The Secret Garden

Phil Solomon (1988)

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Apuntes para iluminar el fututro:

La luz atrapada en su más artesanal difusión. Los retazos de la imagen de la película El mago de Oz (The Wizard of Oz, Victor Fleming, 1939) son alquemizados y galvanizados por un Phil Solomon al que guía la visión más pulcra y ominosa para con su trabajo. La película obtenida mediante la radiación de imágenes homónimas, las cuales integran hasta el subtítulo —haciendo de la experiencia una revisión mágica y magistral de un concepto—. Narrando una historia que va más allá de la palabra incrustada en la imagen y que suscita a replantearse un cine muy concreto. Lo abstracto y lo concreto se dan la mano en este ejemplo de cine experimental que llega a cotas tan subliminales como despiertas, obligando al ojo a concentrarse sobre incontables ráfagas de luz. El silencio del film aumenta la atención visual mientras los estratos se suceden en una lluvia constante de brillo hasta que el concepto mismo de luz se vuelve materia viviente. Solomon consigue trascender lo que comenzó como un acercamiento a la vida en What’s Out Tonight Is Lost (1983) y posteriormente en Remains to Be Seen (1989), antes de dar el salto al digital en el nuevo siglo con piezas como Rehearsals for Retirement o Last Days in a Lonely Place (ambas de 2007) y demostrar que es un artista del montaje (del corte, en palabras de Scott Barley) además de un alquimista.

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Su dominio no conoce un límite más allá de la propia finitud del material con el que trabaja. The Secret Garden es movimiento, luz atrapada que deviene libre y materia mutante e inmanente. Anterior al francés Patrick Bokanowski, el cineasta que pone en cuestión el cine narrativo de la forma más radical y brillante, Phil Solomon ofrece un ejercicio autoconsciente de ramificación visual. Con este film, el mundo creado por el americano toma nuevos horizontes más allá de la palabra, como avecinábamos antes. Usando las mismas palabras que se dicen en la película original, pero en vez de pronunciadas, estampadas en forma de subtítulo-imagen, sintetizando su significación y su forma en un baile visual que deviene táctil, de forma cercana al cine-de-agua de Val del Omar. Como herencia indirecta de Stan Brakhage, con el que colaboraría posteriormente, Solomon utiliza la luz abstraída, pero superando su acción repetitiva para convertirla en materia del espíritu y llegar más allá de un ejercicio visceralmente atractivo. Lo fascinante de la película es su ritmo, su montaje, que narra sin narrar, que fluctúa por los torrentes de imágenes prestadas para alcanzar un origen y un final propios. El paso de la niñez a ser adulto, por los caminos únicos de una imagen muda que parece oírse. Los tintineos de los árboles re-registrados que parecen multiplicarse y no tener forma concreta y las palabras usadas como parte esencial del film, hacen audible el vídeo, a través de elementos más allá de la pantalla. Se podría hablar de una sinestesia arcaica que obedece puramente al sentimiento del hombre y a su relación con la imagen en su pureza más sencilla. La forma impera y después viene todo lo demás.

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