Zimsko sunce

Pilar Palomero (2017)

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Los planos de Zimsko Sunce son en parte luz tenue, en parte oscuridad opaca. Como si se estuviera espiando la escena, la cámara permanece semioculta tras una columna, una pared o el marco de una puerta. Dedo y Nana, dos ancianos que viven en la ciudad —concretamente en la casa de su hija—, soportan como pueden el estar lejos de su hogar: el campo y el bosque.

Pilar Palomero, bajo la tutoría de Béla Tarr en su escuela de Sarajevo, teje en este mediometraje un bordado de frialdad y estancamiento, donde la soledad más dolorosa (el aislamiento) se manifiesta en forma de personajes que apenas se mueven por los escenarios urbanos. Los ancianos saben que, por la incertidumbre que genera la enfermedad de Nana, deben quedarse en la ciudad y, sintiendo ser una carga para su hija al mismo tiempo que no se ubican entre las altas estructuras de cemento, su aire melancólico de abatimiento manifiesta sus emociones mejor que cualquier forma de actuación ficticia. Las pocas palabras que se dicen bastan para remarcar los pensamientos y sentimientos que se profesan y que terminan por hacerlos regresar al pasado en un momento deambulatorio. Pero Palomero también escribe en esta película una carta de amor, tanto conyugal como a la tierra y tradición del pasado. Los momentos en los que la pareja se encuentra desubicada son también los que proyectan la unión tan fuerte que poseen y el amor tan férreo que se profesan. Prescindiendo de manidos clichés, la cineasta capta, mediante pequeños momentos y gestos, la devoción que se tienen el uno al otro aun estando avocados a separar sus caminos.

En Zimsko Sunce, la muerte no se proclama, sino que se susurra. En la naturaleza contemplativa del film está la clave para aventurar que lo narrado va a venir con cuentagotas y no de manera obvia. Cuando Dedo da ese último paseo por la ciudad con su mujer, recuerda las palabras que le dijo anteriormente “recuerdas que solía cantarte cinco o seis canciones seguidas” y así se aviva la llama de la memoria nostálgica para dar paso a las últimas escenas en las que Dedo, solo, camina por el bosque hasta llegar a su verdadero hogar. El sol en invierno no calienta, solo alumbra de una manera demasiado etérea como para considerar al día, día. La muerte se desliza por los planos congelados de Pilar Palomero en un bello y austero cuadro que, con poco, cuenta mucho.

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