Now, at Last! (Festival Punto de Vista 2020)

Ben Rivers (2018)

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Una de las mejores obras de este Festival Punto de Vista de 2020 consta de diez planos en los que un perezoso se observa, tejiendo un entramado temporal que hacía mucha falta en la sección oficial del festival.

Now, at Last! es una película que, más allá de narrar lo inenarrable, reta al espectador a enfrentarse no solo a ella sino a sí mismo, pues el simple hecho de observar “algo” es ya demasiado pedir. En nuestra modernísima e infernalmente acelerada sociedad, la contemplación cinematográfica de cualquier cosa que permanezca estática durante más de un minuto es extenuante y no tarda en generar bostezos. ¿Es la inquietud o el aburrimiento lo que hace que algunos espectadores no paren de mirar el reloj, recolocar sus traseros o soplar de manera agresiva?

¿Qué se está viendo? Un documento de la naturaleza de una animal que retrata sus movimientos diarios, ajeno a que un tiempo y un film dependen de lo que haga. También una serie de inmersivas escenas que, si se está dispuesto a dejarse atrapar, generan algo parecido a pequeñas revelaciones. Viendo, en uno de los largos planos, la cara del revés del perezoso, parece como si su boca se tornara derecha, dando forma a otro ¿animal? y jugando con la perspectiva del ojo. En otro de los planos, la inmovilidad total del cuerpo del susodicho genera una rara estabilidad en el plano que termina por parecer demasiado extraño… Al observar tanto tiempo un objeto, este comienza a moverse sin que lo haga, pasando del plano —en sentido dimensional— de la imagen a otro más irreal. Un plano figurado en el que la banalidad de lo observado deviene el punto de partida para generar otra visión sobre lo que acaece. El perezoso se convierte en un patrón casi icónico al ser nosotros víctimas de un Tiempo demasiado presente, demasiado real. No hay cabida para las historias en el cine de Rivers, prevalecen los gestos y, si no fuese por las notas de humor que desprende el mediometraje, la experiencia podría llegar a ser impresionante.

Ben Rivers trabaja con la imagen en blanco y negro en casi la totalidad de la obra e introduce dos incisos musicales en los que el tema pop Oh My Love, My Darling se compenetra con la imagen híbrida entre realidad y haz luminoso de color (también pop). Chiste dirán algunos. El que conozca la obra del británico sabrá que su concepto del tiempo y su contemplación casi hipnótica se compaginan con un claro deseo de propiciar una experiencia absorbente, terminando por situarse en la fina línea entre el arte conceptual y la belleza del instante.

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