Uzel

Aleksandr Sokurov (1999)

vlcsnap-2019-03-11-19h59m53s526

«Cuán desdichados sois los artistas, que jamás disfrutaréis de vuestra obra. Rodeados de tinieblas y en soledad, alumbráis el corazón del mundo.»

Anónimo

Aleksandr Sokurov es el director más curioso y dispar que he tenido el placer de descubrir. En su haber podemos encontrar títulos tan distintos que nadie podría decir que pertenecen a un mismo autor, aunque por otra parte, puede apreciarse un talento singular impreso en todos ellos. La planicie de las imágenes y el sosegado ritmo de los planos, unido a su neblinosa y maqueada estética, hacen de su obra algo remarcable e intransferible. De entre sus películas caben destacar sus «documentales», tales como Dukhovnye golosa, Povinnost y Uzel (la que nos ocupa), los cuales proponen un acercamiento al ser humano, mediante la contemplación, el viaje y la memoria. Ambas tres tienen una duración elevada —superando las tres horas— y en cuanto al aspecto narrativo las dos primeras se asemejan más. El caso de Uzel es diferente y hasta donde yo sé, Sokurov no pretendía otra cosa. El modo de filmarlo no es para nada a lo que nos tiene acostumbrados y desgraciadamente es uno de sus trabajos menos conocido —no se habla nada de Uzel en el libro más completo que he podido encontrar sobre el autor: The Cinema of Alexander Sokurov: Figures of Paradox de Jeremi Szaniawski—.

Una figura tan esencial como es Aleksandr Solzhenitsyn, el escritor ruso exiliado, autor de Archipiélago Gulag, regresa a su patria y concede una entrevista a Sokurov, que a ratos se transforma en diálogo. A modo de introducción, mediante unos fotogramas del pasado, Sokurov nos cuenta la vida de Solzhenitsyn desde su nacimiento e infancia hasta su exilio. Su esposa nos hace las veces de voz acompañante a la hora de conocer al escritor hasta que podemos oír de la boca del propio hombre sus pensamientos más profundos. El tema de conversación va variando desde pensamientos políticos a históricos, pasando por su encarcelamiento en los gulags de Siberia donde trabajó bajo el frío insoportable. El escritor rememora sus ideas y las expone, no sin ser a veces interrumpido por Sokurov, quien no puede evitar preguntar, dar su opinión y reflexionar sobre la conversación que tienen. El desencadenante de toda esta rica y genuina muestra de lenguaje, comienza en un bosque donde se oyen los pájaros. Ambos caminan con las manos pegada a la espalda en señal de reposo y contemplación y comienzan a hablar sobre sus inquietudes.

La contemplación es un tema recurrente en el cine de Sokurov que aquí se muestra en forma de palabras sin rastro de onirismo. Su característico enfoque a las situaciones de una manera soñada, no se aprecia en esta obra y puede que tenga que ver con una de las conversaciones que aluden a lo que él llama «trama moral», que eclipsa a la trama real mediante la acentuación del asunto reflexivo, acompañado de la imagen plana y seca, para no distraer. Entendiendo que Sokurov quiere centrarse en las palabras y sólo en las palabras, pasando por alto todo lo demás, me parece muy acertado en Uzel. El uso de la narratividad en esta obra se asemeja al ensayo íntimo más que a la introspección en la condición humana (que también existe en la obra). De ahí que no me parezca comparable con Dukhovnye golosa, por ejemplo, donde el discurso y la imagen se abrazan en un resultado que trasciende lo meramente histórico. Son pocas las huidas del ojo de la cara de Solzhenitsyn sobre la que se hacen planos detalle que invitan a oír más que a ver, porque lo importante es la palabra en sí. Sokurov no se retrae del rostro, haciendo de él el eje de su película. Parece que quiera darnos a entender que esta no es una de sus obras más artísticas, y que hay que prestar una atención puramente académica y sin distracciones visuales. Es cierto que hay algunos escapes o fugas como el recorrido por el despacho, el retiro del bosque y la huida de la cámara hacia una ventana donde se ven más árboles, pero son momentos que responden a lo que allí se dice y a nada más, ilustrando pero también esencializando.

El autor de La rueda roja, libro de libros que narra el inicio y desarrollo de la revolución bolchevique y que Sokurov representa con un fotograma de su película Odinokiy golos cheloveka, es el eje central de la obra y por tanto tiene que suscitar algo de interés en el espectador. En las conversaciones, que no son pocas (ni falta que hace), se tocan temas que a un servidor interesan. Haciendo una especie de recorrido histórico no guionizado se habla de la URSS y su crueldad, mencionándose  varias veces el origen de la revolución (subvencionada por Alemania y Wall Street), exponiendo la visión más decadente de la Rusia comunista y aludiendo al totalitarismo y la falta de libertad. Solzhenitsyn tiene claro que fue un periodo desgraciado para el país, no sin añadir que tampoco tiene fe en Occidente. Como ruso y cristiano, admite su amor por la patria y por Dios, aunque después arremeta contra los gobernantes a los cuales describe como «unas trescientas personas flotando sobre la gente y tomando decisiones por ellas». La mentira de la democracia y el fatalismo del progreso que surgió en el siglo XX se ven como una pérdida, una muerte del alma, sacrificando la individualidad espiritual por una conciencia de masas que responde al «hago lo que hace todo el mundo, porque todo el mundo lo hace».

De la Política a la Historia y a la literatura. Con la premisa de la trama moral en Dostoievski se discute la importancia de la literatura como arte ligado al espíritu, pero con normas y estructura definidas, como la arquitectura. Sokurov se pregunta el sentido de la prosa en el mundo contemporáneo y las conclusiones no dejan de ser interesantes. Acabando por conversar sobre la libertad de expresión en un mundo saturado por la excesiva información que, en palabras de Solzhenitsyn «no deja respirar al alma», estos dos genios se acercan al cénit de su conversación.

vlcsnap-2019-03-11-20h02m56s223

De la literatura pasamos al arte en sí, tema que a Sokurov, en particular, preocupa y que acaba con su largo enmudecimiento. Teniendo en cuenta que es un cineasta que «odia» el cine —«el encanto del cine es la tentación, no el amor»—, hay que entender que Sokurov no va a partir de la base del cine como tal para hablar de arte. Lo suyo es más conservador si se quiere, y también más profundo. Preguntando a Solzhenitsyn sobre el sentido del arte y su cabida en el mundo actual, éste da su particular visión trágica, malentendiendo un poco la cuestión. Solzhenitsyn cree que el arte no es un medio riguroso, profesional, sino que puede servir a la masa, y gustar a la misma (es decir, a todos) y pone como ejemplo el folklore. Sokurov responde de manera clara y simple que el folklore no es el ejemplo de arte en el que incidía porque responde a la improvisación y la misma obra cambia según el lugar donde se cante. El arte profesional, que es al que Sokurov se refiere, es el arte trágico como medio para adentrarnos en la muerte y abrazar el espíritu… Este es, sin duda, uno de los momentos más reveladores de la cinta ya que muestra como la masa y el arte se pelean (de manera similar a lo que Tarkovski apunta en sus libros), haciendo disminuir la calidad de la obra en cuanto tiene que gustar  a todo el mundo. No se deja al margen el hecho de la religiosidad en la vida del escritor aunada al tema del arte. Comentan qué es creer en Dios, más allá de la Iglesia, los Evangelios o una rutina dogmática y cómo. Para Solzhenitsyn orar es la clave para que la vida tenga el sentido que dice que tiene, el rezo como forma de meditación totalmente alejada de una concepción institucional (eje, por otra parte tanto de la ortodoxia como del cristianismo universal). El escritor acompaña su prosa con metáforas geniales a la par que vivencias personales y cuestiones morales, de entre las cuales cabe destacar el acto de perdón y su travesía en barca. Comenta que en un río, él y otra persona se encontraban a la intemperie donde la lluvia y el viento imperaban y no había nada para resguardarse. Como consecuencia, empezaron a volverse supersticiosos —«en la naturaleza el hombre siente cosas superiores»—. Así pues, alega que hay una espiritualidad fuera de la religión, cosa intachablemente cierta aunque pueda derivar en tendencias vacuas, sin olvidar de la importancia de Dios en la historia de la humanidad.

vlcsnap-2019-03-11-20h01m17s254

Sokurov cuenta con otro artista para debatir, llegando a desvelar verdades intangibles para acabar por dejar un aire de pensamiento y posterior reflexión (para el que la quiera hacer) de una forma legítima y acorde con sus intenciones, pero que no llega a convertir el trabajo en una obra superior. El director ruso, enamorado de la música, la literatura y la pintura, nos deja un trabajo imperdible, que lamentablemente es olvidado en las arenas del tiempo. Él sigue vagando entre la duda y la filosofía, melancólico y rodeado de belleza al mismo tiempo. Sokurov es una persona complicada y atormentada a la vez que el mejor director de cine en activo (ahora retirado Béla Tarr). Con Uzel, se alega pasión y compromiso a la vez que se acude a la propia memoria fílmica para representar lo que está dicho. Con fragmentos de Odinokiy golos cheloveka y Kamen, Sokurov aviva esos «fotogramas de la memoria» mientras se habla de Chéjov, Dostoievski, Gogol y Platónov.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s