Cemetery

Carlos Casas (2019)

Tras explorar los confines del mundo y traernos piezas de un cine documental tan particular y magnifico como Aral, Fishing in an Invisible Sea (2004), Solitude at the End of the World (2006) o Hunters Since the Beginning of Time (2008), Carlos Casas se lo toma con calma para traernos algo diferente. Tras diez años de construcción, el proyecto Cemetery finalmente se proyecta en el Festival de Sevilla de este 2019 tras un par de premieres en otros países. La película técnicamente más cuidada y loablemente filmada que el director nos haya regalado narra, dividida en cuatro segmentos, la muerte de Nga, el último elefante. La premisa parece simple y sin embargo la experiencia cinematográfica que es Cemetery se torna inquietante, misteriosa y hechizante. Haciendo una división acorde a la estructura del film podremos observar de manera más adecuada los diferentes aspectos formales y conceptuales de la obra, pues en este viaje hacia la tumba, de la luz a la oscuridad, el tiempo cronológico es esencial.

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I

Un sonido de voces profundas, ecualizadas para que se confundan con los instrumentos de viento arcaicos, abre la primera escena. Vemos paisajes nublados y un hombre que duerme en la selva. Sanra es su nombre, el guardián y compañero del viejo elefante que deambula en sueños por un bosque bañado por la luz del sol. De manera subjetiva —sustituyendo la visión del hombre—, la cámara se mueve por entre las ramas con delicadeza, como si respetase cada ápice de su materia y reparase en cada aspecto de su marcha. Aparece por primera vez el gran elefante en mitad de la noche, alumbrado por la luz de un faro que no hace más que insinuar su tamaño y su forma. En una escena no inmediatamente posterior vemos al animal a plena luz, mediante una serie de planos detalle que describen la rugosidad y el color de su piel. Es el principio de un ritual contemplativo de adoración, una muestra de cariño ovacional consistente en varias secuencias que demuestran el vínculo tan íntimo que unen al hombre y la bestia. En un exhaustivo enfoque paulatino, cada gesto provee a la imagen de una belleza singular a la vez que sencilla. Las tomas tan nítidas y detalladas de la piel del paquidermo, sus ojos, sus colmillos… ponen de manifiesto un ánimo embalsamador, una preparación en forma de minucioso embellecimiento para algo que va a perecer, algo que se marchita. Así pues, en esta primera parte, la melancolía termina por adueñarse de la imagen, el día se convierte en noche y Sanra decide quemar todo cuanto tiene, todo cuando sabe acerca del pasado y de Nga, para no dejar huellas a un enemigo que se acerca. Un enemigo más terrenal que ancestral.

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II

Otro día, menos claro que el que lo precede, nos sitúa en el campamento abandonado de Sanra. No hay rastro del animal ni del humano, solamente se presentan en escena unas figuras desconocidas y amenazantes se abren paso sigilosamente por la jungla. Un grupo de cazadores furtivos avanza en silencio por la espesa selva, buscando, obviamente, a Nga para darle caza. En este fragmento, heredero de películas de aventuras como Tarzan the Ape Man (W.S. Van Dyke, 1932) en las que Casas se inspiró, un sentido onírico —weerasethakuliano, podríamos decir— se apodera del film. El modo de construir las imágenes es más amplio y objetivo, la cámara ya no tiene ese sentido cercano, sino que se aleja de los cuerpos, marcando una distancia importante y reveladora, pues los personajes ya no tienen carácter protagónico, sino que son elementos a evitar. La elección de filmar el bosque como amalgama de árboles y maleza, aletargado pero amenazante y lleno de sonidos atmosféricos es la forma que aquí se utiliza para denostar un ambiente de misterio y suspense. La oscuridad va apoderándose de los planos en un sentido mucho más frío y premonitor que en la primera parte, pues a medida que los cazadores avanzan, se separan y empiezan a ser víctimas de males diversos, siempre bajo la incógnita de no saber quién o qué los provoca. Todo apunta al fatal desenlace para estos cazadores y suponiendo que la misma naturaleza en forma de espíritu(s), en consonancia con la mitología de la región (Sri Lanka), es la que actúa, el elemento fantástico se acrecentaría enormemente en esta segunda parte y se empezarían a contemplar ideas más allá de la realidad material.

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III

Nos situamos en un presente, el único presente que importa: el del viaje hacia la muerte, continuo e irremediable. Una montaña solitaria lanza un haz de luz desde su cúspide hasta el cielo en forma de reclamo. Ha llegado la hora de concluir el sendero que es la vida, un paréntesis entre el nacimiento y la muerte, únicos enigmas verdaderos. Mediante una serie de planos secuencia con la cámara situada en la cabeza de Nga, se filma el avance del elefante en la noche tras una tormenta eléctrica amenazante. Tras unos momentos de calma se llega al cementerio, un lugar que no es tal y dónde tiene lugar la escena más espectral y pura de toda la cinta. Tomando como referencia imágenes de archivo de películas que marcaron su infancia, Carlos Casas crea un aparato visual compuesto de sombras y estratos de imágenes. Utilizando el mismo motivo creador que en Bardo, su cortometraje-investigación sobre el cementerio de elefantes, consigue traspasar las fronteras del documental, de la ficción y del vídeo-arte para adentrarse en terreno experimental. El resultado es un oscuro y sinuoso pasadizo por el cual se vislumbran fragmentos de imágenes muertas, huellas de sombras y vapor estático. Es el entorno ideado donde el elefante abandona el peso del mundo para introducir su esencia en un plano totalmente indefinido, donde a duras penas se puede dilucidar algo de lo que se ve. Las formas son sombras de sí mismas y la oscuridad es tal que las hace confundirse en su espesura. ¿Qué mejor final para la historia de un final? Algo radicalmente oblicuo y delicado que rompe con la dinámica “realista” de la película y pone en entredicho la naturaleza de la misma.

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IV

En forma de epílogo se muestran unas imágenes del desierto de Atacama, en cierta forma para alejarnos del paraíso perdido mediante una abismal elipsis geográfica y concluir así una de las experiencias más impresionantes y encantadoras del año. No es en vano que el mismo director conciba la película como proyecto —así figura en los créditos— y agradezca tanto a cineastas como a pintores o literatos las influencias que han hecho real su visión.

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