Scorpion’s Stone

Maximilian Le Cain (2018)

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Un experimento es una prueba que se lleva a cabo para determinar si algo tiene estas o aquellas cualidades, si se le atribuyen ciertas características o para ver si tendrá el resultado adecuado. Es decir, si funcionará.

Scorpion’s Stone, mamotreto audiovisual de 346 minutos —de los cuales he llegado a visionar 66. La sinceridad ante todo—, que recoge imágenes variadas en distintos formatos como el VHS o el Super-8, es uno de los mayores ejemplos de experimento fallido que he tenido la oportunidad de “ver”. Lejos de hacer una crítica destructiva que, considero, sería de mal gusto y poco reveladora, voy a intentar establecer una serie de pautas o elementos para dar una visión, absolutamente personal y, por tanto, subjetiva, del cine experimental para poder así, compartir mis inquietudes y quizá, crear un diálogo con el que pueda iluminarme, de alguna manera, en lo que respecta a películas como la de Maximilian Le Cain.

Ha llovido mucho en el corto lapso de tiempo que hay entre las primeras vanguardias y el cine experimental contemporáneo. Desde el llamado cine puro, pasando por el estructuralismo, el surrealismo, el letrismo, etc. hasta llegar a la explosión, tanto creativa como desorientada, que supuso el monumental despliegue de “cines experimentales” en Estados Unidos en los años sesenta—de la mano de personalidades como Jonas Mekas, Peter Kubelka, Stan Brakahge, Andy Warhol, Kenneth Anger, Maya Deren…—. Este fue el foco de desarrollo de las vanguardias en lo que quedaba de siglo y sigue hoy en día muy vigente, quizá más por una tendencia radical y rompedora que por una verdadera trascendencia artística, lo cual es perfectamente respetable. Ahora bien, debería estar en la mente de todo interesado por el cine experimental que existe una diferencia de primer orden en torno al sentido último de este tándem de palabras. Es preciso diferenciar entre experimento fílmico y film experimental, siendo el sujeto diferente en cada término y, por tanto, abismalmente opuestos. Podríamos decir que un experimento fílmico es aquel que tiene por materia prima el cine, pero que persigue el objetivo —preferible a “producto”— del experimento en sí, lo cual es bastante diferente a lo que sería el film experimental, que es el que utiliza la técnica de la experimentación para conseguir un resultado fílmico. Es decir, poniendo al servicio de un arte como es el cine, las herramientas propias de un alquimista, o, simplemente un curioso, para lograr un modo de lenguaje diferente.

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Hoy en día existen varios ejemplos de cineastas experimentales que se desviven por crear nuevos lenguajes al tiempo que buscan un resultado artístico acorde con la definición de arte pre-siglo XX. El cine remodernista se caracteriza por la superacaión de lo postmoderno, mediante una revisión y reelaboración de lo moderno. Es un cine que no solo se aplica al terreno del arte experimental y que responde a un pensamiento y posterior elaboración de un “cine nuevo”, que a raíz de autores reconocidos —tanto en el cine como en la música, la pintura o la literatura— consigue trascender por medio de una experimentación con el lenguaje, la imagen y/o el sonido. Casos como este abundan en el “ahora” más inmediato, aunque también haya desvíos, no menos interesantes, pero sí particularmente menos sólidos, que se caracterizan por romper con todo lo establecido y poner al límite sus capacidades y las del espectador.

El caso de Scorpion’s Stone es palmario. Su desmesura tanto en términos formales como de concepto eliminan cualquier atisbo de lógica o propósito —más allá de su sinopsis y de su afán abrasivo— para caer en el abismal agujero que es la Nada. Durante la, en principio, exagerada extensión de seis horas de la película —y digo “en principio” no porque esté justificada, sino porque hay ejemplos de películas que duran lo mismo o más y poseen la suficiente fuerza como para no ser demenciales— somos bombardeados con imágenes inconexas, algunas toscas, otras de cierta belleza, pero irrelevantes a la hora de intentar hacer si quiera un mero juicio de valor —que no es lo pretendido, pero se necesita para adquirir un gusto en sí mismo—. No es un pecado que la película carezca de narración, coherencia interna ni sentido, pero lo que sí es una falta total de sensibilidad es ofrecer una amalgama de capturas sin ton ni son, que, más que imágenes cinematográficas parecen —y lo son— vídeos de andar por casa que forman parte de un montaje caótico por intuitivo y/o impostado.

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Lejos de volver a la dicotomía entre experimento y arte, quiero zanjar aquí esta crítica tan atípica y acabar diciendo que, como los experimentos de Warhol, Benning o Rashidi, el film de Le Cain provoca, además de bostezos anodinos, un sentimiento entre la irritación y la pérdida de la fe en los cines marginales. Por otra parte, en Europa, concretamente, estamos siendo testigos de un avance formal y de contenido de suma importancia en los cines experimentales. Casos, ya mencionados en este espacio con anterioridad, como los de Scott Barley, Jacques Perconte, Toby Tatum, Lois Patiño y otros, encasillados fuera del terreno del arte experimental e introducidos en categorías, tan odiosas como ilustrativas, como lo es el antes citado cine remodernista, como André Gil Mata, Peter Treherne, Aleksandra Nyemcyck o Lucien Castaing-Taylor.

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