Present.Perfect.

Shengze Zhu (2019)

Present.Perfect. | IFFR

Robert J. Flaherty revolucionó en 1922 el concepto de documental con su largometraje Nanook of the North. Una de las novedades que introdujo este magnífico acercamiento al pueblo Inuit fue el de hacer a Nanook y su familia partícipes activos de cara al film, destacando el uso de ruptura espaciotemporal debido a que los personajes miraban directamente a cámara. Hoy, casi cien años después, la directora china Shengze Zhu regresa de alguna manera a ese concepto original convirtiendo más de ochocientas horas de streaming en dos de película. Si bien es cierto que su proyecto ve la luz con un trasfondo bastante menor al que después genera por sí solo, Present.Perfect consigue ser una radiografía terrorífica de la sociedad China y casi mundial que es inevitable mirar con cierto pavor autoconsciente —en este tiempo, donde la China sin tradición y prostituida debido al capitalismo que avanza rápido para crear una sociedad que ni Aldous Huxley hubiera imaginado y que opera como un espejo de Occidente, no podemos ignorar que lo que allí sucede no tardará en llegar—.

Varios vídeos de personas, denominadas “anfitriones” en la red, que ocupan casi la totalidad de sus vidas a emitir en directo, a interactuar con otra gente (espectadores) sin más objetivo que el de no aburrirse, se enlazan en este film documental. La directora quería investigar los nuevos tipos de relaciones sociales que se establecen a través del territorio virtual, mostrando imágenes ajenas que muestran a unos cuantos sujetos marginados; cuatro de ellos con taras físicas, que no pueden o no quieren relacionarse cara a cara en el exterior. Shengze afirma en varias entrevistas que la oportunidad que ofrece internet es ideal para ellos y quería averiguar más sobre este tipo de eventos. Podría decirse que su película llega a cotas mucho más altas que ese tipo de planteamiento, más o menos buenista, que subyace en las palabras de la realizadora y yo, personalmente, me inclino a creer que es intencionado, pero no, quizá, al nivel en que se despliega.

Vivimos en una sociedad totalmente alienada, consecuencia directa de los pasos agigantados a los que avanza la tecnología. Debido a una pérdida del rumbo establecido antes de la Ilustración, y posteriormente, la Revolución Industrial, Occidente ha ido inventando nuevos estilos de vida al tiempo que el ser humano no maduraba lo suficiente como para hacerles frente. Internet supuso un antes y un después en la manera de hacer casi todo, y la comunicación, que ahora es más fácil entender como in-comunicación, va por derroteros demasiado oscuros como para pensar en un futuro agradable. En Present.Perfect, las personas se sientan, caminan, trabajan e incluso, van al baño, con el móvil en la mano, grabando absolutamente todo lo que les sucede. “Interactuando” con sus espectadores como si de un show se tratase mientras dejan de prestar atención a lo que les rodea. La pantalla, o la cámara de sus aparatos les absorbe en una nube tan engañosa como hermética y terminan creyendo verdaderamente que se están relacionando cuando solamente se exhiben, responden preguntas aleatorias y documentan sus vidas para disfrute de otros. No está muy de moda decir cosas como esta, pero, a mi juicio, el hecho de emitir en directo cuando tú no ves absolutamente a nadie —es algo levemente distinto chatear por videollamada porque por lo menos ves y escuchas a otra persona, obviando el hecho de que la vista y el oído son solo dos de los sentidos que activamos al establecer una relación real— escapa tanto del concepto entendible como “interacción” que se reduce a un tipo de soledad tan horroroso como la falsa esperanza de creer que no lo es. ¿Acaso no da la impresión de que los protagonistas de Present?Perfect están todavía más solos cuándo los vemos hablar mirando a la nada? ¿No resulta irónico que nos miren directamente y notemos, sin embargo, que no nos miran? El problema, creo yo, de que millones de personas, en China o en España, retransmitan sus vidas en directo, es que tienen un miedo terrible a la soledad. Tal es este miedo que, debido a soluciones fáciles, se busca desesperadamente una escapatoria, un entretenimiento, que los haga olvidar su problema real. Esto conlleva a que se cree un vacío que, por otra parte, se representa posteriormente en sus streamings y genere una dependencia absolutamente desesperada que los hace recurrir a un placebo social.

No solamente viendo las imágenes de la película se puede llegar a esta conclusión. En varias escenas, un par de personas hablan sobre ese sentimiento de soledad, reconociendo que esta nueva “herramienta” los ayuda a mantenerse ocupados. “Cuanto más ocupado estás menos tiempo tienes para pensar en tus problemas” o, directamente, para pensar a secas y así se crea este círculo vicioso que gira a revoluciones exageradas para acabar engulléndose e implosionando, al igual que el chico que se graba en la calle bailando. Entre quejidos y algún tímido llanto explica la situación de los que lo ven día a día haciendo chorradas por tener un poco de atención y sentirse “especial”. Dice que, si bailase bien, nadie lo vería, que lo que les hace estar pegados al monitor del ordenador es, precisamente, su ridículo baile y él se alegra por ello. Su misión, dice, es divertir y compartir su vida con los demás, en un intento desesperado por crearse un círculo al que pueda llamar suyo. Círculo ficticio pero que de alguna manera, se manifiesta por medio de likes y otras interacciones a golpe de click. Los internautas se habían mofado de él con anterioridad por su palpable falta de sentido del ridículo y él se lo toma muy a pecho llegando a afectarle emocionalmente. Los extremos a los que se llega no dejan de ser increíbles a la vez que tristes. Gente a la que se no conoce de nada —independientemente de que sean unos aguafiestas o sinceramente critiquen la manera de bailar del chico—, personas que solo existen por su pseudónimo en el sitio de streaming, que están, seguramente, tan aburridas como él y se dedican a criticar su espectáculo provocan el derrumbe del chaval debido a su interiorización dañina e incorrecta de considerar a esos extraños como personas afines por el simple hecho de que deciden “verlo”. El egoísmo patente y la debilidad tanto mental como emocional y espiritual de la mayoría de personas del film denota, por una parte, que esa soledad a la que temen se hace cada vez más grande y, por otra, que se vuelven más volubles a la voluntad de una masa que, por ende, es estúpida e incluso mezquina… A las preguntas más frecuentes que hacen los “espectadores” me remito: “¿Tienes novio?”, preguntan los usuarios a una atractiva chica que se graba mientras trabaja en un taller como si fuera una máquina, demostrando que la soledad no solo afecta a los que emiten, sino también a los que consumen las horas de material en directo. Otros preguntan “¿eres enano?” a otro “anfitrión” que sufre síndrome de Highlander —su cuerpo no madura, y teniendo treinta años, parece un niño— mientras este explica varias veces lo que le sucede con una sonrisa bobalicona en la cara. Aparte del miedo a estar solo, surgen otros problemas como la pérdida total de la intimidad por razones obvias. Y esta pérdida conlleva inevitablemente a cosificar a las personas, a verlas como objetos que pueden hacer lo que les pidas por una cantidad de dinero virtual (!) —de ahí que la mayoría de sitios en streaming de internet sean pornográficos—. Obviamente, esto genera beneficios a ciertas empresas o particulares y se alimenta el desarrollo de tales prácticas —en cierto modo, la directora muestra aspectos “positivos” del streaming en vivo, pero, viendo y pensando la película en su totalidad, se puede afirmar que le sale el tiro por la culata— para acabar normalizando algo que resulta horripilante.

El film de Shengze Zhu es un más que esencial documento acerca de lo que está sucediendo hoy en día y merece la pena “caer” en su espiral pesadillesca —lo queramos o no, en la sala de cine o en el salón, nosotros también somos espectadores de estos “anfitriones”— para repensar la situación a la que se ha llegado con la “colectivización de los medios”, que no hace otra cosa que individualizar aún más al ser humano y alejarlo, no solo de sus congéneres, sino de sí mismos.

Captura de pantalla (46)

—Creo que todo el mundo debería ser una máquina. Creo que todo el mundo debería gustarle a todo el mundo.

—Lo que vende es el éxito.

—En el futuro, todo el mundo será famoso durante quince minutos.

¿Quién iba a decir que Andy Warhol sería un vidente?

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