A Yangtze Landscape

Xu Xin (2017)

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El chino Xu Xin nos brinda un vistazo de frente y sincero a la desdicha humana, de la manera más propicia, bella y arrebatadora. Su manejo de la narración acompañado de un dominio más que pulcro de la fotografía hacen que A Yangtse Landscape se convierta en una de las mejores películas que ha dado «el gigante dormido».

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Al inicio, la pantalla se ve desdoblada entre el cielo blanco y el mar negro dejando que nuestro subconsciente  haga una separación metafísica entre dos conceptos ancestrales (el bien y el mal) mediante una sensibilidad estética abrumadora. Luego aparece un barco, surcando las aguas lentamente para hacer del cuadro una realidad más terrenal. La paciencia y el trazo en el tiempo de captación son dos características que van a darse durante todo el largometraje, siendo absolutamente necesario tensar los planos así como emplear el blanco y negro en respuesta a un modo de narrar en el que no haya distracción alguna y por encima de una mera decisión estilística (porque el color distrae, si hacemos caso a varios cineastas que han escrito sobre la materia; Andrei Tarkovski, por ejemplo).

Desde Shangai hasta el Tibet, el río Yangtze, el más largo de toda Asia, acompaña el desasosiego de un país sumido en la desgracia y que, de manera ambigua, reluce dependiendo de donde dirijamos la mirada. Poco a poco nos introducimos en las orillas del río, donde ya no se posee una mirada superficial y donde vemos de frente a los más desgraciados de la sociedad. Un mendigo que busca comida en la basura mientras murmura para sí y que se asemeja a un animal en su comportamiento, desgraciadamente. Es el ser humano despojado de la cordura y de su condición que se retuerce entre la suciedad y no tiene ambición alguna. Su melena descuidada y maltrecha forma pegotes de suciedad acumulada. mientras Xu Xin lo observa tras su cámara sin dejar de capturar la miseria en contraposición a la belleza del paisaje, captando todos los movimientos que forman su rutina y consiguiendo hacer de él algo importante más allá de su invisibilidad y pequeñez. En definitiva, fijándose en él formando parte de algo más, lo hace existir. El hecho de que el cineasta chino se centre en los cuerpos de las gentes con planos fijos, abiertos y de extensa duración les otorga una identidad semejante a la del río. La figura del mendigo que se tambalea en busca de sustento, moviéndose sin cesar ante la rigidez de un espacio inmóvil durante cuatro minutos más o menos, crea una forma de entenderlo sin conocerlo a la par que propone la observación desde la impotencia.

Dentro de la película hay planos todavía más largos en los que el movimiento brilla por su singular belleza y flujo respondiendo siempre a un motivo descriptivo, acompañado en alguna ocasión por subtítulos que dan datos de interés. Mientras observamos los barcos de dragado limpiando las costas de mugre se nos van intercalando algunas frases sobre el lugar donde nos hallamos y sobre tasas de suicidios y muertes en el río. El puente Nanjing se presenta imponente sobre las aguas del Yangtze, impasible antes las más de tres mil personas que se suicidaron arrojándose desde él en 2014. Se nos reduce la muerte al mínimo, se representa como un número; algo a lo que el cineasta chino recurre para dar a entender la magnitud de una tragedia en adhesión a la magnitud de lo que vemos en pantalla. China es un país tan grande que existe una tendencia en el cine documental más crítico consistente en hacer a las personas pequeñas para después acercarse a ellas. Los barcos titánicos, los muelles o los barrios próximos se presentan abisales y grandiosos sin dejar de ser aterradores y lúgubres, mientras que las personas fallecidas o desaparecidas allí donde moran son simples cifras en una estadística; algo pequeño e invisible dentro del silencio eterno del Yangtze.

Las personas que subsisten en las orillas son como almas en pena que forman parte de la tierra baldía, seres repudiados por el país y obligados a hacer del agua su tumba. Desde los trabajadores inválidos a los que el gobierno de Deng Xiaoping ha traicionado, hasta los retrasados que faenan casi en completa soledad, vemos la cara oculta de China que solo un puñado de cineastas se atreven a mostrar de manera abierta y respetuosa. Dependiendo del enfoque, podemos encontrar documentales reflexivos y críticos como los de Zhao Liang o Wang Bing, pasando por el que nos ocupa, hasta llegar al único largometraje de ficción del fallecido Hu Bo… Todos ellos muestran la cara decadente del país y lo hacen desde el sosiego, el respeto y, sobre todo, la difícil belleza de sus imágenes.

Hacia la mitad de A Yangtze Landscape somos partícipes (en cierta medida) de un rezo cristiano en el que dos grupos de personas cantan la plegaria a la Virgen María a modo de pregunta y respuesta. Nosotros sólo vemos a un anciano que forma parte de esa plegaria y canta al unísono con otros hombres y mujeres dentro de un primer plano. Después vemos la figura de Cristo Crucificado en lo alto, con una estatua de la Virgen y el Niño a su derecha. Se enfoca descaradamente la estampa que invita a reflexionar sobre la figura sacra en el país. Para el aparato cinematográfico de Xu Xin, el de la pared es un Dios muerto que yace impasible clavado en su cruz mientras unos pocos lo adoran y otros subsisten en la miseria trabajando en condiciones deplorables o simplemente aislados.

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La travesía continúa y nos topamos con un embarcadero en plena noche. El movimiento de la cámara nos introduce dentro de un canal y se palpa la pasión por lo oculto, por la naturaleza del río que tiene vida propia, pues mientras los barcos viajan horizontalmente el Yangtze lo hace en vertical. La marea sube, escala los muros con las marcas impresas: «cien, ciento diez metros… ciento setenta»… El agua cubre los niveles como una marea negra que sepulta la abnegada tierra. Su incesante crecimiento llena las gargantas e inunda ciudades mientras la niebla lo cubre todo. Parece incluso que las montañas también serán engullida algún día por el agua… Y conforme se acerca el fin, un preludio de nacimiento se manifiesta en forma de paisajes tristes y sombríos. Aparecen puertos a lo lejos, barcos que cortan el agua cual espadas, bosques cubiertos de neblina y luminosas ciudades en el umbral de la civilización. Ante toda esta imaginería, un hombre viejo vive entre las ruinas de un risco acompañado por multitud de perros a los que cuida. Los animales parecen fantasmas del presente sobre los que Xu Xin incide con una mirada clara y casi desesperanzada. Cae la noche y las plegarias depositadas en las ruedas parecen no servir de nada. Recordamos que los tibetanos se inmolaban en protesta con una serie de datos que dan puro terror y, en contraposición al rito cristiano, vemos ahora la cara oscura del budismo. El Amén se refleja en el Om mani padme hum gracias al curso del río.

A Yangtze Landscape es esencialmente un viaje versátil donde la contemplación invita a una profunda reflexión mediante la narración lacónica, casi muda, donde la belleza de las imágenes se une con su pulso en una travesía desde el Shangai moderno hasta la fuente de nacimiento del mismo río: el Tíbet.

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