Dukhovnye golosa (Spiritual Voices)

Aleksandr Sokurov (1995)

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El tiempo, ese elemento maltratado en el cine comercial actual que hace de nuestra vida, vida. Que nos hace conscientes de una existencia finita y que apenas logramos aprovechar. Es el eje central de esta obra maestra del director ruso Aleksandr Sokurov que lo contempla de manera trascendente y real. Desde su elevada duración (cerca de las seis horas) hasta su registro del día a día de unos soldados, la vida en el cine se hace paulatina, contemplativa… Hablar de Voces Espirituales es hablar de tiempo.

Con un prólogo primordial y tremendo de treinta y siete minutos, uno de los más bellos y cautivadores que un servidor haya visto, Sokurov nos habla del ser humano, de la muerte y del arte. En un lapso de tiempo que nos muestra un plano fijo de una arboleda sobre un campo yermo, cuyo perfil roza con un lago y las montañas, el tiempo pasa despacio y rápido, pues el plano es estable pero va mutando lentamente, convirtiendo la propia naturaleza en un lienzo cambiante que define el concepto del que hablamos de manera perfecta.

Mientras tanto, Sokurov hace de narrador. Nos describe físicamente a una persona: Wolfgang Amadeus Mozart. Un músico que trascendió en la historia de la humanidad y que, sin embargo, tenía los mismos problemas que cualquier hombre de a pie al lidiar con la deuda, la enfermedad y la muerte. Mientras suena su Larghetto y el paisaje se torna gris, Sokurov hace hincapié en un capítulo de su vida muy importante para entender el resto de la película. La muerte de su madre contada al detalle. Una muerte que comenzó con una perdida de conciencia cinco horas antes durante las cuales Mozart sostuvo su mano y la escuchó hasta su final. Justamente son cinco horas (más la media hora del prólogo) las que dura la cinta y creo que este hecho, junto con la explicación de la música de Olivier Messiaen son las claves para entender y apreciar la obra. Porque Sokurov apunta que Messaien, un hombre de su tiempo, de nuestro tiempo (la segunda mitad del siglo XX) tiene de humano tanto como Mozart o Beethoven y tanto como los soldados del «grupo de fuerzas de fronteras rusas en la República de Tayikistán». Pero es la relación de estos artistas con el tiempo y la vida lo que hace que su manera de enfrentarlos, desde una perspectiva más espiritual o trascendente, sea la que los hace casi incapaces de reconciliarse con ella, en un sentido jubiloso. Algo que los «simples» soldados sí consiguen.

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Contraponiendo dos tipos de espiritualidad, al principio del segundo acto (prefiero este término en lugar del común -capítulo-), Sokurov se despide de su Rusia natal, la tierra del frío y la nieve, y nos lleva hasta la tierra yerma de Afganistán mediante la imagen superpuesta de una montaña y un grupo de soldados cuyos ojos están cerrados. Ciegos ante el futuro y a la vez sumergidos en el sueño que será el motivo místico de toda la obra y que aparecerá de forma habitual, encerrando algún que otro misterio; poniendo así en sintonía el paso del tiempo y la poética de a imagen de manera absolutamente arrebatadora.

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El diario de viaje cuenta el día a día de los soldados mostrando sus tareas cotidianas y dejando entrever su posición ante la guerra y una posible muerte; algo que llama la atención por la fuerza que transmiten sus miradas, sus actos y sus expresiones. Algunos de ellos son apenas veinteañeros inconscientes y atemorizados que conviven en soledad con su miedo, pero, en ciertos momentos, uno puede pensar en que su mirada es privilegiada pues la fascinación que encierra hasta la más nimia de las acciones de la naturaleza, como el caminar de un insecto, el soplo del viento o la admiración de la luna llena, es increíblemente evocadora. Todo ello toma un significado masivo ante la constante presencia del peligro de muerte y es por eso que Sokurov incide tanto en el enfoque de las pequeñas cosas que para un soldado son tesoros; ya sean cigarrillos o cartas para sus seres queridos.

Otro aspecto que me gustaría destacar es el contraste entre el cielo y la tierra. La consistencia y aridez del suelo afgano frente a la críptica luminosidad y penumbra del cielo que lo cubre. Los planos más bellos y los únicos con una quietud solemne son los de las montañas, la arena y el cielo que, cuando se muestran, provocan una sensación de lejanía y masividad. Es en esos momentos cuando los soldados están inmóviles, como motas de polvo en el lienzo que es su hábitat actual y se pone de manifiesto una relación mística entre el contenido y el continente; una especie de «sentido de la vida» que se aprecia al poner en el encuadre al hombre contemplando el paisaje.

El predominio del paisaje puede verse con mucha facilidad en el tercer acto, dónde el sosiego abunda y la paz también parece estar presente en todo momento. Los soldados leen sus mensajes, bromean, contemplan el vasto desierto y se respira una atmósfera de ensoñación. Y no es para menos, pues el final muestra unas cuantas escenas de soldados durmiendo plácidamente que, gracias a la forma, en la que abundan los planos abiertos y zooms invertidos, podemos sumergirnos mejor en ese paraje de sueño. Magnificando el acto creador en una especie de «ojo de la tormenta» que clama a la quietud y la verdadera pasión por la vida, de repente todo se torna gris con el estallido de la batalla en el siguiente acto. Cuando los morteros y las balas aparecen en escena para romper con la calma y mostrar una realidad pasmosa y olvidada hasta el momento, la realidad de la guerra sale a la luz desde un plano horrible y despiadado en el que parece no haber esperanza. En el caos de la batalla, hasta el más valeroso de los hombres se tapa los oídos ante el poderoso estruendo y se siente desubicado entre el polvo y el fuego. Una imagen desgarradora y necesaria para comprender la obra en su totalidad, pues conlleva, a su vez, a la lamentación, a la muerte y la herida y, en definitiva, al desánimo.

La unión entre el hombre y la naturaleza se ve representada, además de en los planos superpuestos, en la profunda mirada reflexiva que se orienta hacia las montañas. Una especie de sentimiento encontrado al ver la pasividad de estas ante la barbarie, como un poder supremo al que poco interesan las banalidades del hombre, las altas paredes rocosas permanecen quietas en la distancia. Ciertamente interesante la proyección de Sokurov puesto que de esa relación se habla al comienzo y el título lo corrobora. Voces Espirituales es la voz de la naturaleza, de su «espíritu», al igual que la música es la voz del hombre que está unida estrechamente con los sonidos propiciados por la creación y se manifiesta en un conglomerado de sentimientos surgidos de la voluntad de nadie (como la música de Messaien), simulando el canto de la Tierra.

Como preludio al desenlace, me gustaría analizar la que me parece la escena más importante de toda la obra. El final del cuarto acto que consiste en una escena que dura unos quince minutos y en la que podemos ver la actitud de los hombres tras la batalla. Una serie de momentos clave para entender su posicionamiento ante lo que acaba de ocurrir que pone en un primer plano la reflexión de las personas mientras se elabora un juego de miradas silenciosas de las cuales dos son las que más llaman la atención. El soldado con rasgos asiáticos, que da la impresión de haber aprendido a vivir con la guerra a sus espaldas, ya que su expresión impasible denota una sabiduría pasmosa ante lo que es ese mundo y también la mirada perfilada del hombre con bigote, que expresa lo contrario: el miedo, la pérdida y la duda. Todo ello en una misma escena que juega con ambas figuras, como si de una contraposición de personalidades se tratase para, finalmente, mostrar varias veces el soldado herido que yace bajo la sombra de un árbol. Imagen que traslada a la realidad el cuadro de El ángel herido de Hugo Simberg.

Como una esperada cena de año nuevo que se hace amarga, un sentimiento de desolación asola mi alma al acabar el último fragmento de la película. El sueño termina, de manera lúgubre, con las montañas negras e impasibles. Uno se cuestiona la existencia de Dios al igual que los personajes mientras se exploras su pequeñez. Poco a poco, la propia película nos hace cómplices de ese viaje por Tayikistán y, al verse de manera tan clara el paso del tiempo como en la realidad, la simbiosis es tan inmersiva que olvidamos el propósito de juzgarla como una simple película. Creo férreamente que es más que eso por una serie de razones: es única, tanto en la filmografía de Sokurov como en el cine documental que conozco, su tratamiento del tiempo se asemeja tanto a la realidad que parece que haya pasado toda una vida al acabar de ver la obra, su onirismo hace palpable los rasgos más fantásticos del film y la humanidad que desprende en su totalidad la aleja de cualquier morbosidad o engaño. Dejando atrás un poco del tema meramente crítico, pienso que Sokurov ha conseguido hacer algo muy importante a nivel artístico y humano. Voces espirituales alcanza el cénit de la condición humana a la vez que domina el concepto de tiempo para contar algo más que unos hechos, consiguiendo evocar una plasmación absoluta de este, crear una intriga espiritual, acentuar el mundo del sueño y la muerte y proponer un concepto de cine mucho más trascendente. En palabras llanas, la película de Sokurov es una obra maestra.

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