala mundial, el colectivo ha hecho su primera incursión en las salas subterráneas del auditorio del CCCB de la mano del curador y representante del colectivo, Miquel Escudero Diéguez y el cineasta radicado en Canadá, Mikel Guillén. La ausencia física de Barley y Wiedemann ha sido una pequeña brecha en la presentación de la obra de Obscuritads que, afortunadamente, ha sido restaurada en espíritu por el alma y el movimiento de los films proyectados. En cada una de las seis películas que se han mostrado esta tarde habitaba un pedazo del alma de los ausentes, así como su huella personal e intransferible.

Es necesario remarcar que, siendo un grupo formado por tres cineastas que usan la oscuridad como medio de comunicación, las dos películas de Wiedemann: Obatala Film y Los (De)pendientes, difieren bastante de las propuestas de Barley y Guillén sin perjuicio de ser menospreciadas. Bajo mi punto de vista, el alegato sociopolítico de estos films los situaría en una liga diferente del contemplativo, espiritual y evocador mundo de los otros dos artistas. Además, la forma de las mismas, que resulta completamente físico-humana y agitada, muy semejante a un cine etnológico mezclado con la dinámica del cine experimental latinoamericano (Malena Szlam, Narcisa Hirsch, Los Ingrávidos…) puede conllevar un más que justificado extrañamiento. Sea como fuere, las diferencias existentes entre todos los cineastas del colectivo pueden apreciarse en la forma de las mismas y, sobre todo en el estilo. Es por esto que la magnífica labor de Escudero, el curador del evento, escogiendo el orden en que las películas debían proyectarse merece cierto reconocimiento.

Mütter (Mikel Guillén, 2015)

La proyección comenzó con Mütter de Mikel Guillén, seguida por Hunter de Barley, Obatala y Los (De)pendientes de Wiedemann, Atonal de Guillén y finalizaba con Womb de Barley, componiendo así una experiencia parecida al oleaje del mar; donde la calma precede a la tempestad y al final las olas tranquilas se mecen al anochecer… En la obra de Guillén podemos encontrar una relación directa entre la noche y el mar, el sentimiento que surge de la soledad y el desespero que conlleva en según qué ocasiones. Mütter y Atonal funcionan como proyectos audiovisuales perfectamente sincronizados con la forma del sonido y la guía y evasión que este genera en torno a la narración. Por supuesto, se considera al cine experimental pariente cercano del no-narrativo, pero en el cine de Guillén (como en el de Barley) hay una especie, no de historia, sino de progresión poética que puede anclarse al imaginario de una narrativa exclusivamente musical y conceptual. En sus dos films, el sonido opera como verdadero narrador y propone sentir antes que pensar, presenciar antes que contar. Por ello, su imagen deviene quieta e insondable durante largo tiempo mientras que en la banda de sonido no cesan de suceder eventos. Tanto en Mütter como en Atonal la impresión o la catarsis viene dada, no por un cambio brusco en la imagen ni tampoco por un bombástico efecto de sonido, sino justo por lo contrario: el silencio sepulcral. Mikel Guillén podría definirse como un creador de silencios, un generador de ausencias que atrae la atención de una manera misteriosa y bella en determinados momentos. El silencio en la obra de Guillén nos dice mucho más de lo que una palabra o un sonido cualquiera podrían y ese, entre otros, es uno de los temas que hace de Obscuritads algo único. En la entrevista a Scott Barley llegamos a la conclusión de que el propósito de su cine era el hacer visible lo invisible. Con Guillén, siguiendo esta estela, el propósito sería hacer audible lo inaudible.

Dentro de la oscuridad, una muy diferente pero igualmente inspiradora, las obras de Sebastián Wiedemann se articulan mediante la recopilación de material (ajeno o propio) para hacer una reivindicación por medio del movimiento y el sonido diegético que deviene extradiegético. Reivindicación de la cultura y el rito del pueblo yoruba en Obatala Film y de la dignidad y el trabajo justo en la Argentina de los setenta en Los (De)pendientes. A partir de material encontrado y de secuencias filmadas por él mismo, Wiedemann propone una visión cercana a la marxista con tintes anticolonialistas que bebe y evoca al cine de Fernando E. Solanas, Marcelo Céspedes o Raymundo Gleyzer y que, además, configura una sintonía rítmica precisa y agitada de imagen y sonido. En Los (De)pendientes puede verse found footage de películas argentinas críticas y revolucionarias desde 1956 hasta 2006 que se conjugan para crear (de nuevo) un manifiesto político que reivindica trabajo, dignidad y justicia; una premisa que se pregunta el devenir histórico del hombre al mismo tiempo que cita al “pueblo” hasta saciarse. Obatala Film, sin embargo, resulta bastante más refrescante en su manera de exponer ideas sociales por el hecho de registrar y procesar imágenes del pueblo yoruba que sugieren y no apedrean directamente al intelecto. Al parecer, Wiedemann trabajó con celuloide para luego digitalizar la cinta y así dotar al material de una dimensión extrañamente atractiva. En Obatala Film podemos ver los nervios de los fotogramas previos y posteriores al principal mientras la piel y los rostros del pueblo yoruba se solapan con las texturas del bosque.

Obatala Film (Sebastián Wiedemann, 2019)

Scott Barley, último eslabón de una corta cadena de verdaderos artistas del cinematógrafo como Jean Epstein, Robert Bresson, Béla Tarr o Philippe Grandrieux, trae desde la distancia de su repentino confinamiento en Gales la reciente remasterización de dos de sus obras más poderosas: Hunter y Womb. ¿Qué decir que no haya dicho ya sobre el cine de este hombre solitario, que viaja solo a las montañas de noche para filmar con su iPhone maravillosos parajes del sueño y de la muerte? No puedo añadir mucho más a la obra ni al texto, así que seré breve. El hecho de poder revisitar dos de las películas más visionarias y estimulantes de la década, dos de los films que más se adentran en lo cosmológico y lo eterno, haciendo que te pierdas en su forma y su oscuridad es algo que trasciende lo corporal para bucear en el territorio del alma y también en el abismo de lo insondable. La sala del auditorio vibraba al son de las melodías penetrantes y místicas de Hunter mientras en su imagen se veían destellos de luz en un agua negra, negrísima. Las colinas calladas y las estrellas que aparecían y desaparecían entre el arrullo del río recreaban el eco de los tiempos que ahora ya no puede oírse. La espiritualidad emanada de una corriente invisible, que enlaza con el cielo y a su vez desciende entre los márgenes de una pantalla-ventana, podía evocar al verdadero Misterio. Las pisadas tranquilas de un caballo que piafa para después relinchar antes si quiera de poder verlo, condicionado a aparecer justo después, muerto, al lado de un reflejo celeste en las aguas mientras las luces arbóreas de un cielo más allá del real brillan con fulgor y pausado reposo… Todo eso y más, mucho más bajo la atenta mirada de la oscuridad y la mínima incursión de una mano humana que intenta alcanzar algo inalcanzable.

El viaje del descubrimiento, el impulso continuo de plantear preguntas en lugar de contestarlas. El vacío que se llena de algo invisible pero hermoso. Los cuerpos inmóviles de Womb, la matriz espacial, el agujero que se abre entre las estrellas y te obliga a mirar dentro. Había una pasión y una verdad en las imágenes de Barley esa tarde, como un halo que huía de la banal interpretación y se configuraba heredero de la Forma. “De día investigamos, pero de noche creemos” decía Henry James Slack, y yo vuelvo a repetir: Scott Barley no hace cine a partir de la luz, sino a pesar de ella.

Womb (Scott Barley, 2017)

Films

Mütter, Mikel Guillén, 2015, 8 min; Hunter, Scott Barley, 2015, 14 min; Obatala Film, Sebastián Wiedemann, 2019, 7 min; Los (De)pendientes, Sebastián Wiedemann, 2016, 23 min; Atonal, Mikel Guillén, 2019, 16 min; Womb, Scott Barley, 2017, 16 min

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