White Epilepsy – Meurtrière – Unrest

Philippe Grandrieux: White Epilepsy (2012), Meurtrière (2015), Unrest (2017)

La trilogía de la preocupación, también llamada de la inquietud, supone un punto y final y un nuevo comienzo para el cineasta francés, Philippe Grandrieux. Al igual que Malgré la nuit es un cambio sustancial en su obra y tiene mucho de experimentación con la forma, la trilogía va más allá del mero arte y ensayo.

Las tres películas que componen el entramado son White Epilepsy (2012), Meurtrière (2015) y Unrest (2017) y cada una de ellas hace un minucioso examen del cuerpo humano, sus movimientos y su naturaleza, amén de otros temas como el sexo, la muerte y su relación intrínseca.

En el primer movimiento/parte/película, que es White Epilepsy, se presenta una historia narrada a cámara ultra-lenta en un espacio oscuro y con una atmósfera lúgubre y opaca propia de cierto cine experimental remodernista que pretende emular el sueño/pesadilla en una reformulación sensorial. Aparece un hombre desnudo de espaldas que gira sobre sí y sobre la nada que lo rodea, la masa informe que es la oscuridad. Aparece después una mujer (resquicios del Génesis) que inicia una relación sexual/aniquiladora con él. Como animales que se palpan y se reconocen el uno al otro exponen la naturaleza más primitiva del ser humano que se deja ver entre los torsos casi informes y la palidez de sus halos.

Es curioso ver como la epilepsia que da nombre al film es la clave para pensar lo que se muestra. Los síntomas de la epilepsia son los mareos, la dificultad para hablar, la sensación de desconexión con el entorno, las convulsiones y la rigidez muscular; todo lo que envuelve la naturaleza de la película. Tras el reconocimiento animal/social, la mujer/hembra ejerce su dominio y mata al hombre/macho cual mantis religiosa. Lo asfixia despacio y con un registro agónico mientras sus nalgas y sus pechos vibran entre las masas corpóreas que convulsionan. Se pone de manifiesto la relación erótica y siniestra entre el sexo y la muerte para, al final, salir de la oscuridad con la sangre de la presa en su rostro. Con la marca del ¿asesinato? en su boca ella sufre al ver la luz blanquecina que la ciega y la hace gritar. Un aullido sordo pone fin a la epilepsia para luego mostrar quizá a un Dios muerto, sumido en la oscuridad y en el letargo infinito.

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La siguiente película de la trilogía es Meurtrière, la única cinta de la trilogía que tiene su título en francés y que supone la culminación del tríptico. La película más bella y sugerente, la más fascinante. En ella, una mujer aparece suspendida en el abismo (mismo y distinto abismo que el anterior) donde otros cuerpos vivos se superponen con el suyo e interactúan formando una conexión sensorial nueva y también un camino que desemboca en el horror. La teoría de la sexualidad se vuelve más interesante al incorporar el uso de la superposición y valerse de él para componer un poema sustancial. Aquí el deseo de la interacción se presenta en un baile acalorado y sinuoso que se remonta al primer espasmo que lleva al orgasmo.

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La chica es un ser amorfo, inconexo con su cuerpo y que necesita descubrirlo de la forma más brutal. Para ello se valdrá de otros entes con los que se fundirá y gozará para llegar a su ansiado objetivo: el placer de la carne y el momento de éxtasis. Un éxtasis que aquí se representa con colores que incitan al deseo (marrón, crema, chocolate…). Colores suaves pero cálidos, muy en contraposición a la frialdad de los azules y blancos de White Epilepsy y los morados apagados y violetas intensos, casi blancos, de Unrest.

Tras introducirse en el mundo del placer ella va sumiéndose en un estado de ensoñación profunda sin poder salir de su propio cuerpo (que también sufre severos espasmos). Una espiral que se hunde cada vez más en sí misma y donde los cuerpos se solapan y mezclan, haciendo imposible reconocer su número o distinguirlos. Se forma, entonces, un ser de seres, una amalgama de cuerpos que solo puede seguir creciendo hasta estallar mientras la chica sigue suspendida en su plano personal, inerte y sobria. Muerta en vida.

Al final del coito, al final de la experiencia, llega la satisfacción más grande y también la más efímera. El orgasmo surge y se expresa en su rostro que se ve por primera vez y gracias a la cámara lenta, puede alargarse un poco el instante. Un ápice efímero que se desvanecería en un segundo a velocidad normal, aquí se retrata como una serie fotográfica entre el placer y el dolor para dar paso a la nada. El miedo por lo que se acaba y se vacía se expresa en un rostro dividido y esto, inevitablemente, conduce a la agonía, al llanto, al grito desesperado por haber vivido y haber perdido. La negación después del placer. El auto-desprecio. El infierno del cuerpo.

Finaliza el oscuro y físico viaje con Unrest, la consecuencia de todo lo anterior y la conclusión reflexiva a todo el aspecto intimista y animal de los impulsos. Alguien habla por primera vez. Grandrieux nos brinda un breve  prólogo que da paso al desenfreno y a una nueva manera de narrar, rompedora en cuanto a lo antes visto. La música electrónica acompaña las imágenes de una joven que explora su cuerpo entre capturas de cerezos en flor (virginal búsqueda de un placer auto infligido) y que empieza a constituir el nuevo rumbo que toma el capítulo final. Un capítulo compuesto por otros tres capítulos. La chica que se toca por primera vez y acaba por amarse, en un trance lleno de color y belleza, da paso a la oscuridad que reina otra vez. Como en los anteriores films, el espacio negro se contrae en el formato vertical y la angustia y la sensación de constricción aparecen de nuevo. El cuerpo de la chica flota en el espacio opaco, moviéndose rápido, pataleando e intentando escapar de su propio cuerpo y de su nuevo porvenir. Ahora que ha conocido el placer, también está preparada para la muerte (física y total) y tiene miedo.

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Poco a poco, la chica se calma aceptando su estatus y se deja envolver por la negrura. Sus movimientos parecen involuntarios. Ella está inconsciente y su cuerpo es el que habla aceptando el placer que va de la mano con la muerte mientras la exploración del cuerpo sigue su curso en un nuevo registro del movimiento y la figura. La tercera ruptura en la forma viene dada por un foco de luz que incide sobre su cuerpo que ahora está vestido. Un ser «consciente» y «acabado», psicológico quizá; un ser humano con sus defectos y virtudes preparado para salir al mundo «civilizado»… ¿Acaso un animal domesticado? El paisaje es oscuro pero no es negro en su totalidad. Hay un mundo visible más allá.

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