Fajr

Lois Patiño (2017)

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Cuando la imagen es convertida en poesía, la esencia misma del arte del cine sobrepasa este plano.

Cuando nos preguntamos qué es la belleza una definición académica nos incita a creer que es «la cualidad de un algo que nos provoca un placer sensorial, intelectual o espiritual». Ese concepto de placer espiritual, desde mi punto de vista, no es nada acertado. El placer es lo contrario al espíritu, es un a satisfacción individual de un deseo; algo que llena un vacío durante un rato y luego abandona el ser para dejarlo hueco de nuevo. En principio, todo lo contrario a lo que es a espiritualidad con la que se puede alcanzar una Verdad y una felicidad que van más allá de cualquier escrito.

Fajr, al igual que un pequeño segmento de obras cinematográficas de este siglo, consigue propiciar una experiencia de la belleza. Es bastante difícil saber el porqué exacto (y mucho más explicarlo), pero dentro de su forma, de su extremadamente evocador devenir y, más importante, de su cercanía a una muerte por la luz, un desaparecer dentro de la luz oscura, consigue trascender a la eternidad. Su duración de apenas diez minutos basta para causar en mi persona un sentimiento de arrullo, de ataraxia que me deja sin aliento. Al admirar las tomas del desierto de Marruecos, donde la noche se aclara de manera efímera mientras unas figuras (entre humanas y celestiales) surgen y permanecen impávidas observando y siendo observadas, las dunas conforman un terreno sinuoso y suave. Desde la abstracción nocturna, la luz va poco a poco devolviendo al espacio su dimensión y al cuerpo su volumen. De la oscuridad surge la luz y, a su vez, de la quietud insondable y tácita surge el canto. Suena el «adhan» interpretado por Mishary Rashid Al-Afasy y la inmovilidad que reinaba sobre el paisaje, comienza a verse alterada por una radiación; un difumino que provoca la invisibilidad paulatina en los cuerpos que se van, que desaparecen de la faz de este desierto blanquecino. Cambio de esencia, de plano y de realidad que culminan en una iluminación doble: física y espiritual.

Fajr también tiene un doble significado en árabe, por una parte designa al amanecer y también al «adhan» (cántico de llamada a la oración en el Islam) que suena desde las mezquitas justo antes del amanecer. Estos cánticos irrumpen cinco veces al día en los países y regiones musulmanas y aquí funcionan como ecos del tiempo que viajan de fantasma a fantasma por la inmensidad de un desierto ancestral. Voces que aparecen sobrevolando las kasbahs, los palmerales y las dunas como un recordatorio de que, más allá de la vida hay algo más. Cuando nos llegan las palabras del cántico, el ritmo de vida habitual adquiere otra densidad y penetramos en un modo distinto de experimentar el tiempo; uno más introspectivo e interior y mucho más profundo y abierto a la Creación. El cántico supone así una interrupción, un paréntesis en el fluir cotidiano, y una vez termina, el ritmo habitual se restituye. El desierto en Fajr se manifiesta como un confín y un lugar de reflexión. Su cercanía al mar y su inmensidad silente parecen tener la capacidad de transformar a uno en sí mismo, de condensar los cuerpos y convertirlos en pura luz. Su tiempo suspendido y su carácter purificador provoca una sumersión en el propio ser para luego salir y diluirse literalmente en el Todo, rompiendo la barrera que separa hoy en día, cuerpo y alma, persona y paisaje, lo orgánico de lo inorgánico y la luz de la sombra.

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Volver a un origen, a un punto de partida en el origen del ser humano, es algo que pocos cineastas hacen hoy en día. Lejos de intentar recrear los orígenes del cine (más técnicos que artísticos) como hacen otros autores experimentales, Patiño y un puñado de cineastas intentan indagar en la propia esencia y posibilidades del mismo. Llegando, en contadas ocasiones, a ofrecer verdaderas experiencias de espíritu. Junto con Sleep Has Her House y Womb del jovencísimo Scott Barley, Fajr se convierte en una de las mejores visiones del pasado 2017; uno de esos films lacónicos que llegan a conmover sin necesidad de palabras, valiéndose de la imagen y el sonido para alcanzar un estado tan esencial como hermoso.

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