At Sea

Peter Hutton (2007)

Captura de pantalla (803)

El plano estático en continuo baile con la imagen mecida es característico en el cine de Peter Hutton, uno de los más importantes cineastas de vanguardia americanos. Sus paisajes, retratados a modo de cuadros en pequeño movimiento logran, de una manera singularmente bella, hacernos ver las mismas cosas con otra mirada.

El carácter primeramente risueño del mar, eterno destino del hombre, nos deleita con su vaivén entre resquicios de luz que nutren cada plano. Entre el silencio y la calma perpetua, Hutton consigue crear su obra maestra que resulta la consagración de lo que venía explorando anteriormente. At Sea es un viaje mudo de una gigantesca nave —objeto inerte que, a su vez, se humaniza— desde el nacimiento a la tumba . Desde la construcción en el muelle del barco, esa crisálida de metal que se filma con aires míticos, surge, entre vistas impecables y encuadres llenos de pasión, el comienzo de un viaje clásico. Los objetos y el paisaje forman figuras geométricas que se mantienen en el tiempo y el espacio, mientras poco a poco van tornándose diferentes. Estatismo y movimiento para crear formas dentro de un vaivén histórico que resuena en un presente que clama a la eternidad.

Captura de pantalla (797)

En el océano, la geometría de la nave alcanza la perfección y el tiempo parece todavía más liviano. Cada fotograma respira —si algo sabe hacer Hutton es medir la longitud de sus planos— e inspira, mediante la horizontalidad tan estudiada en su obra anterior, Skagafjördur, y la verticalidad más alejadas en cuanto a forma y, sin embargo, en completa armonía con respecto a la tensión de las imágenes. Entre ese deseo de enmarcar la perspectiva, surge un potente sentimiento de soledad que se refleja en las personas que son vistas desde lejos sin poder reconocer sus rostros. Son una parte del paisaje, una nítida gota más en el cristal del barco. Porque el paisaje, que es el Todo en el cine de Hutton, traduce en emoción humana mediante el montaje, el sentimiento oculto que todo observador paciente encuentra en la naturaleza. Una filosofía que otros cineastas trabajan, pero que pocos logran palpar de una manera comparable. Así pues, su larga travesía por un mar (des)conocido se convierte en un sentimiento, una sensación de esplendor entre histórico-mítica y sustancialmente aventurera. El cristal nos separa de la realidad a veces, ofreciéndonos una vista triste y húmeda que aleja lo que vemos (el mar) y resbala inalcanzable entre lo que no (el contracampo, quizá otro mar).

El atardecer es la calma antes de la tempestad, el sol se hunde en el mar y éste se torna negro. Un atisbo, un aviso de muerte inminente. El barco es el Arca y está condenado a vararse en la playa como un gigantesco leviatán. Sus restos son aprovechados por unos minúsculos seres y así, el titán caído, el armazón de metal muerto, vuelve a la mano del hombre de la que salió. Chris Marker decía que no entendía porque las personas no podían mirar a cámara en las películas… Que era ridículo. Hutton repite lo que él nos ofrecía en Sans Soleil, de una manera distinta. Filmando una escena final magnífica en la que los hombres miran fijamente al objetivo y al mismo tiempo a nuestros ojos, parece que se pregunten directamente acerca del objetivo, la máquina registradora. «¿Qué es esto?», «¿Qué mira?», «¿Por qué filma?». Puede que esas sean las cuestiones más importantes de cara al ejercicio regresivo que se hace al final del film. El hecho de mirar al que mira y de ver lo que ve queda suspendido en una imagen final tan natural como críptica.

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