Ruine

Mathilde Philippon-Aginski & François Darrasse (2019)

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El comienzo de Ruine muestra el polvo y la bruma de una noche perdida en el Tiempo. Las ruinas de una catedral —lugar sagrado, ahora silencioso— se levantan imponentes ante la vista cansada de un objetivo melancólico. El aspecto de la imagen es gris, apesadumbrado y no menos misterioso. En su tenue sombra se oculta una belleza capaz de imitar a la cortina de un sueño invernal que, por momentos, recuerda al imaginario de Aleksandr Sokurov. De entre los muros que se tornan oscuros en sus cavidades más lejanas aparece una mujer que está desorientada y busca algo que la obliga a abandonar la catedral y adentrarse en las calles vacías y muertas de una ciudad arrasada.

Mathilde Philippon-Aginski y François Darrasse crean, en esta obra sobre el Holocausto, una delicada historia sobre el pasado, la memoria y la muerte. La mujer que vemos durante toda la película se debate entre el recuerdo bienaventurado de su vida anterior y la cruda actualidad consecuencia de una masacre, dos tiempos que se suceden mediante el recuerdo adquirido al caminar por los lugares que han formado parte de su vida. Mezclando técnicas de acción real y animación para diferenciar estos dos tiempos, convirtiéndolos en dos materias diferentes, los directores generan un viaje desde el misterio hasta los hechos que deviene revelación desgarradora para la protagonista. En su silencio, su búsqueda se mantiene al margen de la explicación narrada mediante palabras y tiende a mostrar —a veces de manera demasiado obvia— una serie de capítulos anteriores a su estado actual deambulatorio. Al margen del despliegue artístico que, sin duda, Ruine posee, Philippon-Aginski y Darrasse parecen no confiar del todo en su Forma y se encenegan utilizando de manera recurrente y algo tópica los flashbacks. Estos recursos, aunque disciernen cualquier atisbo de duda sobre el metraje y la historia, dejan cada vez menos a la imaginación y terminan por ofrecer una visión demasiado cartesiana sobre ese misterio que se presentaba al principio.

En su deambular por la ciudad en ruinas, la mujer irá obteniendo descubriendo la huella del pasado, el ataque nazi y la toma de prisioneros, así como el asesinato de inocentes, que la llevarán al sufrimiento agónico. La animación se utiliza para representar la vida antes del ataque nazi y, posteriormente, para ilustrar lo irrepresentable. El dolor de la pérdida y la amenaza del asesinato indiscriminado (hombres, mujeres y niños) nos retrotrae a las imágenes fantasmales que pueblan el film. La penumbra y el polvo del aire intentan conseguir mediante artificios lo que al principio se creaba solo: el sentimiento de solitud, de desasosiego y desesperanza. La mayor pega que se le puede poner a Ruine es quizá su uso de la música demasiado aventurado y reiterativo que termina por resultar estridente. La necesidad incesante por transmitir uno u otro estado de ánimo y así conseguir provocar una emoción concreta en el espectador se opone completamente a la sensibilidad estética que desprende el film. Las imágenes, que ya ofrecen por sí solas ese “algo” diferente tan necesario en el cine actual —sobre todo en el terreno de la animación—, se manifiestan como cuadros en continuo movimiento cuyas sombras parecen tener vida propia al vibrar con cada movimiento o mutar debido a la tenue iluminación.

Ruine tiene mucho que ofrecer, pero termina dando menos de lo que en realidad podría. Sus elementos más originales y destacables se ven lastrados por otros más convencionales y trillados, pero aun así supone un gran descubrimiento dentro del panorama de la animación europea que parece estar resurgiendo poco a poco. Es necesario destacar la belleza de las imágenes de Ruine que conllevan a pensar en una textura poco trabajada en la animación: los bocetos a carboncillo y lápiz mezclados con imágenes reales filtradas para que se asemejen a un lienzo sombreado. En la línea de Aleksandr Petrov o Ryszard Czekala, maestros que tenían una sensibilidad pictórica muy concreta, los artistas que dan vida a Ruine utilizan el régimen del dibujo junto al onirismo del vapor y las sombras. Los trazos se diferencian y el movimiento se hace palpable a los ojos, optando por mostrar en vez de por ocultar el proceso de creación.

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