La imagen arde

Lois Patiño (2013)

Captura de pantalla (686)

Saber mirar una imagen sería, en cierto modo, ser capaz de distinguir ahí donde la imagen arde, ahí donde su eventual belleza reserva un lugar a un “signo secreto”, a una crisis no apaciguada, a un síntoma. Ahí donde la ceniza no se ha enfriado

Georges Didi-Huberman

Lois Patiño toma como referencia esencial el paisaje para hacer su cine. De una manera hipnótica, pero no menos reflexiva, trata al paisaje como el personaje que lleva el pulso dentro de un tiempo e imagen concretas.

La imagen arde es el mejor ejemplo de su búsqueda entre la duración y el tiempo porque aparece un fuego, la única imagen que no puede arrojar sombra. Allí donde la imagen estática en su dinamismo alterado y extremadamente ralentizada del fuego se manifiesta en estratos se nos permiten diseccionar los movimientos de un elemento imposible de capturar si no es por medio de una fotografía. Aquí se captan las múltiples formas que la propia naturaleza danzarina del fuego ofrece, pues su imagen sin materia, sin forma posee las cualidades últimas de la luz y calor de las cuales solo una se percibe mediante el ojo, pasando de ser una realidad a ser una imagen de algo. Pero, ¿qué encierra esta imagen? Patiño trabaja, en sus propias palabras, con «una sola imagen: un fuego, de noche, que los bomberos intentan extinguir sin éxito durante treinta minutos (la duración del film) […]. La imagen del fuego, con su poder hipnótico, es constante durante todo el tiempo, pero el sonido cambia aproximadamente cada cinco minutos: sonidos realistas de fuego, silencio, música, sonidos electrónicos, la respiración de alguien… de modo que el significado de la imagen y nuestra relación, como espectadores, con ella, cambia constantemente». A mi modo de ver, a través de ese ralentí se ajusta la percepción del fuego en el tiempo y se pasa de ver un fuego real a toparnos con las fases por las que evolucionan sus llamas. Nos enfrentarnos con la propia imagen de éste, pues reflexionamos sobre el modo en que nos llega. Cada espasmo es diferente y la situación ahogada y antinaturalista encierra un tono oscuro (en el sentido de oculto) que obliga a pensar sobre lo que se está viendo.

Frente al fuego surge el hombre que entrará en una lucha cuerpo a cuerpo contra él, poniendo de manifiesto el peligro y la relación entre el elemento y el ser humano en un plano más real. Varios fuegos se presentarán de forma continuada hasta que el hombre se quede quieto mirándolo, abatido y atraído al mismo tiempo por el rojo fulgor de las llamas. Ante esto podemos deducir que el aspecto más real del fuego vence al de su contrapartida en el ideario de la imagen y de Patiño. A grandes rasgos, el fuego aquí es material y no simbólico. A diferencia de sus anteriores trabajos, la banda de sonido de La imagen arde tiene un papel crucial a la hora de interpretar el film. El sonido efectúa los cambios en la imagen, dividiéndola en partes imaginarias, que responden de maneras distintas. La imagen es la misma, pero su significado y percepción varían dependiendo del acompañamiento musical o simplemente auditivo. Así pues, la enriquecen y la dotan de discurso consiguiendo, de forma muy interesante, relativizar el tiempo experimentando con la experiencia visual unida a la temporal de una forma arrebatadoramente bella y no menos inquietante.

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