Montañas ardientes que vomitan fuego

Samuel M. Delgado & Helena Girón (2016)

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Athanasius Kircher, intuía, allá por el siglo XVII, que el interior de la Tierra estaba ocupado por el fuego. Para construir su modelo, en el que multitud de cavidades, grutas y pasadizos ramificados e interconectados respiraban con pulmones ardientes, utilizó una síntesis filosófica que mezclaba teorías antiguas y contemporáneas, siempre desde una base teológica para realizar sus estudios científicos. Los cineastas Manuel M. Delgado y Helena Girón deciden tomar su Mundus Subterraneus: “Sistema Ideale Pyrophylaciorum” para elaborar su segundo cortometraje y abogar por un sentido más desesperanzado y cautivador.

Al igual que en Sin Dios ni Santa María (2015), la utilización de los estratos de la imagen que intercalan imágenes de paisajes y personas, consigue una ambientación arcaica que invita a la sumersión. Pero lo nuevo que ofrece Montañas ardientes que vomitan fuego —entre otras cosas— es la presencia de la oscuridad como contenedora de una luz tenue y espesa. La imagen grumosa refleja aspectos de las cuevas que no podrían ser revelados sin un adecuado tratamiento de la luz que, en este caso, reduce la experiencia a un ámbito tan íntimo que parece soñado. Al igual que en la pintura de Jean-Honoré Fragonard, concretamente su L’île d’amour, los elementos del paisaje dan a entender que una mirada más profunda es posible, además de necesaria. En ambas imágenes pueden verse rostros fantasmales asomando entre los árboles o la roca desnuda, ofreciendo así una doble dimensión, mística si se quiere, en la totalidad del cuadro.

Imágenes (izq. a dcha.): Captura de Montañas…, L’île d’amour (Fragonard, alrededor de 17770), captura de Montañas…

Por otro lado, y aludiendo a la cita final —“Teníamos curiosidad por ver si en ese lugar había gente que creyera en el fin del mundo,; nosotros que ya ni logramos creer en él, que tenemos la mayor dificultad para creer en nuestras propias pasiones.”— el hecho de que todo el cortometraje se centre en el viaje a un mundo subterráneo, dónde la luz es escasa y, por tanto, lo invisible acecha, es menester aclarar que se nos muestra cómo la imagen puede confundirse con la realidad y esta con otra cosa. El celuloide parece estar vivo a través del desgaste artificial, que produce un desconcierto a la hora de discernir si las grietas en la piedra son en realidad eso o mellas físicas que aparecen en el film. ¿Qué es entonces lo que podemos creer fehacientemente? La respuesta puede no ser corta, pero hay que reconocer entonces, que esta obra tiene tanto de pictórica como de cinematográfica, y que esconde un significado incierto. Al igual que la pintura de Anselm Kiefer, donde los objetos carecen de concreción y su inmanencia prima más que su interpretación, las obras de estos dos cineastas apuestan por una presencia notable antes que un mensaje claro. ¿No creemos en el fin del mundo porque no creemos en el mundo? o ¿no creemos en el mundo porque no creemos en su final?

Imágenes (izq. a dcha.): Captura de Montañas…, Astral Snake (Anselm Kiefer, alrededor de 1980)

 

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