Aragane

Kaori Oda (2015)

“Encontré un tipo de belleza estética extraordinario en el mundo subterráneo […]. Parece un universo diferente con toda la niebla y polvo por todas partes. Hay belleza en las máquinas industriales, los faros que producen reflejos extraños y la comunicación de los mineros; sin contacto visual, utilizando señales con la cabeza o silbatos en lugar de hablar.”

—Kaori Oda

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La cámara se introduce en lo profundo de una mina en Bosnia, dónde la oscuridad  se adueña paulatinamente del plano y Kaori Oda graba entre sombras.

Aragane es un documental nacido de la visión de su directora y la film.factory —escuela de cine de Béla Tarr— y teniendo en cuenta la enorme influencia que tiene el húngaro en sus jóvenes alumnos, es raro ver que aquí se nota más bien poco. Oda consigue su propia mirada al margen del estilo de su maestro y el resultado es más que interesante.

Al comenzar la película vemos el lugar de trabajo de los mineros en el exterior, donde se prepara la madera que hará de contrafuerte en una serie de planos fijos que vibran por el movimiento incansable de las grandes maquinas. Después en un descenso —en uno de los tres únicos travellings que aparecen— nos adentramos en las entrañas del Mundo para ver un día en la vida de estos hombres que, mediante su trabajo físico, componen lo que sería la banda sonora de la película. Los sonidos de los golpes contra la roca, el repiqueteo de los morteros y las sirenas de las máquinas son la música en las oquedades de la Tierra. Por lo demás, un silencio sepulcral baña el resto del audiovisual, perfectamente adecuado a la oscuridad de la imagen.

A la hora de filmar la negrura, Oda opta por dejar la cámara fija en sus manos, sin aplicar filtros ni nada por el estilo. Si vemos, es solamente porque las linternas de los cascos de los mineros nos lo permiten y aun así solo llegamos a vislumbrar los haces de luz que dibujan. Una, dos o tres líneas de luz se intercalan en un cuadro negro y opaco para mayor acercamiento y profundidad. El hecho de grabar en la oscuridad, hace que el ojo se costumbre a ver en esas cavidades y, trazando otra vez un paralelismo, hace que el oído se agudice para captar de forma más nítida lo que nos rodea.

Kaori Oda filma un documental de descenso y caída para después regresar a la luz del mundo. El segundo de los travellings muestra los cambios lumínicos en la superficie de una gran máquina mientras la cámara se va alejando en un lento zoom out. Las figuras del fondo se vuelven borrosas hasta que la luz frontal de un faro inunda el plano y así se propone un intercambio de sensaciones con respecto a una luz artificial directa y la luz natural que arroja una mayor claridad incluso sin ser directa. Al salir de la caverna, la luz del sol inunda el exterior y todo parece diferente, real, como en Platón.  En este viaje, la experimentación con los sonidos ambientales y la fascinación que siente la directora por los reflejos de la luz eléctrica nos invitan a recrearnos en un espacio ajeno. A soportar condiciones anormales para luego volver a “ser” en la superficie.

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